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Almería. En los refugios de la guerra civil

Almería fue la última capital republicana en ser tomada por las tropas nacionales, el 29 de marzo de 1939. Hasta entonces, aunque no sufrió directamente la ferocidad del combate, sí padeció la cruz de

Actualizado 27/01/2008 - 10:21:20
Almería fue la última capital republicana en ser tomada por las tropas nacionales, el 29 de marzo de 1939. Hasta entonces, aunque no sufrió directamente la ferocidad del combate, sí padeció la cruz de la retaguardia con el sufrimiento de ver marchar a sus hombres a los distintos frentes, con la voraz insidia de los rigores de la miseria y la tenacidad de los bombardeos sistemáticos sobre su población, hasta el punto de que llegaron a formar parte su vida cotidiana. Cuenta Francisco Verdegay Flores, historiador y asesor técnico del plan museístico de los refugios almerienses, que las embestidas de los bombarderos eran tan frecuentes que hasta había quien se aplicaba a esta lluvia de bombas el bálsamo del humor y terminaron bautizando como «boñero» al avión que solía penetrar por las playas de levante. Este hostigamiento culminó los 52 ataques ocasionando más de 400 muertos y heridos, lo que constituye una siniestra marca para una ciudad de 50.000 habitantes y escasa importancia estratégica.
Tras el bombardeo alemán del 31 de mayo de 1937, en que 200 obuses de gran calibre fueron lanzados durante 40 minutos sobre Almería, la Comisión Mixta de los Refugios, que se había creado al principio de la guerra, aceleró su cometido. El plan, ideado técnicamente por el arquitecto municipal Guillermo Langle, era el de realizar una obra subterránea de 4.500 metros, capaz de proteger a 34.144 personas (el 75% de la población), mientras que el resto de los habitantes tendría cobijo en los refugios naturales de los depósitos de mineral de hierro de la Compañía Andaluza de Minas, la Cueva de las Mellizas (3.000 almas), las cuevas-viviendas de los barrios pobres (6.000) y los sótanos de algunas edificaciones particulares, para los que también se previeron labores de adecuación.
Las galerías subterráneas diseñadas por Langle se repartían por todos los barrios de la ciudad y a ellas se accedía por 101 entradas, donde unas escaleras de 1,30 metros de ancho conducían a 9 metros bajo el nivel del suelo. Algunas parroquias, como la de Santo Domingo, San Pedro o San Sebastián tenían accesos particulares, lo mismo que sucedió con edificios públicos como la Casa Consistorial.
Mármol en el quirófano
En el proyecto de esta ciudad subterránea, tal y como explica Verdegay, se diseñaron dos tipos de galerías: galerías-refugio (con una anchura de hasta dos metros y bancos corridos a los lados para sentarse) y galerías de conexión, más estrechas. A esto había que añadir las zonas reservadas, como el almacén-despensa y el hospital-quirófano y, cada cierto tramo, ramales ciegos laterales para camillas y enfermos, de manera que no obstaculizaran el paso. La construcción se hizo de hormigón, con contrafuertes cerca de los accesos para evitar la propagación de las ondas expansivas al interior. Para la iluminación, cada 5 metros se colocaron bombillas incandescentes, y la ventilación se hizo posible gracias a unos tubos de fibrocemento. El coste de la obra, en la que se incluyó el gasto de acondicionar los citados refugios privados, fue de 4,5 millones de pesetas, que fue sufragado en gran parte con los sueldos de los trabajadores -que también colaboraron como mano de obra voluntaria-, aportaciones de empresas, partidos y sindicatos, y el 1% de un impuesto especial que se instauró sobre todas las compras. La obra se terminó en la primavera de 1938.
Luego, acabada la guerra en 1939, la «ciudad subterránea» dejó de tener utilidad y Langle camufló los accesos mediante la construcción de unos quioscos. El paso del tiempo se ocupó del resto.
Setenta años después, y de la misma manera que Londres o Berlín rescataron ese patrimonio invisible que fue la salvación para miles de personas, el Ayuntamiento de Almería quiso que «la arquitectura de los refugios volviera a vibrar» y el arquitecto José Ángel Ferrer se hizo cargo del rescate de los espacios originales en las galerías olvidadas, recuperando 965 metros que hoy son visitables. El plan museístico municipal tenía muy claro su objetivo: que el viajero se sienta solidario con el sufrimiento humano, removido contra la injusticia de la guerra y sus consecuencias, y conmovido por el valor de la paz y de la vida.
Y, como si de una máquina del tiempo se tratase, nos conducen a las entrañas de una ciudad en guerra fratricida a través de los testimonios logrados hoy de los niños de entonces, que un video desmenuza al principio del recorrido. Y por eso sabemos que a pesar de las horas de espera en el refugio, aquellos pequeños no jugaban, que los niños, junto a sus mayores, se acurrucaban esperando que se hiciera el silencio. Nunca nadie les dijo que estaba prohibido corretear, saltar, juguetear... Simplemente, en aquella especie de útero protector, se sobrevivía.
Por eso también se desciende con respeto por la angosta y larga escalera, que bajada rápido y con miedo debería resultar peligrosa, y por eso los padres de los que hoy curiosean tan lejos de aquella experiencia, que han oído contar como una historia antigua de otro siglo -lo que es-, necesitan reunir valor para regresar y hacer acopio de fuerza para soportar tanta emoción. Para ellos ni siquiera es una cuenta pendiente.
Miedo y tensión frente a calma y seguridad. Un túnel lleno de historias, de leyendas de solidaridad y de recuerdos entre la muerte y la vida que se iba y volvía en el quirófano del refugio. Para muchos es el lugar más impresionante, a la vista de las literas laterales en donde se acurrucaban las heridas abiertas y la enfermedad, o se oía el llanto de un recién nacido que acababa de llegar y, sin ver la luz del día, se resguardaba en otro vientre frío y seco, a pesar de la profundidad, pero acolchado de tristeza.
El propio Verdegay Flores explica cómo José del Pino, testigo oral de la construcción de los refugios y trabajador aprendiz en las obras del quirófano, hubo de afanarse en limpiar de plasma el suelo de mármol blanco con que se soló esa dependencia, tras la amputación de una pierna al conserje del Banco de España, edificio que había sido bombardeado. Eran finales de agosto de 1938.
Hoy, lejos del olor de la sangre, el museo de los refugios propone al visitante un final del camino optimista «en el que impera la esperanza y la vida que se materializa en un elemento esencial del paisaje almeriense»: el mar, el mar de la vida que la ciudad ofrecía a aquellos refugiados y que hoy se extiende ante los ojos de los que abandonamos los refugios.

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