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Un buen ruso hasta el final

POR A. GONZÁLEZ LAPUENTEEl músico Mstislav Rostropovich ha muerto. De forma repentina. Hace apenas unos días su secretaria, Natalia Dolezhal, explicaba que «nada amenaza su vida, simplemente no se

Actualizado 28/04/2007 - 03:03:12
POR A. GONZÁLEZ LAPUENTE
El músico Mstislav Rostropovich ha muerto. De forma repentina. Hace apenas unos días su secretaria, Natalia Dolezhal, explicaba que «nada amenaza su vida, simplemente no se siente muy bien». Era la versión oficial, por supuesto. Mientras tanto, en el mundo libre ya se hablaba de su mal estado y de la cercanía de un desenlace fatal. El cáncer se dejaba ver. Lo observaron los más sagaces al contemplar las fotografías realizadas con motivo del último gran homenaje que se le dispensó en Moscú. El pasado 12 de abril se insistía que iba a ser «hospitalizado para tres días y un examen de rutina».
Hasta el final, Rostropovich ha sido un buen ruso. Educado en un país donde las paredes escuchaban y la sospecha era una forma de vida, tuvo la habilidad de maniobrar durante cierto tiempo sin torcerle la sonrisa al poder. Lo explicaba el amigo y compositor Dimtri Shostakovich, un poco sin decirlo, pues no ha habido nadie más hipotecado por el silencio y el temor al sistema. Pero la diplomacia se acabó el día que Rostropovich hizo una defensa explícita del escritor disidente Alexander Solzhenitsyn. En 1974 marcha a Estados Unidos, pierde la nacionalidad soviética y hace fortuna. La vuelta a su país en 1989, le permitió vivir de cerca la emoción de la caída del muro berlinés y el fin del comunismo. No de sus secuelas.
La crítica sediciosa llegó a hablar, desde entonces, del propietario de palacios y del colaborador del golpista Yeltsin, casualmente muerto hace pocos días. Es curioso que mientras que el fallecimiento de éste no ha pasado de ser algo oficial, el mundo se vuelca ahora con quien contestó a las insidias ejerciendo de liberal y humanista. Obviamente nada se regala y menos la retahíla de honores recibidos por Rostropovich. Abundan los doctorados y premios, desde el Stalin, en 1951, hasta el Premio Wolf de las Artes de Jerusalén, en 2004. Por medio, la Orden de Carlos III y el Príncipe de Asturias de la Concordia compartido con el violinista Yehudi Menuhin y recibido en un país que siempre tuvo cerca gracias a su vieja amistad con la Reina Doña Sofía. Quedan algunos proyectos en marcha y, entre ellos, la representación en el programa de la ONU para la lucha contra el Sida y la Fundación Vishnievskaia-Rostropovich para la salud y defensa de la infancia.
Brillante y emocionante
Pero, aunque suene bárbaro, todos estos detalles carecen de importancia. Lograrlos es cuestión de buena química. Tan sencillo como unir el agua y el aceite o, lo que es igual, el dinero y la conciencia. Del primero hay mucho y de la segunda algo puede encontrarse. Lo importante, lo verdaderamente importante, es que ayer murió el músico Mstislav Rostropovich. Por supuesto que, de los muchos millones de personas que hoy se interesan por esta noticia, apenas un puñado habrá escuchado a quien ha sido uno de los grandes. Pero ésta es, tan sólo, una más de las paradojas de nuestro tiempo mediático y gracias al disco puede solventarse. Deslumbrante el director y emocionante el violonchelista por su absoluto dominio instrumental, el peso de su sonido y la agilidad de sus ejecuciones.
Rostropovich comenzó a ser conocido en Occidente tras un concierto en Alemania Federal en 1964. Ya estaba casado con la soprano del Teatro Bolshoi, Galina Vishnievskaia, y había trabajado como pianista acompañante y director. Por entonces, junto con Richter, Gilels y Oistrakh, forma parte de la élite concertística del régimen que tan hábilmente fue utilizada para la propaganda exterior. La fama le llega tras algún concierto, como el realizado en 1969, en el Festival de Salzburgo, junto a Karajan. Ya en el exilio fue director de la Orquesta Sinfónica de Washington, de 1977 a 1994. Y en todo momento, precursor de buena parte de la mejor música del siglo XX. Al margen de las numerosas obras estrenadas, suscitó alrededor de un centenar de composiciones, desde partituras de sus maestros Shostakovich y Prokofiev, a las de amigos como Britten, Lutoslawski, Berio, Boulez o Cristóbal Halffter. Para no faltar a todas ellas dijo ponerles la dosis justa de temperamento, porque lo escrito por el compositor «es algo sagrado». Pero, como siempre, esta era la astucia de Rostropovich, Slava, que por algo grabó la música de Bach con sesenta años: «Para librarme del temperamento ruso».
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