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El Mundial de la vergüenza

POR CARMEN DE CARLOSCORRESPONSALBUENOS AIRES. Treinta años después de ganar el Mundial, Argentina hace examen de conciencia de una victoria y unos juegos consumados bajo la peor dictadura de su

Actualizado 29/06/2008 - 08:41:48
Treinta años después de ganar el Mundial, Argentina hace examen de conciencia de una victoria y unos juegos consumados bajo la peor dictadura de su historia. El triunfo de la selección se tradujo en un espaldarazo a la Junta Militar que tenía ya entre sus trofeos a miles de desaparecidos. Al mismo tiempo, en el exterior, se comparaba la copa con la de la Italia de Mussolini (1938) y las Olimpiadas de Hitler en Berlín (1936).
«Si hubiéramos convocado elecciones en ese momento habríamos ganado y hoy nos seguirían aplaudiendo». El último presidente de facto, Reynaldo Benito Bignone (1982-83), hizo esta reflexión demasiado tarde. Tras siete años (1976-83) de gobiernos de puño de hierro, los militares entregarían, por la fuerza de las urnas, el poder a Raúl Alfonsín. La escena de millares de argentinos aclamando al general Jorge Rafael Videla, como si él mismo hubiera marcado los goles, había quedado lejos en la memoria.
Pablo Llonto, autor del libro «La vergüenza de todos», un detallado repaso a la historia de aquel Mundial, recuerda: «El lunes 26 de junio, al día siguiente de salir campeones, la multitud se congregó en la Plaza de Mayo al grito de: «¡Videla corazón, salí al balcón!»». El dictador salió y saludó como si fuera el mismísimo Juan Domingo Perón. «Le aplaudieron y ovacionaron hasta seis veces. La sociedad puede decir que no conocía la dimensión de un régimen salvaje, pero no puede negar que sabía que vivíamos bajo una dictadura», censura el escritor y periodista.
Devolver la copa
Tati Almeida, miembro de la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora -en las antípodas de la de Hebe de Bonafini- es condescendiente. «No culpo a la hinchada (afición), ni a los jugadores. Éstos tenían 20 ó 21 años y, la verdad, querían jugar. No soy quién para juzgarlos». Llonto propone que «se devuelva la copa como desagravio, porque está manchada de sangre». Pero Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, entonces confinado en uno de los quinientos centros clandestinos de detención, disiente. «Fue un triunfo legítimo, no creo que haya que devolverla. Lo que hay que hacer es tener memoria, pero para mirar el presente».
Ricardo Gotta, autor de «Fuimos campeones», otro libro sobre el Mundial, recoge testimonios pasados que ponen en duda la victoria limpia. «En el partido contra Perú, Videla, especialista en demostraciones de intimidación más o menos explícitas, bajó al vestuario de ambas selecciones con Henri Kissinger y pronunció un discurso sobre la solidaridad entre los pueblos. Perú ya estaba eliminada, pero Argentina necesitaba cuatro goles para llegar a la final. Hizo seis. El mensaje estaba dado». A este incidente se suman las declaraciones años después de Maradona a Llonto, «donde insinuó que la selección jugó dopada».
Graciela Daleo, secuestrada en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde penaron cinco mil desaparecidos, recuerda el entusiasmo de «algunos compañeros y de todos los represores cada vez que Argentina marcaba un gol, pero yo pensaba: si ellos ganan, nosotros perdemos». El día de la final, Argentina venció a Holanda en la prórroga 3-1. El país se echó a la calle, pero entre el gentío pocos sabían que había detenidos desaparecidos. «Nos sacaron en un automóvil para festejar. Hasta nos llevaron a una parrilla. Pensé, si digo que soy desaparecida, nadie va a creerme. Pedí permiso para ir al baño y en el espejo escribí con lápiz labial: milicos hijos de puta y cosas por el estilo. Cuando salí me entró el pánico. ¿Y si revisan y descubren lo que he hecho?». Nadie lo hizo. La fortuna, por primera vez en mucho tiempo, acompañó a Daleo.
«La dictadura nos utilizó»
El eslogan de la dictadura para defenderse de las voces que pedían que Argentina fuera despojada de la sede de los Mundiales, otorgada durante el Gobierno de Isabel Martínez de Perón, era: Los argentinos somos derechos y humanos. La campaña para demostrarlo incluía testimonios de jugadores como Osvaldo Ardiles. «No les crea», decía Ardiles cuando le preguntaba la prensa extranjera si había centros clandestinos. El jugador, un icono del fútbol, lamentaría en democracia sus dichos y reconocería: «La dictadura nos utilizó». Lo mismo que hizo el seleccionador, César Luis Menotti.
Durante los 25 días que duró el Mundial, 63 personas engrosaron la lista de desaparecidos. Entre ellos el brasileño Paulo Paranaguá, hijo de un empresario importante de Sao Paulo que militaba en un movimiento de ultraizquierda. Pablo Llonto confirmó que «el presidente de la FIFA por entonces, João Havelange, intercedió -y logró- que Videla lo liberase del centro clandestino donde estaba. Como contrapartida, Havelange respaldó la confirmación de Argentina como sede», asegura.
La guerrilla montonera dio instrucciones de que no se boicoteara el Mundial. Los atentados debían ser simbólicos y lejos de los centros de juego. Los montoneros aprovecharon para hacer una contraofensiva en la prensa y algunos exiliados, como Juan Gelman, volvieron clandestinamente para denunciar las atrocidades del régimen. Llonto recuerda que el poeta, «exiliado en España, regresó con un pasaporte español falso y hasta se atrevió a dar una rueda de prensa con periodistas extranjeros».
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