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Descubren en Australia un pez vivíparo de hace 380 millones de años

La «mamá» más antigua de la Tierra tiene 380 millones de años y es un pez. Fue descubierta, con su embrión bien sujeto por el cordón umbilical, en la costa noroeste de Australia y bautizada como

Actualizado 29/05/2008 - 10:05:22
La «mamá» más antigua de la Tierra tiene 380 millones de años y es un pez. Fue descubierta, con su embrión bien sujeto por el cordón umbilical, en la costa noroeste de Australia y bautizada como «Materpiscis attenboroughi». El hallazgo se publica esta semana en la revista Nature.
Los de su especie fueron, que sepamos, las criaturas más antiguas capaces de dar a luz a sus crías. Una forma de reproducción (que, por cierto, implica también penetración y fecundación interna) que hasta ahora se creía que no se extendió hasta 200 millones de años después. Y que por supuesto no es propia de los peces.
En la actualidad, la clase de nacimiento en que la madre alumbra a un pequeño ya perfectamente formado en su seno (vivíparo), y no a un huevo, se da en algunas (pocas) especies, como los tiburones o las rayas.
Hallazgo extraordinario
«El hallazgo es claramente uno de los más extraordinarios jamás realizados de un fósil y modifica la comprensión sobre la evolución de los vertebrados», ha asegurado John Long, responsable del departamento de Ciencias del Museo australiano Victoria y codescubridor del espécimen.
Long y sus colegas Kate Trinajstic, Gavin Young y Tim Senden se quedaron estupefactos al descubrir este proceso de reproducción en un pez tan antiguo, «Esto nos demuestra que la reproducción vivípara se produjo al mismo tiempo que la puesta de huevos, y que estos mecanismos evolucionaron a la par, en vez de sucesivamente», explica Trinajstic.
El fósil, de 25 cm de longitud, pertenece a un grupo de vertebrados llamados placodermos, que habitaron los mares en el periodo Devoniano y deben su nombre a su coraza de placas dérmicas. Hace entre 350 y 420 millones de años, fueron los grandes depredadores, razón por la que se les conoce como los «dinosaurios del mar».
El ejemplar australiano etá muy bien conservado. En su interior se aprecia con toda claridad un embrión conectado por un cordón calcificado. Sin embargo, ambos (embrión y cordón, estuvieron cerca de pasar inadvertidos, ocultos en su caparazón de hueso y piedra. pero una última duda asaltó a los investigadores. «John y yo estábamos a punto de clasificar el pez, cuando decidimos darle un último baño de ácido para ver si podíamos despejar mejor su hombro», recuerda Trinajstic, científica de la Universidad de Crawley. Era una decisión arriesgada: unas gotas de ácido de más y «el conjunto habría quedado reducido a migas».
Sin embargo, no fue así. «Cuando lo retiramos del baño, el embrión estaba allí, tan bien preservado que no podía tratarse de otra cosa», recuerda la investigadora.
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