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La lista de Liz

Actualizado 29/12/2001 - 00:46:50
Costa Gavras plasmó en «La confesión» el devastador proceso de tortura física y mental que sufrió Arthur London a manos de la policía política checoslovaca, que buscaba arrancarle al mismo tiempo una autocrítica forzosa de su disidencia y una delación sobre la resistencia anticomunista. La tortura ha sido siempre el principal instrumento de presión de las tiranías para obtener información sobre sus críticos y opositores, pero hay momentos en que, como bien supieron los artífices de la Inquisición, es el propio acto de la confesión pública obligatoria el que se convierte por sí mismo en un tormento para la víctima. Sobre todo, cuando supone, más que una fe de erratas atornillada en la conciencia, la puesta en almoneda de la intimidad del sujeto.
A Liz Hurley, la bellísima ex novia de Hugh Grant, una de las mujeres más hermosas, rotundas y seductoras del escenario internacional contemporáneo, la puede colocar un antiguo novio en el potro psicológico de una declaración «urbi et orbi» sobre su reciente currículo sentimental. La bella modelo mantiene un pleito a cara de perro con su ex amante por la paternidad del bebé que está gestando, al que el presunto progenitor, un millonetis americano apellidado Bing, se niega a reconocer para evitar convertirlo en heredero parcial de su fortuna. Un bocado jugoso para la prensa sensacionalista británica, que retransmite los pormenores del proceso como si se tratase del juicio de Salomón actualizado.
Y he aquí que los abogados del tal Bing, dignos colegas de los desaprensivos picapleitos que retrató Tom Wolfe en «La hoguera de las vanidades», pretenden presionar a la demandante por medio de una petición de explícita brutalidad: que presente ante el tribunal la lista de sus amantes más recientes, correspondientes al periodo de concepción de la disputada criatura.
El demandado presume que la relación es larga y jugosa, morbo asegurado en este pleito demencial, y trata de que su antigua pareja desista para preservar sus secretos de alcoba. Será el juez el que decida, como en las clásicas películas procesales americanas, si es procedente la petición de la defensa para aclarar la paternidad en juicio. Si falla afirmativamente, la hermosísima Liz tendrá que exponer en cascada la relación de beneficiarios de su cama, en todos los supuestos vinculantes: personal fijo, eventual y fijo discontinuo. Todo un espectáculo, porque se presume que la colección Hurley está a la altura de las de los mejores mecenas del arte moderno. (Salvadas las distancias, esto no le pasaría nunca a Ana Obregón, que publicita a sus amantes con generosidad propagandística, los fagocita dentro de automóviles en la vía pública y además obtiene de la justicia el requisado de los testimonios fílmicos de sus urgencias amatorias).
A Liz Hurley, por cuyos ojos profundos y azules podría navegar el Titanic, le están pasando últimamente cosas realmente insólitas. La casa de cosméticos cuya imagen representa desde hace tiempo gracias a su impecable palmito de piel de seda, espalda inacabable y piernas eternas, le está buscando relevo porque entiende que ¡a los 37 años! se le ha pasado el arroz para hacer de prototipo de belleza. Los tipos que mandan en esta multinacional deberían comparecer ante la justicia por pedófilos: quieren sustituir la madurez espléndida, la hermosura homogénea y torrencial de la Hurley, por la languidez blanquecina y pecosa de una lolita post-adolescente y anoréxica. El mercado de la belleza está en manos de unos pervertidos, capaces de jubilar a la mismísima Afrodita si le encontrasen una pata de gallo. Con razón suele decir Meryl Streep que ya no hay papeles en el cine para las mujeres realmente interesantes. Y eso que Liz aún no ha aceptado el órdago de dar su lista.
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