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Un vasco al servicio de España

Ayer falleció repentinamente en Madrid a los 73 años de edad el presidente del Consejo de Estado y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas Iñigo Cavero Lataillade, barón de Carondelet y de la Torre y marqués del Castillo de Aysa. Fue ministro de Educación, Cultura y Justicia entre 1977 y 1981. Colaborador de ABC, publicamos a continuación el último artículo que nos envió.

Actualizado 26/12/2002 - 00:36:46
HACE ciento cincuenta años que a la edad de 94 años, fallecía en Madrid el Capitán General don Francisco Javier Castaños, Aragorri, Uriarte y Olavide.
Aunque vino al mundo en Madrid, en la llamada casa chica del Duque de Alba, de la calle Barquillo, por encontrarse su madre incidentalmente de viaje en la capital del Reino, fue siempre considerado como de Portugalete. Su padre, Intendente General del Ejército, pertenecía a una familia de abolengo vizcaíno, y su madre a otra de raigambre guipuzcoana.
Castaños es el caso singular de un militar que desarrolla su carrera en el último tercio del siglo XVIII y medio del XIX, con una tan larga vida que le permite ejercer su profesión durante los reinados de Carlos III, (de quien recibe como gracia especial el nombramiento de Capitán de Infantería), de Carlos IV, de Fernando VII e Isabel II, que contempló sin implicarse los cambios políticos que se producen desde el Antiguo Régimen a la desigual vigencia de las Constituciones de 1812, el Estatuto Real de 1834 y las de 1837 y 1845. Como resalta Prieto Llovera no fue ni «carbonario», ni «masón» y «no perturbó la vida de la Nación desde las mal llamadas Sociedades Patrióticas, a las cuales fue ajeno; ni manchó su limpia historia con las falacias del intrigante o las bajezas del adulador».
Su carrera militar es notoria y merece la pena exponerla a grandes rasgos. Presta servicios de armas en destinos tan diversos como Barcelona, Cádiz, en la expedición a Argel, en el bloqueo de Gibraltar, en la toma de Mahón, por el duque de Crillón y en la conquista del Castillo de San Felipe. A los veintitrés años es ya Teniente Coronel, pasando posteriormente a mandar con la graduación de Coronel el Regimiento de Infantería de Africa, con destinos en Ceuta y en el Campo de Gibraltar.
Mas tarde participa en la defensa de Orán, pasando luego a los Pirineos para combatir a los «convencionales» franceses, donde su valor y calidad en el mando determina su ascenso a Brigadier. En la cima del monte de San Marcial, próximo a Fuenterrabía sufrió en combate una gravísima herida de bala de fusil. Repuesto, en colaboración con el Marqués de la Romana, evita la ocupación francesa de Pamplona. En 1795, Castaños es ya Mariscal de Campo (que equivaldría a General de División).
Después de un destino en Madrid, en 1800, a las órdenes de su tío, don Simón de Aragorri, Marqués de Iranda, participa con éxito en la defensa del Ferrol frente a los ingleses y es ascendido a Teniente General quedando al frente de la Comandancia del Campo de Gibraltar. Ello le permitió entablar relaciones amistosas con el Gobernador de «La Roca», Duque de Kent, quien habiéndole invitado a visitar el Peñón, le sugirió que diera alguna orden a la guarnición británica, a lo que Castaño respondió que la única orden que daría en inglés, sería la de inmediato desalojo, para que a continuación entrara con sus tropas para ocupar la plaza.
Los acontecimientos de 1808 impulsan a Castaños a comenzar la preparación de un ejército en el que integra tropas de procedencia diversa y de las guarniciones de otras plazas andaluzas. La Junta constituida en Sevilla, presidida por don Francisco Saavedra, nombra a Castaños, Jefe Superior de todas las fuerzas militares de Andalucía. Con prontitud, elabora planes para evitar una invasión de Andalucía por las tropas francesas, que en junio, habían llegado a Ecija, entrando posteriormente en Córdoba, a la que saquearon, para instalarse luego en Andújar. Con ataques y escaramuzas en varios frentes se comienza a hostilizar al Cuerpo de Ejército de Dupont, tratando de impedir que éste pudiera reforzarse con las divisiones de Vedel y Gobert, que están en camino.
Al mando de aquel ejército Castaños, con 26.000 hombres y 2.632 caballos y unas 60 piezas de artillería, después de diversos escarceos, el 19 de julio en las cercanías de Bailén da la batalla decisiva, consiguiéndose la capitulación del fogueado Cuerpo de Ejército de Dupont, integrado por unos 24.000 soldados, 22 Generales y 632 Jefes y Oficiales.
Al constituirse las Cortes en 1811 y cesar el Consejo de Regencia pasa Castaños a hacerse cargo del Cuarto Ejército de Extremadura y Galicia, coincidiendo en acciones bélicas con el Duque de Wellington, con el que colaboró estrechamente, manteniendo una sincera amistad durante el resto de sus vidas, dándose la circunstancia que fallecieron los dos en septiembre de 1852, con diez días de diferencia.
La conocida amistad de Castaños con Wellington e intrigas políticas, fueron causas que motivaron que la Regencia en 1813 llamara a Castaños a ocupar su plaza en el Consejo de Estado, cesando en el mando del 4º Ejército. La última acción de guerra de Castaños se desarrolla en 1815 al entrar en Francia desde Cataluña, ocupando Perpiñán, al regreso de Napoleón para sus efímeros «cien días».
En 1815 se otorga al Capitán General Castaños, la Gran Cruz de la Orden de San Fernando, creada por las Cortes de Cádiz y poco después es nombrado Capitán General de Cataluña y Presidente de su Audiencia Real, cesando en 1820. No consigue salvar la vida del General Lacy, responsable de un fracasado golpe en 1817. Cuando en 1841 intenta Castaños que Espartero conmute la pena de muerte del General Diego de León y al recordar el Regente Espartero que Castaños no lo hizo con Lacy, el Duque de Bailén le contesta «que él no era Regente».
Caracteriza la vida de Castaños su ejemplar honradez, lo que le sitúa en periodos de gran penuria por la tardanza en el pago de sus honorarios y pensiones, teniendo que acudir en su ayuda sus parientes y compañeros de armas.
Una de sus mayores satisfacciones fue unir todos los máximos honores que había recibido tales como el Toisón, la Gran Cruz de Carlos III y la laureada de San Fernando, a la Cruz de la Legión de Honor en su máxima categoría que le concedió el Gobierno de Francia.
Al cumplir los 92 años y como testimonio significativo de su procedencia, se le concede el título de Marqués de Portugalete, manifestando entonces su deseo de «poder contribuir a la prosperidad de la invicta y heroica villa de Portugalete».
Castaños en su declaración de voluntad testamentaria rogaba que su entierro fuese muy en familia, de tal modo que sólo asistieran su sobrino y heredero, el Teniente General Luis Angel Carondelet y Castaños, Barón de Carondelet, su sobrino nieto, el Comandante Eduardo Carondelet, su ayudante militar y su asistente.
Enterada Isabel II del fallecimiento de quien era objeto de su especial afecto encargó al Presidente del Consejo, Bravo Murillo, la aprobación de un Real Decreto, publicado en una enlutada Gaceta de Madrid, que establecía que la Reina asistiría a sus exequias y que el Rey Don Francisco, con el Consejo de Ministros, presidiría el entierro desde la Catedral de San Isidro hasta su inhumación en la Iglesia de Atocha (hoy está enterrado en mausoleo erigido en el Panteón de Hombres Ilustres), rindiéndosele los máximos honores, no obstante la presencia de la Reina, guardándose luto nacional durante tres días y ordenándose que su espada se depositara en el Museo de Artillería.
El Capitán General Castaños, personaje quizás olvidado ante la supina ignorancia de Historia que adolece buena parte de las nuevas generaciones, era un vasco, que como otros muchos contribuyeron a nuestra mejor historia y que fue vasco en la misma medida en que sirvió a España y a la Corona.
De seguro a Castaños le habría agradado dar a conocer a Julio Caro Baroja, hasta qué punto coincidía con éste, también vasco, cuando dice: «Si hay una identidad hay que buscarla en el amor. Ni más ni menos. Amor al país en que hemos nacido o vivido. Amor a sus grandes hombres y no solo a un grupito de ellos. Amor también a los vecinos y los que no son como nosotros».
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