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La rebelión de la minoría en la Iglesia vasca

Frente a la óptica nacionalista con la que la jerarquía de la Iglesia vasca afronta el problema del terrorismo, teniendo siempre en cuenta que hay dos partes a las que apoyar, las víctimas y los presos, y que nadie tiene toda la razón en este conflicto, algunas personas como Jaime Larrinaga, párroco de Maruri, se rebelan contra la imposición de una perspectiva que no diferencia entre quien mata y quien muere.

Actualizado 29/07/2002 - 00:14:47
Los proetarras llenan las paredes del País Vasco con pintadas amenazantes. ABC
Los proetarras llenan las paredes del País Vasco con pintadas amenazantes. ABC
BILBAO. La rebelión en la Iglesia vasca no es pionera, sino que va a la zaga de la que protagonizan en el seno de la sociedad vasca personas como Mikel Azurmendi o Edurne Uriarte, pero aporta como novedad los argumentos del Evangelio contra la doctrina que defienden públicamente los obispos vascos.
Los primeros artículos de Jaime Larrinaga, publicados hace ya dos años, defendían como tesis principal que el espíritu cristiano no es conciliable con el chantaje, ni con la imposición de precios a la paz. Con este mensaje el párroco de Maruri contestaba al entonces obispo de San Sebastián, José María Setién, que defendía que «la paz tiene un precio» y a quien le ha sucedido al frente de la diócesis guipuzcoana, Juan María Uriarte, que identificaba por aquella misma época la situación vasca con el Ulster y abogaba por una negociación como final para ETA.
Defender a las víctimas
Sin embargo, al preguntar a Jaime Larrinaga qué le llevó a expresar su opinión en periódicos y públicamente, fuera de su púlpito en la vizcaína población de Marruri, contesta sin ninguna duda que fue la imperiosa necesidad de defender a las víctimas lo que le hizo que buscara eco a su mensaje. Para Jaime Larrinaga, la memoria de las víctimas «tiene que ser lavada y honrada públicamente para atenuar en los suyos el dolor de la pérdida y de estos años ominosos de indiferencia y de silencio».
La existencia de esa indiferencia ante las víctimas fue reconocida en noviembre del año 2000 por el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, quien en el cincuenta aniversario de la diócesis de Bilbao hizo una declaración eclesial en la que pedía perdón «porque nos han faltado gestos de cercanía y de defensa pública de las víctimas de la violencia y porque no hemos asistido suficientemente a quienes se sienten amenazados y sufren las consecuencias de la falta de libertad».
Larrinaga defiende el mensaje que los Jesuitas difundieron en El Salvador en el sentido de que para alcanzar la paz primero era necesaria la justicia y el perdón. En su opinión, la Iglesia vasca pretende que se puede llegar a la paz sin que se haga justicia y sin que quienes han asesinado y quienes les han respaldado pidan perdón a sus víctimas.
El párroco de Maruri entiende que en las manos de los presos de ETA «está tener un gesto que indique que lamentan el dolor que causaron y que poseen algunos de esos sentimientos humanitarios que invocan», que «una palabra de ellos en este sentido sería una contribución impagable a la paz» y que «su silencio no es cristiano ni moral, sino cómplice del terror».
Frente a esta reclamación que hace el párroco de Maruri, los obispos vascos, en su última pastoral, no mencionaban el arrepentimiento, ni el perdón de los asesinos, sino que defendían que «una política penitenciaria que permita a los presos cumplir su condena más cerca de sus lugares de origen entrañaría un gesto de humanidad».
La defensa de los derechos individuales de las personas por encima de los supuestos derechos del pueblo vasco separan a los sacerdotes no nacionalistas de la mayoría nacionalista, tanto de los colectivos más radicales, como de la postura oficial de la Iglesia vasca.
Jaime Larrinaga opina que el espíritu cristiano no es conciliable ni con el asesinato ni con las amenazas a quienes no piensan del mismo modo. «Ni es conciliable con el nacionalismo etnicista, sectario o totalitario», opina el párroco de Maruri, quien añade además que tampoco lo es «con un programa de construcción nacional, que es de por sí excluyente e ignorante del pluralismo de la sociedad vasca», señala.
Los obispos vascos
A este respecto, la última pastoral de los obispos vascos se desmarca claramente de una opción política que impregna sus reflexiones en contra de la ley de Partidos que figuran en ese mismo documento, al afirmar que «ni la aspiración soberanista, ni la adhesión a un mayor o menor autogobierno, ni la preferencia por una integración más o menos estrecha en el Estado español son, en principio, para la Iglesia dogmas políticos». La carta que hicieron pública a primeros de junio 350 sacerdotes va más allá en la perspectiva nacionalista y considera que «lo antidemocrático es entorpecer o negar el ejercicio a ese derecho fundamental de autodeterminación».
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