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Huéspedes a más de 150 metros de altura. El hotel más alto de Europa, en Benidorm

Cincuenta y dos plantas -cuatro de ellas técnicas-, en su torre principal; 776 habitaciones; más de 1.000 escalones; 12 salas de reuniones para unas 4.000 personas; 900 metros cuadrados de cocinas... Enclavado en Benidorm, el «Manhattan» de la Costa Blanca, el hotel más alto de Europa, inaugurado hace ocho días, se ha convertido en una atracción turística de la zona.

Actualizado 26/05/2002 - 10:06:54
Vista desde una habitación de la planta 35 del Gran Hotel Bali, inaugurado hace poco más de una semana. Daniel G. López
Vista desde una habitación de la planta 35 del Gran Hotel Bali, inaugurado hace poco más de una semana. Daniel G. López
BENIDORM. La actividad en el Gran Hotel Bali comienza a las cinco y media de la mañana, cuando el primer turno del servicio de cocina llega para poner en marcha el bufet que se servirá como desayuno a los huéspedes. La cita es a las siete y media, ya que parte de los clientes -sobre todo los extranjeros- prefiere levantarse a esas horas para apurar la jornada. El menú no se aparta del tradicional en este tipo de establecimientos, y el reto es conseguir que todo esté a punto hasta que acaba el horario marcado para esta primera comida del día. Las cocinas, que ocupan 900 metros cuadrados, apenas descansan hasta pasadas las nueve de la noche, cuando se da por terminado el horario de cenas.
A primeras horas de la mañana comienza también el primer turno de camareros, que en un principio se centra en atender el desayuno. Paulatinamente se van incorporando efectivos y ya sobre las nueve de la mañana están en marcha las dos cafeterías abiertas hasta ahora, situadas en los extremos del complejo y con una barra que da a las tres piscinas. Al mediodía se refuerza el turno de comedor, al igual que en el horario de cena, y pasado éste se deja todo preparado para el desayuno.
Servicio de limpieza
Lo temprano del desayuno marca el resto de la jornada. El departamento de limpieza, el más nutrido, comienza su actividad muy pronto. Su trabajo, en un hotel de estas características, es más complicado. El grueso de este colectivo lo forman mujeres. Dado que por planta hay aproximadamente diez habitaciones, cada limpiadora se encarga de al menos uno de los pisos. Sus horarios oscilan entre las 4 y 8 horas de trabajo y la coordinación por parte de la gobernanta resulta crucial para facilitar un servicio acorde con las expectativas creadas por el complejo. En general, a las once de la mañana la mayor parte de las habitaciones ya han sido puestas a punto.
En recepción los trabajadores tratan de capear el temporal de la mejor forma posible, dado el altísimo número de huéspedes. Explican cómo llegar a las habitaciones -a veces no es tarea fácil-, y se convierten en la primera «fuerza de choque» para solucionar los pequeños inconvenientes que pueden surgir.
Los responsables de los departamentos tienen independencia para actuar en cada momento según su criterio. La dirección del establecimiento considera que ésa es la única forma de dar respuesta a los enormes problemas de gestión diaria que plantea un edificio como éste en el que, por ejemplo, se generan cada día doce toneladas de basura, se cambian cientos de toallas y se dá de desayunar, comer y cenar habitualmente a un millar de personas.
Para el recién llegado, el hotel resulta sorprendente. Además de la sensación que provoca un inmueble de 52 plantas y 186 metros de altura, el enorme vestíbulo donde se encuentra la recepción se asemeja, por momentos, al de un aeropuerto. No es de extrañar, si se tiene en cuenta que aquí pueden dormir muchas noches más de dos mil de personas y paralelamente organizarse una convención o un banquete para otras 1.200.
El resultado de esta vorágine es el previsible. En algunas ocasiones el hotel da la impresión de situarse al borde del colapso, mientras sus trabajadores hacen lo posible y lo imposible por atender correctamente a la clientela siempre con una cara amable. Desde la recepción hasta las habitaciones de las plantas más altas puede llegar a tardarse, en el peor de los casos, un cuarto de hora. Sólo dentro del ascensor para alcanzar esos pisos se puede estar varios minutos, en función de las paradas que haya que hacer, aunque como explicaba algún huésped con humor todo tiene una parte positiva y esa circunstancia permite trabar amistades. Hay cinco elevadores internos para la torre con capacidad para doce personas cada uno (toleran un peso de 900 kilos), y dos exteriores, acristalados, que ofrecen unas vistas extraordinarias aunque son poco recomendables para aquellos que sufran de vértigo. El viaje desde la planta baja hasta la última, sin paradas, dura algo más de 60 segundos.
«Esto parece el carnaval»
Las pequeñas incomodidades son reconocidas por los responsables del establecimiento. Como explica gráficamente su director, José Cano, «esto parece el carnaval, o la Catedral de Burgos. Hay días que llegan autobuses con personas que, simplemente, quieren entrar al edificio y subir a la última planta para disfrutar de las vistas, lo que provoca retrasos en los ascensores. Hemos tenido que poner vigilantes jurados para que sólo pasen los clientes y vamos a instalar un sistema por el que sólo si se dispone de la tarjeta magnética de entrada a una habitación se pongan en marcha los elevadores». De cualquier forma, la clientela se muestra, en general, muy comprensiva.
La curiosidad que ha despertado este hotel está justificada. En pocos lugares se puede ver una mole de esta naturaleza, levantada sobre una superficie de casi 19.000 metros cuadrados y con 111.000 construidos; en el que sólo el vestíbulo que une la torre y el edificio primitivo, éste de dieciocho plantas, tiene casi 3.000 metros cuadrados; en el que se han utilizado 500 toneladas de mármol y dispone de 160.000 metros cuadrados de cristalera con un peso de dos millones de kilos; en el que se han empleado más de 22.000 metros cúbicos de hormigón y hay cerca de 75.000 metros cuadrados de encofrado...
La previsión de la empresa propietaria del hotel, Hobali S.A., es rentabilizar la inversión, de 90 millones de euros, en 10 años. De momento la ocupación ronda el 70 por ciento y la previsión es que se alcance el lleno desde primeros de julio hasta octubre. Por ahora la respuesta es mayor de la esperada y el viernes, sirva como dato, el hotel estaba a tope.
Confort y gastronomía
El confort de las habitaciones es acorde con la categoría del establecimiento (cuatro estrellas), y la gastronomía que ofrece la previsible dado el tipo de turista al que va dirigida. Lo mejor, sin duda, son las vistas desde las plantas altas y merece la pena subir al mirador de la torre, desde donde se puede contemplar la costa de Calpe a Santa Pola. Aún hay zonas sin inaugurar -un restaurante a la carta, un «pub», el centro de salud y belleza y el «Palacio de Cristal» para convenciones-, pero se pondrán en marcha en unos 45 días. «No hemos construido el hotel por batir un récord -explica el director-, sino porque queríamos ofertar un número alto de plazas y ofrecer la posibilidad de que la gente disfrutase de un edificio tan singular como éste». Además, se pretende captar como clientes a empresas que quieran celebrar convenciones -una línea de negocio poco explotada en una ciudad como Benidorm-, y que sirva como centro para todo tipo de celebraciones. De momento, el cupo para banquetes de boda está cubierto hasta junio del próximo año.
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