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El día que Zapatero vetó a Guerra

Actualizado 29/03/2005 - 02:30:52

El proceso de revisar la transición en que se ha embarcado José Luis Rodríguez Zapatero por convicción propia o por cesión ante los nacionalistas de dentro de su partido -Maragall- o de fuera -Carod-Rovira- para sostenerse en el poder afecta también a la historia del PSOE renovado por Felipe González y Alfonso Guerra en los años 70 a partir del congreso de Suresnes. Son el ex presidente del Gobierno, los antiguos guerristas y, en general, los dirigentes más veteranos del partido los que lanzan mensajes de prevención o alarma ante el camino emprendido por el presidente del Gobierno, como dicen todos ellos, «sin saber hacia dónde va».

Cuando en 2003 el Gobierno del PP tuvo que organizar los actos conmemorativos del XXV aniversario de la Constitución quiso que el protagonismo fuera para los ponentes del texto, todos en activo, aunque no en primera línea de la política. Se organizó una reunión en el Parador de Gredos, donde los «padres» de la Carta Magna hicieron el desbroce definitivo del anteproyecto y con los mismos invitados de entonces. El Ejecutivo de entonces pretendió que estuviera en el acto Alfonso Guerra como principal negociador por parte del PSOE en 1978. Desde Ferraz, la nueva dirección del partido no lo consideró conveniente, por lo que no fue invitado para evitar diferencias en un acto que pretendía ser de unánime defensa de la vigencia de la Constitución. Guerra se quedó fuera del homenaje y de la foto en la que pasaron a la posteridad Gregorio Peces-Barba, Manuel Fraga, Miguel Herrero, Gabriel Cisneros, José Pedro Pérez Llorca, Jordi Sole Tura y Miguel Roca.

El ex vicepresidente fue el único ausente, Fernando Abril aparte, de los protagonistas directos de la época. Sí estuvo presente el ex ministro socialista Virgilio Zapatero, que trabajó en la comisión constitucional a las órdenes directas de Guerra. El PSOE redujo su representación oficial a Álvaro Cuesta, mientras que por parte del Gobierno acudió y ejerció de organizador el vicepresidente Javier Arenas.

En la «Declaración de Gredos» los siete ponentes, incluidos Miguel Roca y Miguel Herrero, defendían el espíritu de concordia de la Transición, la vigencia de la Constitución y pedían que cualquier cambio en la misma se hiciera, al menos,con el mismo consenso de su época: casi unanimidad.

Por entonces ya estaba en marcha la ofensiva secesionista de Ibarretxe, los socialistas catalanes tejían en la precampaña sus alianzas «de cambio» con ERC y Zapatero hacía equilibrios en su partido con el acuerdo de Santillana del Mar entre los partidarios de la barra libre en la reforma de los estatutos de Autonomía y los defensores de la solidaridad entre territorios: Maragall e Ibarra como los dos polos opuestos.

Alfonso Guerra había acuñado ya en el PSOE el calificativo de «bambi» para referirse al secretario general de su partido ante su afán por el pacto y falta de contundencia. Felipe González no se había quedado atrás al advertir del vacío de proyecto de su tercer sucesor. Y en el Partido Popular estaban encantados con que el jefe de la oposición pareciera tan flojo. Entre el 11 y el 14-M todos quedaron sorprendidos y Zapatero metió al Gobierno, al PSOE y al Estado en el lío de las reformas institucionales.
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