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Ortografía regulada y desmadrada

Actualizado 27/08/2001 - 00:25:04
QUIENES me conocen saben que soy bastante escéptico y desconfiado en cuestiones de ortodoxia ortográfica, no porque la considere innecesaria , sino porque siempre se me ha antojado un tanto arbitraria y caprichosa, incluso en una lengua tan firmemente anclada en la correspondencia signo -sonido como el español actual, en especial si lo comparamos con otras de ámbito internacional, pero lastradas y frenadas por una rémora ya secular de reliquias medievales. Como ilustración de lo dicho, bastaría repetir aquí el invento, puramente retórico y dialéctico, de que en inglés ghas (con gh de enough) + a (de palace)+ s ( de sure) se podría pronunciar igual que fish. Tampoco sería necesario recordar que en francés la secuencia de sonidos «mer» represente tres palabras diferentes, homónimos,( maire, mer, mère), o en inglés «bei» a cinco palabras de la misma grafía «bay», pero distinto origen y significado, homógrafos. Menos aún que la sílaba inicial del reciente invento monetario llamado euro, que pretende unificar la moneda europea, pueda resultar, como hemos sospechado hace tiempo, en las pronunciaciones /«iu, oi, eu, e, ev»/ según la lengua que la acoja en su léxico.
Parece general el clamor que se ha levantado contra el aparente analfabetismo ortográfico de las nuevas generaciones, propiciado por cierta grafofobia y el abuso del teléfono . Uno estaba ya retirado de la comprobación casi diaria de estas mermas culturales manifiestas no sólo en los descuidos menores de ges y jotas, de elles y yes, de eses y zetas, sino también en desacatos mayores por omisión o intromisión de haches, puntos y comas, faltas de concordancia, trueques caprichosos de mayúsculas y minúsculas y baile de acentos -por qué, porque, por que, etc- y uno se sentía ya a salvo de las condenas con que espíritus bienintencionados y progresistas abominaban de normas ortográficas, a veces arbitrarias, hay que reconocerlo, impuestas por la tradición , condenas que ponían en peligro, implícitamente, la uniformidad del castellano, uniformidad que, por otra parte, no está plenamente garantizada, pero sí más que la del inglés, pese al incesante esfuerzo de las Academias por mantener unidad en la escritura, pues no sólo nos separa el Atlántico en el uso del voseo, cada vez más extendido y admitido en Hispanoamérica, sino también en la preferencia de variantes ortográficas desconocidas o infrecuentes en la Península: Conocido y respetado es el caso de «México», que incluso algún académico descuidado pronuncia con x de exacto. «Antioquia» ( no Antioquía), «chofer» (no chófer), «futbol» (no fútbol) son grafías muy difundidas. «Monterey» (no Monterrey) y «Albuquerque» (no Alburquerque) son los topónimos aceptados en EEUU, como Girona y A Coruña en España. Nunca el área de vigencia de una lengua ha sido simultánea y totalmente uniforme ni siquiera en la Romania, que tendemos a concebir con criterios de territorio incontaminado. Bueno será, pues, que frente a la permisividad de que gozan los infractores de las reglas ortográficas, se vaya imponiendo con tolerancia, pero con mano firme, la idea de que el lenguaje es una entidad inestable, sin llegar a mutante, que inmóvil parecería difunta, pero que incluso cuando hablamos de lenguas muertas, posee vitalidad para cambiar y acomodarse a las exigencias de sus hablantes, que no son sus inventores ni propietarios
Liberado, al parecer, de estas preocupaciones y acuciado, por deficiencias auditivas, a consultar la versión visual -maravillas de la electrónica- de lo vedado al oído, es decir, los programas televisivos subtitulados, en que amablemente se invitaba al telespectador a emitir su opinión sobre los textos ofrecidos, he podido cerciorarme de que los temores aireados por la prensa acerca del analfabetismo ortográfico reinante no eran infundados. He aquí una muestra, tomada en seis días del pasado mes de julio -tal vez el calor sea cómplice de los desacatos-: desalojos y legales (=ilegales), latitud 2500m (por altitud; se trata del volcán Etna), la sabia que bulle (= la savia), a tomado la salida, a iniciado el acto, (fuga de haches), a cabo en los juzgados (= acabó), agerrido (aguerrido) «el medidor (mediador) noruego intenta que las dos partes reanuden el diálogo», «resuelto (resuelta) en el Tour la primera parte del llano», indemnizaciones por daños y prejuicios, etc... Prescindo de infracciones que podrían entrar en la categoría de erratas y de las cuales no estamos libres quienes escribimos : «Zidane se visitó (vistió) con la camiseta del Real Madrid », «la media-ación( mediación) de la CIA». No se me ha olvidado, pero carezco de datos cronológicos para precisar fechas y fuente, el doblemente singular regresivo con que se citaba a una eximia actric (del plural actrices, menos el morfema de plural) hace unos veinte años. Pero no es preciso remontarse tanto en el tiempo. A diario leemos en pluma de más o menos ilustres escribidores grafías como espúreo, incluso en titulares (la tilde revela que no es simple errata por espurio,) aparte de los menos selectos geráneo y las muelas careadas. Alguna vez esta tendencia a restablecer un hiato inexistente se refleja en la norma académica. Tal es el caso de cráneo (lat. cranium) que hoy nadie se atrevería a escribir cranio. Seria éste un capricho más de la normativa ortográfica, como la discrepancia entre objeción e interjección y la tolerancia entre las formas dobles fláccido-flácido, flaccidez-flacidez.
Ignoro con qué limitaciones y en qué condiciones trabajan estos profesionales -sospecho que eventuales e improvisados-del subtítulo. Puede ocurrir que si parten de una lengua extranjera los apremios de la situación repercutan en el resultado, pero también es posible que si se trata de «enseñar al que no oye», es decir, de dar por escrito un texto oral, la deseada correspondencia entre lengua escrita y lengua hablada, tan elogiada en español, me temo que se pierda.
Quienes no vivimos forzados a entregar un texto escrito con la urgencia requerida por un diario o una editorial acaso no nos demos cuenta de las limitaciones de espacio y tiempo impuestas por un mundo en el que parece imperar la brevedad y la rapidez. Por ello es de justicia comentar con indulgencia las infracciones a unas reglas que ya hemos calificado de arbitrarias, aparte de incoherentes. Lo que hace más sorprendente la situación es que ésta se produzca en un momento en que, desaparecidos o arrinconados los beneméritos consejos de Miranda Podadera, que salvó a miles de opositores del oprobio de ese analfabetismo que hoy condenamos, se hayan publicado en el plazo de un año dos importantes contribuciones al buen hablar y escribir, es decir, dos excelentes ortografías, una refrendada por la Academia, ya comentada en su día, recibidas con aplauso y esperanzas fundadas, que vienen a reforzar la labor callada, menos explícita, de los distintos diccionarios de dudas al alcance de los hispanohablantes que se esmeran y velan por mantener vigentes las normas, beneficiosas para todos, que permiten leer en Lima, Tegucigalpa, Buenos Aires y Veracruz un texto en español sin tener que acudir al diccionario ni recibir aclaraciones de los iniciados.
Claro que no bastan los buenos consejos para frenar el descuido o la fuerza del uso  «incorrecto» pero consagrado. No se nos escapa que, como en el caso de cráneo, la forma vituperable, la no etimológica, pueda acabar triunfando. El español tiene algunos ejemplos de grafías  condenables si se invoca el latín o el griego como norma ortográfica, aunque ya periclitada. Así tenemos (son ejemplos de manual): boda (lat. vota) buitre (lat. vulture), boga ( fr.vogue), maravilla (lat.mirabilia), invierno( lat.hibernum) con bes y uves insultantes para el defensor de la ortografía etimológica. Pero igual que en estos ejemplos, por diversas causas, se ha impuesto una grafía injustificada, se otean en el horizonte formas aberrantes que para destacar una nueva acepción se aceptan como convenientes, si no necesarias. Es el caso de tablao, bailaor, cantaor, como antes lo fueron tronío, jipío, cante jondo, juerga, etc. ya admitidos en el DRAE.  Son ejemplos de la  penetración que formas populares andaluzas ejercen sobre el léxico común, extendiendo el campo semántico de las voces heredadas, cuya vigencia se mantiene, pero no su sinonimia. Al mismo impulso diferenciador -el famoso hecho diferencial- obedecen grafías antietimológicas en español como cártel, Nóbel, Catalunya, etc. y las deformaciones intencionadas  reflejadas en los okupas, la inteligentsia, txikito, Xunta, etc.  Pero lo que triunfa en la grafía no siempre repercute en la pronunciación. ¿Hay alguien que pronuncie la «h» de lehendakari fuera del País Vasco? Yo podría hacerlo -todo es esforzarse-como soy capaz, somos ya pocos los lleístas, de pronunciar las elles  de Sabadell y Llull.
Así están las cosas y dudo de que mi comentario, acaso lastrado por el escepticismo, despierte en los lectores arrebatos de indignación y propósitos de enmienda si se sienten incursos -todos lo estamos en mayor o menor grado- en las infracciones señaladas. En cualquier caso, parece sensato llamar la atención sobre los dos extremos en pugna: la excesiva dejadez por un lado y por otro el imperativo de velar por la uniformidad  y cohesión de una lengua que abandonada al capricho de los hablantes perdería el carácter de instrumento internacional de comunicación basado en la observancia de reglas  y usos ortográficos que frenan su fragmentación y  dispersión. Confiamos en que las reglas se mantengan vigentes.
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