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Secuestro de la farmacéutica de Olot: «Sabemos que estás implicado»

Los ocho implicados en el secuestro de la farmacéutica de Olot se enfrentan a partir del miércoles a la petición de 162 años de prisión. Diez años después no existe acuerdo sobre quién ideó capturarla, pero la Guardia Civil sospecha que el zulo en el que pasó 492 días se construyó con intención de utilizarlo en una cadena de secuestros con exclusivo fin económico

Actualizado 25/11/2002 - 08:04:03
La farmacéutica de Olot fue víctima del secuestro más largo ejecutado por un grupo no terrorista. ABC
La farmacéutica de Olot fue víctima del secuestro más largo ejecutado por un grupo no terrorista. ABC
«Sabemos que estás implicado en el secuestro de Maria Àngels, tú verás lo que haces». Esa frase, para los anales de la investigación, se la dejó caer la Guardia Civil al policía local Antonio Guirado varios años antes de que fuera detenido por el caso Olot, cuando la farmacéutica ya había sido liberada y tres personas arrestadas. Los captores de Feliu (ocho personas) van a ser juzgados diez años después. Una sanción de tráfico impuesta en el municipio gerundense a Joan Casals -uno de los primeros en caer y considerado por el fiscal como cerebro de la planificación del golpe- permitió estrechar el cerco en torno al grupo, demostrar la implicación de policías municipales y con probabilidad evitar nuevos secuestros, delito del que pensaba vivir el corro de amigos. «Tenemos sospechas fundadas de que el zulo que habían excavado en la casa del matrimonio Ullastre-Teixidor no era sólo para Maria Àngels, esperaban sacarle más rentabilidad», explica uno de los agentes que participó en las pesquisas.
Cuando Maria Àngels Feliu fue liberada, los forenses que la examinaron compararon sus condiciones físicas y psíquicas a las de los prisioneros que encontraron los soldados norteamericanos en el campo de concentración de Auschwitz. Había pasado 492 días encerrada en un «armario» subterráneo de un chalé de Sant Pere de Torelló (Barcelona) y se convertía en la involuntaria protagonista del secuestro más largo de la historia de España sin fines políticos. Con un colchón, un altavoz y un cubo por todo mobiliario y sin luz ni posibilidades de asearse, aparte de su carcelero sólo la acompañaron insectos y un ratón que se coló para no servir de alimento a las serpientes que coleccionaba el dueño de la casa, Ramón Ullastre, «un macarra y un mal bicho», dicen quienes fueron su sombra una temporada.
Compleja investigación
Pocas investigaciones se le pueden comparar en complejidad, hechos insólitos y cruce de acusaciones. Por su duración (siete años) también pulveriza récords y desde el principio estuvo triscada de despropósitos, confidentes, desconfianza familiar, pagos no realizados de supuestos rescates millonarios y enfrentamiento entre Cuerpos. Quizá sólo la constancia y el olfato policial acabaron por meter entre rejas a quienes planearon y ejecutaron el secuestro, que ahora se enfrentan a 162 años de prisión.
Maria Àngels fue capturada en el garaje de su casa de la calle Pere Llosas en Olot, el 20 de noviembre de 1992 cuando estacionaba su Renault 25. El coche fue encontrado después en las afueras de la ciudad y ahí comenzó un rosario de errores, interesados algunos de ellos, que dilataron en el tiempo la agonía de la rehén. La familia denunció la desaparición ante la Policía Local, pese a que el cuartel de la Guardia Civil distaba sólo 100 metros. Ellos comenzaron la investigación y de la peor forma posible: de la carrocería del turismo, humedecida por el rocío, no sacaron ni una sola huella. Las primeras pistas de los malhechores escaparon por el sumidero, mientras para Maria Àngels, hija de un próspero empresario, empezaba la pesadilla.
A continuación, asumieron las pesquisas los Mossos d´Esquadra y en tercera instancia entró en escena la Guardia Civil, cuya Unidad Central comenzaba a trabajar en el caso meses después. Para entonces la familia Feliu sabía que necesitaba pagar -el rescate iba aumentando- y había recibido varias cintas y llamadas de los captores. Pasaron varios meses en dique seco, con pagos abortados y el alma en un hilo de quienes confiaban en que la víctima siguiera con vida.
En octubre del año siguiente, el cúmulo de desaciertos llevó al juez de Instrucción, Santiago Pinsach, a archivar las diligencias por falta de nuevos datos, mientras la Benemérita seguía investigando al margen. Dos semanas después se producían las primeras detenciones del caso, a raíz de la delación de Francisco Evangelista, un confidente policial que aseguró que Javier Bassa y Joan Casals le propusieron el secuestro de la farmacéutica. Bassa y Evangelista habían coincidido como detectives privados, y sus oficinas eran vecinas de Casals (comercial entonces). Ambos han sostenido siempre su inocencia y, de hecho, el abogado de Feliu no solicita pena para ellos. En una vuelta de tuerca más el fiscal les considera los cerebros del plan -la letra de Bassa fue identificada con pruebas de grafología en el sobre de una de las cartas que recibieron los Feliu-.
Se pensó que estaba muerta
Evangelista sostenía que Maria Àngels estaba muerta. Pero no era el único: en el auto de procesamiento de ambos el juez afirma que el fallecimiento de la secuestada se produjo poco después del cautiverio. Entretanto, las pesquisas se estancan. La familia Feliu tampoco facilita los pasos de tortuga que se van dando y los agentes barruntan cada vez más que puede haber policías implicados. Todos los pagos que se fijan acaban desbaratados. Cada vez que se acuerda una cita un patrulla de Policía Local merodea por esos pagos. «Demasiadas coincidencias, pensamos desde el principio. Era imposible que siempre apareciera un coche policial con el secreto que rodeaba esas operaciones», recalcan.
Con Bassa y Casals detenidos y sus amistades peligrosas bajo sospecha, el azar juega por una vez a favor de Maria Àngels. «Teníamos controlados sus vehículos desde meses antes. Acudimos a la policía municipal para ver si había denuncias o algo extraño. El turismo que utilizaba Casals, y que no estaba a su nombre, había sido multado dos veces, la segunda en Olot por incumplir la zona azul de estacionamiento, justo una semana antes del secuestro de Feliu, el día que estaba previsto el mismo», aclara la Guardia Civil y confirman las diligencias. Aunque la ex mujer y el hijo de Casals vivían en Olot, éste no los visitaba prácticamente nunca. Días más tarde, los funcionarios vuelven a las dependencias policiales para obtener una copia oficial, pero la sanción ya no constaba. «Una multa no se evapora del sistema ordenador y si alguien la hace desaparecer es que hay gato encerrado. Y sólo la pueden borrar un número limitado de policías». A partir de entonces y ya sin dudas, el policía Antonio Guirado, que había sido jefe de los agentes de Torelló (Barcelona), se convierte en objetivo número uno.
La presión sobre los secuestradores aumenta: se saben vigilados, la rehén aguanta y no han cobrado un duro. En esas, cuando ya han pasado casi 16 meses, parece que se produce un cónclave entre los responsables y se plantea la posibilidad de liberar a la víctima. «A Maria Àngels la sueltan porque no aguantan más, estamos detrás de ellos y lo saben». La decisión última la toma Sebastián Comas, «Iñaki», el carcelero que custodió casi sin interrupción a la víctima. Lo hace sin comunicarlo al resto, según explicó Feliu, corroboró el dueño de la casa donde estaba el zulo y recoge el fiscal en su escrito.
Aparte de sus sospechas la Guardia Civil recibe varias llamadas que acusan a Guirado de su implicación en el secuestro. Lo siguen de forma discreta, pero él por su condición de policía los desenmascara el primer día y pide la matrícula del camuflado de la Guardia Civil. Se produce en ese intervalo, a última hora la confidencia de otro policía municipal de Olot que señala al ex jefe de Torelló de manera directa. Guirado no se entrega y espera a que lo detengan, pero a partir de él el resto cae en cadena. Después confesaría quefue en 1991, atenazado por las deudas, cuando planeó el secuestro de alguien que tuviera mucho dinero y fuera fácil de vigilar. José Zambrano, también policía municipal de Olot, le ayudó después de la negativa de otro compañero a colaborar. Murió en 1997 de sobredosis. Fue Zambrano quien reclutó a un delincuente común, José Luis Paz, alias «Pato», mientras que al carcelero Sebastián Comas lo introdujo en el grupo Ramón Ullastre, dueño del chalé del zulo, guarda forestal de Sant Pere de Torell
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