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Mártires españoles

LA beatificación en Roma de 498 españoles asesinados durante la etapa convulsa de la República y la Guerra Civil es, ante todo y sobre todo, una ceremonia de reconocimiento hacia quienes ofrecieron el

Actualizado 28/10/2007 - 02:48:28
LA beatificación en Roma de 498 españoles asesinados durante la etapa convulsa de la República y la Guerra Civil es, ante todo y sobre todo, una ceremonia de reconocimiento hacia quienes ofrecieron el testimonio de su fe sacrificando para ello su propia vida. Benedicto XVI ha dicho en alguna ocasión que el martirio supone la prueba de que hay un espacio intangible en la libertad de conciencia, lo que demuestra los límites del poder político. Por eso, es la expresión suprema de coherencia en defensa de las propias convicciones, que la Iglesia reconoce previo un riguroso proceso para determinar los hechos. El Papa muestra así su consideración hacia España en el marco de ese siglo XX que supuso, como dijera Juan Pablo II, una verdadera «era de los mártires». Cualquier interpretación de la ceremonia de hoy en el Vaticano debe dar prioridad al significado espiritual del proceso de beatificación, muy por encima de lecturas basadas en el contexto y en la coyuntura política concreta. Por lo demás, muchos de los procesos que ahora concluyen se iniciaron hace casi medio siglo, de modo que difícilmente pueden ponerse en conexión con esa desafortunada ley de falsa «memoria histórica» que impulsa el Gobierno.
La visión unilateral de la historia como un conflicto entre «buenos» y «malos» que impone la citada ley choca de plano con una realidad incontestable. El sector laicista del PSOE ha pretendido reabrir en esta legislatura una serie de cuestiones ya cerradas desde la Transición, contribuyendo así a crear el clima de discordia que preside nuestra vida política. El Gobierno procura ahora actuar con prudencia ante las beatificaciones y pone en primera fila a los elementos moderados del socialismo, como es el caso del embajador Francisco Vázquez cuando califica al acto de hoy como «una oportunidad de reconciliación». No obstante, las cosas son como son y lo cierto es que Zapatero ha impulsado una visión de la historia que choca frontalmente con las convicciones de una gran mayoría de ciudadanos que se declaran católicos aun en el marco del proceso de secularización propio de nuestro tiempo. El catolicismo pagó un precio muy alto durante la Guerra Civil, con varios miles de eclesiásticos asesinados, la destrucción de templos y conventos y el saqueo de objetos de culto. Son hechos incontrovertibles. La Constitución enfocó las relaciones entre la Iglesia y el Estado con criterios de equilibrio y sentido común, estableciendo que ninguna religión tendrá carácter estatal y que los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones. Zapatero se equivoca gravemente al plantear los problemas con una visión sesgada y oportunista, sin tener en cuenta que la Transición supuso una genuina reconciliación orientada hacia el futuro a partir de una visión abierta y generosa de la historia de España.
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