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Innecesaria exhibición de Sarkozy

EL estilo siempre es importante, también en política. No hay que olvidar que introduce una idea de límite y contención que es fundamental en el ejercicio del poder democrático. En este sentido, sigue

Actualizado 28/12/2007 - 02:59:27
EL estilo siempre es importante, también en política. No hay que olvidar que introduce una idea de límite y contención que es fundamental en el ejercicio del poder democrático. En este sentido, sigue sin entenderse qué gana la política francesa y, en concreto, su jefatura del Estado, viendo cómo se ventila un día tras otro la vida privada de Nicolas Sarkozy. Es indudable que la intimidad de los políticos es cosa que, en principio, les atañe a ellos en exclusiva. Protegerla del debate público es una muestra de responsabilidad. De los políticos en primer lugar y, a continuación, de los propios medios de comunicación, que no tienen derecho a utilizarla y entrometerse en ella convirtiéndola en un asunto de debate público. Con todo, no cabe duda de que los políticos tienen un «plus» de responsabilidad que exige que estén a la altura de las circunstancias. Tienen que demostrar en todo momento que son capaces de eludir la tentación de airear las cuestiones que afectan a su vida sentimental y privada. Si falta en ellos esta muestra de madurez, entonces se sumerge a la política en una peligrosa dinámica que conduce a sus protagonistas al callejón sin salida del populismo de lo trivial y de las exclusivas de la prensa del corazón. Valorar correctamente la gestión de la acción política exige que el foco de la atención pública se localice sobre las cuestiones que afectan al interés general. Mal está que se ventilen asuntos privados para dañar la imagen de los políticos, pero es peor aún el proceso inverso: que se escenifique y airee la vida privada para eludir la rendición de cuentas sobre las cuestiones de fondo, esto es, aquéllas que tienen que ver con el ejercicio estrictamente político de la función representativa.
Por eso no se entiende la deriva que está tomando la imagen pública del presidente de la República francesa, que a ratos escenifica el papel del hombre de Estado que es -y debe ser-, y a ratos cambia su pelaje y adopta las maneras de un personaje del «star system». El respeto que Sarkozy exigió cuando su carrera política estaba siendo dañada porque su relación matrimonial era utilizada por sus rivales con rumores de todo tipo, requiere ahora de él que no incurra en el reverso de lo que entonces fue una petición irreprochable y justa. Hacer política mirando el espejo retrovisor de la opinión pública es una mala estrategia mediática. Sobre todo porque está abriendo en Sarkozy un flanco de frivolidad que no necesita y que a la larga puede dañar seriamente el fuerte impulso de renovación y cambio que está impregnando a la sociedad francesa. Francia votó mayoritariamente por un Sarkozy de carácter e ideas firmemente republicanas, no por un personaje que trivialice la dignidad del cargo con gestos personales exagerados. Alguien tendría que recordarle que el futuro de Francia exige la ejemplaridad sobria de quien se toma en serio a sí mismo. Rivalizar con el «papel couché» no es la solución, sino el comienzo de una caricaturización innecesaria.
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