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Tomemos nota de Canadá

Actualizado 26/01/2006 - 08:28:28

CANADÁ, con el problema de Québec y otros problemas, es un gran país, no sólo por sus diez millones de kilómetros cuadrados, sino por la fuerza intelectual de su sociedad, difuminada por la sombra del gran vecino. En la elección del lunes acaba de vencer el conservador Stephen Harper, un buen tipo (quizá), prudente como el mismo Canadá, aunque proceda de la derecha dura. Participación más que digna para un territorio de grandes distancias y mucho frío, 65 por ciento.

Los liberales llevaban trece años en el poder. El electorado ha dado prueba de buen sentido al preferir el relevo. Paul Martin, jefe del gobierno hasta la semana pasada, hizo la reforma económica del moderno Canadá y la hizo bien. Pero su imagen quedó oscurecida por asuntos sucios de su partido (comisiones) en los que él estaba libre de culpa, aunque fallara su deber de vigilar. Quizá ahora se le haya pasado factura. Martin adoptó quizá una actitud dogmática, poco histórica, al defender el centralismo canadiense. Los ciudadanos quieren avanzar, no obligar. No buscan pírricas victorias sino pactos inteligentes. Hay valores supremos, pero se defienden mejor en el diálogo que en la ruptura. Si se puede (no siempre es así), conviene evitar el choque. ¿Está Canadá dividido? Quizá, pero aguantará. Nadie, salvo los extremistas de la derecha dura, dice «Canadá se rompe». El país es poco amigo de las tonterías. La unidad de Canadá es frágil pero fuerte. Québec es un problema. Pero la vida es un gran conjunto de problemas, casi todos manejables.

Harper, repetimos, venía de la derecha-derecha: era enemigo de los gays, del aborto, del child care, proponía el mínimo de seguridad social. Ha evolucionado hacia el centro. Las diferencias entre los dos grandes partidos no son insalvables. No existe el ánimo de exterminar al adversario, sino de dialogar con él en busca de soluciones. Las sociedades son difícilmente comparables. El País Vasco de 1986 no es el de 2006. Pero hay latitudes lejanas que brindan enseñanzas porque sus modos de civilización nos son próximos. Muchos axiomas políticos, repetidos a machamartillo, son relativizados por el tiempo. Podríamos decir con todo respeto: ridiculizados por el paso de los años.

La legislación regional de Québec, la región francófona del sureste, no permite impartir enseñanza pública en inglés. Sólo a los hijos de padres canadienses que acrediten haber hecho su enseñanza en inglés. Y parece ser que no hay clima de guerra civil, sino de paz. El lunes, el Bloc Québéquois obtuvo 51 escaños: ha perdido tres en una cámara de 308 diputados. Los liberales han caído a 103 escaños. Los conservadores llegan a 124, pero estarán en minoría: Harper tendrá que pactar, lo cual no lleva irremediablemente a la catástrofe.

La presencia de Canadá en Afganistán y su ausencia de Irak explican otra cara del país. Canadá ha desplegado 1.200 soldados al sur de Kabul, pero llegarán a 3.000 antes de fin de año. Patrullarán con británicos y holandeses (la relación entre Ottawa y La Haya ha sido grande desde 1940; la familia real holandesa se refugió en Canadá tras la invasión nazi). En tiempos sedientos de petróleo y gas hay en Canadá pocas diferencias de fondo entre conservadores y liberales. Los canadienses son lo contrario del estilo tejano, imprudente y amenazador del presidente Bush. Según las encuestas, Bush es para los canadienses el presidente más impopular de la historia americana. Pero Estados Unidos es otra cosa. La prosperidad canadiense depende al 60 por ciento de su comercio exterior y el 85 por ciento de ese comercio se hace con Estados Unidos. Canadá tiene las segundas reservas de petróleo del mundo e incalculable gas natural. Pero tiene sobre todo una tradición de defensa de la libertad, anglosajona, práctica, que le hace tomar buenas decisiones políticas.


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