Cultura

Cultura

Hemeroteca > 27/09/2002 > 

La mirada existencialista deRichard Avedon conquista el Metropolitan de

Actualizado 27/09/2002 - 00:11:41
Marilyn Monroe, vista por el fotógrafo americano. © Richard Avedon
Marilyn Monroe, vista por el fotógrafo americano. © Richard Avedon
NUEVA YORK. Richard Avedon (Nueva York, 1923) quería ser poeta por encima de todas las cosas, seguir la estela de las turbadoras palabras con las que T. S. Eliot pintó el albor del siglo XX, «deseo melancólico, soledad y desolación». Pero, temprano se dio cuenta de que nunca volaría tan alto, descartó la lengua y eligió el ojo. La historia de su acierto se puede contemplar desde ayer en el Metropolitan Museum de Nueva York, donde 180 retratos en blanco y negro dan cuenta del poder devastador de su cámara existencialista.
Se perdió la imagen con la que a los diez años y una pequeña Kodak persiguió a su vecino, el pianista ruso Sergei Rachmaninoff, que vivía debajo de su apartamento: «Quería que me diera algo que pudiera guardar, algo privado y permanente que me pusiera en contacto con él». Una premonición. Cuando finalmente descartó la pluma y se enroló como fotógrafo de la marina mercante gracias a un amigo. Tras tomar «quizás centenares de miles de caras anodinas, antes de que me diera cuenta me había convertido en fotógrafo». Una docena de intentos le llevó convencer al diseñador ruso Alexey Brodovitch, director de arte de «Harper´s Bazaar», de que le echara un vistazo a su «portfolio». Allí comenzó su carrera como retratista de moda, un mundo que pronto revolucionaría, mientras empezaba a cultivar la faceta que finalmente, y a juicio del director del Metropolitan, Philippe de Montebello, le ha llevado a «hacerse con un lugar propio en la gran historia del arte».
Meditación sobre la vida y la muerte
En blanco y negro, contra un fondo blanco y brillante vacío, sin ningún objeto ni paisaje que pueda distraer, la galería de rostros que colgarán de las paredes del Metropolitan hasta el 5 de enero son non sólo un «destilado fotográfico del retrato llevado a su irreductible esencia», sino también «una extensa meditación sobre la vida, la muerte, el arte y la identidad», como señala Maria Morris Hambourg, conservadora del departamento de Fotografía del museo y comisaria de esta exposición que deja una huella difícil de borrar y que acaso recuerda las frases despojadas y a escalpelo de Albert Camus en «El extranjero», Jean Paul Sartre en «La náusea», Samuel Beckett en «Esperando a Godot» o Truman Capote en «A sangre fría».
La exposición oscila entre rostros de artistas, escritores y políticos que han marcado la primera mitad del siglo XX, y un repertorio de seres y vidas encontrados «In the American West» (En el oeste americano): una cala en la común e incorregible identidad. Pero ni Capote (consciente de que su espantosa lucidez no le salvará), Beckett, Marilyn Monroe (cogida con la guardia baja, vulnerable), los Duques de Windsor (con un lago de confesiones en la mirada), Jean Genet, Andy Warhol (con sus cicatrices y los cómplices en The Factory), Ezra Pound (recién salido del manicomio y gritando en silencio), Auden, Eisenhower (con los labios escoriados de mandar) «no hablan de su celebridad», sino de algo más esencial, de lo que famosos y anónimos comparten y ocultan, y que deja una sensación de radical tristeza, en absoluto sentimental. La certeza de que la vida carece fundamentalmente de sentido y de que la muerte siempre ronda y nos alcanza.
Los retratos de su padre al final de su vida, un recoveco en el corazón de la exposición, tratan de recuperar un conocimiento, un tiempo perdido, y, al referirse a la muerte inminente de su padre, indagan sobre la muerte de todos y cada uno de los padres. No es de extrañar que el silencio se apodere como el asombro de los que miran lo que ha logrado Avedon con su cámara existencial.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo último...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.