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Confesiones de un diplomático

ASISTÍ el otro día a la presentación del libro «Confesiones de un diplomático

Actualizado 28/10/2006 - 08:05:22
JUAN MANUEL DE PRADA
JUAN MANUEL DE PRADA
ASISTÍ el otro día a la presentación del libro «Confesiones de un diplomático» (Planeta), de Inocencio Arias, oficiada por el periodista José Oneto y el juez Baltasar Garzón. He sentido siempre por el que fuera embajador español en la ONU, sin llegar a conocerlo, una simpatía natural que se remonta a la infancia. Lo primero que me llamó la atención en él fue aquella distinción indumentaria (la sempiterna y pimpante pajarita) que era la cifra o emblema de otra distinción más profunda: frente a la aburrida o altiva circunspección que solían mostrar la mayoría de sus colegas, Inocencio Arias exhibía una mezcla de llaneza y socarronería, un ingenio chispeante y una vocación irónica que en nada se parecía a la ironía del cínico, sino más bien a la ironía del hombre apasionado que, sin embargo, repudia el ofuscamiento. Aquel Inocencio Arias tenía siempre un epigrama a flor de labios y sabía decir las cosas más graves como si fueran boutades, y las boutades como si fuesen las cosas más graves. Además, cultivaba algunas aficiones que lo hacían aún más atractivo a mis ojos: la afición al fútbol (perjudicada por cierto forofismo madridista) y, sobre todo, la afición al cine, una afición efervescente y bulímica que alcanzaba la cúspide de su expresividad en las retransmisiones de la ceremonia de los Oscar, donde siempre apabullaba con sus erudiciones chocantes y un poco inútiles (que son las únicas erudiciones que merecen la pena). Pronto supe, por algunos amigos comunes, que Inocencio Arias era, además, un atleta insomne de la amistad, una de esas criaturas privilegiadas que convierten su casa, allá donde se encuentre, en un campamento hospitalario y siempre encendido. Incluso en los tiempos en que le tocó bailar con la más fea, ocupando una silla en el Consejo de Seguridad de la ONU durante la invasión de Irak, mi simpatía hacia esta rara avis de la diplomacia española se mantuvo inalterada.
Llegó Inocencio Arias a la presentación de su libro recién aterrizado de Los Ángeles, donde se desempeña como cónsul de España, un cargo que no se compadece con los méritos que ha acumulado en su carrera de leal servidor del Estado, pero que desde luego le permite escudriñar más de cerca los entresijos de Hollywood, una de sus pasiones confesas. El jet-lag no logró diezmar su humor indómito y efervescente: a la hora de los agradecimientos, no olvidó al Ministerio de Asuntos Exteriores, que después de destituirlo como embajador ante la ONU lo mantuvo durante un año entero «haciendo pasillos», tiempo que aprovechó escribiendo estas «Confesiones de un diplomático», en las que brilla su talento omnívoro, su ecuanimidad contra viento y marea, su curiosidad incesante y enemiga de los topicazos. El libro, que lleva como subtítulo «Del 11-S al 11-M», es mucho más que una sosegada y clarividente reflexión sobre aquellos días aciagos que contempló desde una atalaya privilegiada; es también un ejercicio de espeleología en la sociedad americana (que dilucida sin maniqueísmos) y un delicado ejercicio de introspección. Inocencio Arias escribe con el desparpajo de quienes nada tienen que ocultar, con ese señorial donaire de quienes han renunciado a escarbar en las llagas que otros se empeñan en mantener abiertas. De vez en cuando desliza alguna pulla, pero son pullas sin encono, amablemente eutrapélicas, de una delicadeza que sólo captará por completo el lector que sepa distinguir la ironía soterrada. Tampoco, por cierto, escatima los elogios; y así, por ejemplo, de Alfonso Armada, a la sazón corresponsal de ABC en Nueva York, dice que era «el periodista español que seguía probablemente con más asiduidad y tino los avatares de la ONU».
Inocencio Arias no rehúye responsabilidades ni disfraza su juicio; en cada página resplandece el hombre que se ha propuesto servir los intereses españoles con obediencia y lealtad. Pero la obediencia y la lealtad, sobre todo cuando las enaltece el talento, suelen ser prendas que no perdonan los espíritus mezquinos. Inocencio Arias no pertenece, desde luego, a esa estirpe bochornosa y españolísima.
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