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Cuando cambió el destino de Europa

Actualizado 26/11/2002 - 23:47:01
Almanzor
Almanzor
Un día del mes de agosto, hace ahora mil años, daban sepultura en la gran atalaya de Medinaceli, al hombre que durante un cuarto de siglo, sembrara el espanto entre los reinos cristianos. Su largo nombre árabe, Abu ´Amir Muhammad ben Abi´Amir al-Ma´afirí, resultaba intraducible para los castellanos; por eso le llamaban con el apodo que a sí mismo se diera, al-Mansur, que significaba algo así como «el Victorioso». Los suyos le tributaron el honor de cubrir su cuerpo con el polvo recogido durante sus campañas, que guardaba cuidadosamente. Pero un monje de Cardeña, cuyo nombre no conocemos, al recibir la noticia, decidió dedicarle un despiadado epitafio: «Murió Almanzor y está sepultado en el infierno». El mismo año, al otro lado de la Frontera, estaba comenzando su andadura un muchacho, Sancho, el Navarro, a quien unía cierto parentesco con el gran soldado difunto, ya que una hermana de su padre, convertida al Islam, había sido una de las esposas de Almanzor. Por eso el historiador se encuentra, en el escenario peninsular, con dos primos, Sancho, sol ascendente, que por eso será llamado el Mayor, cristiano hasta la médula, y ´Abd al-Rahman, luna menguante, al que por eso llamaron, despectivamente, «Sanchuelo». Pues ambos invocaban la memoria del abuelo común. Sancho II, el Rey de Navarra.
Almanzor cerraba una época, la de la «yihad» orlada de continuas victorias. Pero para conseguirlas había impuesto en al-Andalus, junto a una dictadura militar, que aislaba al khalifa en funciones estrictamente religiosas, un esfuerzo económico muy superior al que aquella sociedad podía soportar: mercenarios venidos de todas partes, preferentemente de los valles del Atlas, donde se sentían voluntarios de la fe, pero incluso esclavos adquiridos en mercados europeos, habían sido enrolados. Y sucedió, como siempre, que ese esfuerzo afirmado en torno a un poder personal, que esclerotizaba las instituciones y convertía en ley la voluntad de quien llegó a titularse al-malik, esto es, rey, en cuanto Almanzor desapareció, vino a traducirse en una voluntad de ruptura. Los cronistas árabes lo llaman fitna que es algo así como explosiva dispersión. Y faltando el esquema fundamental de una Monarquía, al-Andalus se partió en más de veinte pedazos que se dedicaron a combatirse o a practicar el juego de la debilidad sometiéndose al poder de los cristianos.
En el lado de enfrente, Sancho contaba con tres elementos: su castellanismo -a través de madre y de abuela compartía la sangre del conde Fernán González-, su Monarquía, que se afirmaba en la tradición wisigótica, reconcida ya por Alfonso el Magno cien años atrás, y su europeidad. Castilla era importante. Almanzor había tomado, una por una, todas las capitales cristianas menos una, Burgos. A pesar de hallarse en la primera línea de batalla, la fortaleza de Fernán González escapó al saqueo del Victorioso. Y ahora los castellanos bien podían dejar volar su imaginación cantando estrofas porque «en Calatañazor Almanzor perdió el tambor». No hablamos de hechos reales sino de un estado de conciencia.
Esa herencia de la vieja Monarquía toledana constituía para todos los monarcas hispanos -ahora tres, Alfonso V en León, Sancho en Castilla, Navarra, Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, y Berenguer Ramón en Cataluña- una garantía de superación. No es extraño que, precisamente en estos años, aparezca con el Fuero de León, la primera disposición que libera al siervo de los vínculos con la tierra. Todos ellos estaban conservando y adaptando el patrimonio que el Derecho romano dejara en la antigua Hispania y que, con diversas adaptaciones, compartían, pues Fuero Juzgo o Usatges participan del mismo modo en la Lex romana wisigothroum. Y ahí está la libertad.
De una manera especial entraba en juego sin embargo la europeidad. En cierto modo pariente suyo, Oliba, abad de Ripoll, perteneciente a la familia de los condes de Barcelona, se convirtió en su colaborador para esta formidable tarea que consiste en vincular definitivamente la Iglesia española, y con ella el saber y las costumbres, a ese movimiento que se estaba produciendo en Europa y que llamamos reforma gregoriana. Nada es casual. No hacía muchos años que en Ripoll estuviera aquel gran sabio, Gerberto de Aurillac, que llegaría a ser el Papa Silvestre II, el del año 1000. Y a su regreso había llevado a las bibliotecas europeas, el primer gran regalo que España iba a hacer a las cinco naciones: el número cero. Con él, el saber entraba en los senderos que conducen, por vía de ciencia, al infinito.
Y cuando Alfonso V murió dejando un hijo menor de edad, Sancho se hizo cargo de todo. Bien podríamos decir que en el quinquenio que precede a su muerte ne 1035, él fue el primer rey de toda España. Variaban sin duda sus títulos, pero no su gobierno. Y aquella cristiandad hispana, que alcanzaba hasta el sistema central, aparecía como una unidad que se preparaba para madurar, en el dominio del latín, del derecho romano y de la concepción de la persona humana: no nos engañemos, era el camino que conducía a la libertad. El año 1002 no fue solamente España la que dio el vuelco. Toda Europa estaba cambiando ya hacia la madurez. Sabemos muy bien que el «terror milenario» jamás existió. Pero ello no es obstáculo para que reconozcamos en la fecha milenaria la señal de un cambio, el comienzo de una época en que Europa se afirma. Y es preciso decir que lo acaecido en España tuvo para ella enorme importancia, pues de ella partieron algunos valores que contribuyeron decisivamente a su desarrollo.
Parece oportuno rendir un homenaje a Sancho, pero no como el ilustre alcalde de Fuenterrabía pretende, al desviarle de su trayectoria y empequeñecerle. Monumentos, por otra parte, Sancho no necesita, pues cuenta con uno por encima de toda ponderación: esa cripta románica de la catedral de Palencia, «bella desconocida», que nos recuerda cómo su brazo latino fue poderoso instrumento para que penetrase el nuevo arte europeo que, en su nombre, nos revela que Roma está siempre en el origen.
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