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El compromiso de los diputados

Actualizado 27/02/2001 - 00:20:03
Imaginemos, que hay gente para todo, un ciudadano cabal e ilustrado, reflexivo y responsable, que el pasado 12 de marzo votó al PP y que lo hizo, precisamente, por la mucha confianza que le merecía como representante la figura señera de Rafael Arias Salgado. Ese ciudadano, pobrecito, se quedó compuesto y sin diputado porque el ex ministro decidió, tras su elección, pasar a dirigir una cadena de hipermercados mejor que cumplir el pacto con los electores para el que libremente —supongo— se había postulado. El problema, que es real en cuanto se le quitan los nombres a los ejemplos, se acentúa en un sistema electoral en el que las cúspides de los partidos, poca gente, decide, de hecho, quiénes serán las trescientas cincuenta personas que se sentarán en el Congreso por el mecanismo de las listas cerradas y bloqueadas. El ciudadano, más que elector, se convierte en adicto temporal a un lote avalado por una sigla.
El interesante informe que Mariano Calleja publicaba ayer en estas páginas aporta algunos datos que deben hacernos pensar en la dimensión representativa de nuestra democracia. La mayoría absoluta del PP se sustenta en 183 diputados que, lote a lote y no persona a persona, fueron elegidos en marzo. Desde entonces, por diversas razones, 22 de esos diputados —¡el 12 por ciento!— han devuelto sus actas y ha corrido el escalafón de los relevos. En algunos, incluso, estaba previsto. Los cargos públicos que ocupan no son compatibles con la función representativa y su presentación en las listas era de mera apariencia y/o reconocimiento interno. Estaban destinados a ser, como en el viejo programa de la tele, «diputados por un día».
A lo largo de la legislatura anterior, sumando los relevos vividos en todos los partidos, llegamos a un 17 por ciento de sustituciones. Dicho de un modo más perverso: funcionó en la Cámara un grupo de 61 diputados/suplentes que, de ser autónomo, sería el tercero en volumen de todo el hemiciclo. Aun contando con una estructura parlamentaria como la nuestra, cuajadita de diputados culiparlantes a los que, como mucho, sólo escuchamos en toda su vida política los monosílabos de las votaciones, parece excesivo este aparente desprecio a la figura de los ciudadanos a los que los hechos convierten en adictos a una sigla y no en representados por un diputado. Quien no tenga las ganas y las fuerzas de sentarse en un escaño durante los previsibles cuatro años de una legislatura y ser obediente y silencioso, que no se presente. Que los partidos con expectativa de mayoría, o de minoría suficiente, no presenten tampoco a personas con las que cuentan para el trabajo ejecutivo no compatible con el legislativo.
Mientras un proceso electoral no termine de entenderse como una propuesta de contrato entre los candidatos y sus electores, algo que obliga a las partes, el hecho de acudir a las urnas tendrá un valor parecido al de las verbenas y los saraos: algo divertido, incluso apasionante, pero sin mayores consecuencias. Ya que no podemos saber quién es nuestro diputado y debemos conformarnos con un lote estampillado con una sigla, por lo menos que el lote sea estable. Eventuales sí, pero no discontinuos.
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