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El estado de la educación

FernandoCondeFernandoCondeFernando CondeNo por clásica y conocida la famosa anécdota del Ministro Solís a propósito de la importancia del latín en la enseñanza deja de tener su momio y su

Actualizado 28/06/2007 - 02:47:05
Fernando
Conde
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Fernando Conde
No por clásica y conocida la famosa anécdota del Ministro Solís a propósito de la importancia del latín en la enseñanza deja de tener su momio y su trascendencia. Era por principios de los sesenta y... la refresco por si no se conoce o se ha olvidado. Se debatía en las cortes franquistas un proyecto para ampliar las horas lectivas dedicadas al deporte en detrimento de otras materias mucho menos «saludables», como el latín. Para la ocasión, el Ministro Secretario General del Movimiento, don José Solís Ruiz, había tomado las riendas retóricas de aquel caballo que amenazaba con pasar por encima de augustos, de césares y de cicerones con la misma fuerza devastadora que Othar, aquel jamelgo herbicida que condujera al mismísimo Atila hasta las puertas de Roma. A lo largo de la exposición, varias veces había repetido Solís la consigna bien aprendida: «más deporte y menos latín», «más deporte y menos latín». Como casi siempre ha sucedido en este tipo de hemiciclos, la mayoría del personal, de cuerpo presente, permanecía atento al discurso del ministro con una fijeza similar a la que muestran las vacas al paso del tren. De entre los que no, destacaba un vallisoletano ilustrado y cabal llamado Adolfo Muñoz Alonso, a quien las memeces del ministro azul le estaban poniendo negro. Ya llevaba Solís varios minutos dando vueltas sobre la misma noria y buscando el momento oportuno para cuadrar al toro, bajarle la cabeza y entrar a matar. La estocada, entonces, se disfrazó de pregunta retórica: «¿porque en definitiva para que sirve hoy el latín?»
En ese punto, la inteligencia, la rapidez mental y esa gracia glacial que tienen los de Valladolid cuando sacan la mala leche a pasear se hicieron todo uno en la voz apagada, tímida y prudente, pero también firme, segura y certera de don Adolfo Muñoz. En contra de la aquiescencia y el silencio que cabría esperar tras la estúpida pregunta del ministro, el catedrático y procurador en cortes se revolvió cual miura y lo embistió por derecho con estas palabras: «Por de pronto, señor ministro, sirve para que a ustedes, los de Cabra, les llamen egabrenses y no otra cosa».
Tal día como hoy, otras cortes, al parecer mucho más avanzadas que el arranciado senado franquista, vuelven a ocuparse de la educación y la formación de los jóvenes. A media mañana se estará debatiendo sobre el Estado de la Educación en España que, como todo el mundo sabe, es un estado de malo a lamentable, si hablamos de la educación entendida como un conjunto de buenos modales; y de pobre a indigente, si hablamos de la educación entendida como formación y bagaje intelectual. Anda la cosa revuelta con ese engendro al que llaman Educación para la Ciudadanía; y no es para menos, porque nuestros mandamases, en lugar de preocuparse porque los chavales aprendan cosas con enjundia, de esas que luego les van a servir para entender por qué una aspirina cura, por qué en San Francisco están esperando el terremoto del siglo, por qué Rómulo mató a Remo y Caín a Abel, por qué la velocidad y el tocino no forman parte de la misma fórmula, o por qué los políticos siempre han sido más partidarios de un «todo para el pueblo, pero sin el pueblo» que de un "yo quiero un pueblo que piense", estos mismos -los políticos que mandan, quiero decir- prefieren preocuparse y ocuparse de llevar al rebaño bien juntito y atento a esos perros que ladran a un lado y a otro.
Resulta de todo punto lamentable que, con la que está cayendo, a nuestros próceres les interese más un niño -pongamos de doce años- que conozca cuántas clases de métodos anticonceptivos existen que uno que sepa la tabla del seis. O uno que sea más considerado con la excepción que con la regla. En vista de lo cual, no sería extraño que la ministra Cabrera acabara hoy gritando: "más Educación para la Ciudadanía y menos Latín". De donde se desprendería, tal vez, que Cabrera y Cabra tienen mucho ver y pueden compartir gentilicio; aunque no sea el mismo que el de los egabrenses de Cabra (Córdoba).
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