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«Los Puentes de Madison» o la fuerza de una simple historia de amor

Actualizado 29/04/2002 - 23:47:57
TALAVERA. Los Puentes de Madison es una adaptación teatral de lo que primero fue novela de Robert J.Waller y luego película de éxito dirigida y protagonizada por Clint Eastwood a quien acompañaba Meryl Streep.
Conocida su procedencia cinematográfica y las imborrables imágenes de los espacios abiertos del estado de Iowa por el noventa por ciento de los espectadores que el viernes llenaban El Palenque, las comparaciones eran inevitables, a pesar de que todo el mundo es consciente de lo poco que tienen que ver entre sí los lenguajes de la novela, el cine y el teatro.
El primer acierto de la propuesta teatral de Miguel Narros consiste precisamente en tomar buena parte de los recursos expresivos del cine para envolver una narración que adolece en algún momento de la rémora que supone su procedencia. Recursos cinematográficos como la elípsis, el «flasch back» o el continuo acompañamiento musical que subraya los momentos emocionalmente mas intensos, se adaptan de una manera ejemplar al curso de la acción, a la que sostienen,hasta llevar al espectador al climax de una escena final, que por estar transplantada integramente de la película conserva paradójicamente sus mejores cualidades dramáticas.
Todos estos aciertos indudables -el mejor de todos sería el haber conseguido mantener la intensidad y la emoción de la propia narración-, no consiguen, sin embargo, hacer olvidar un modelo en el que el paisaje y la naturaleza tienen un protagonismo simultáneo al de la pasión naturalmente desatada entre dos humanos.
El marco natural no es un mero decorado en la película, sino la referencia moral de un paisaje abierto, pero al fin sometido por el hombre,en el que el presente se muestra tras el horaciano «carpe diem».
Al final, y salvados algunos baches de monotonía en una narración de final anunciado en el primer «flasch back», la fuerza y la intensidad de una historia marcada por la renuncia consciente a la felicidad se impone sobre cualquier otra consideración.
Cálida y contenida, la actuación de Charo López se complementa con el a veces desbordado afán de aparecer con un bis de simpático atolondramiento de Hector Colomé, y la correcta y aséptica narración de Natalia Garrido.
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