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Premio Mariano de Cavia: Nieve en Cádiz

JOSÉ MARÍA PEMÁN (Cádiz, 1897-1981). Desde muy joven sintió la llamada de la poesía. Doctor en Derecho, su vida transcurrió a caballo entre Cádiz y Madrid. Colaborador de ABCdesde 1921, en 1933 consigue un gran éxito con su primera obra dramática, «El divino impaciente», sobre la vida de San Francisco Javier. Tres años después ingresó en la Real Academia Española, que dirigió en 1939 y 1944. Excepcional escritor y conferenciante, fue propuesto para el premio Nobel en 1966. En 1935 ganó el Cavia con este artículo.

Actualizado 25/07/2001 - 00:28:03
Esta baja Andalucía, cargada de años ingenuos, vive, como una vieja y digna señorita solterona, en la ignorancia de muchas cosas. Acurrucada, desde siglos, como una pedigüeña a la puerta del jubileo, aquí, a la vera del estrecho calpense -pasillo familiar entre el «Mare Nostrum» y el Atlántico, que también es «nostrum» para los españoles- ignora los orfeones, los «Metros», la sindicación y la filosofía kantiana... Y también ignoraba la nieve.
Fijaos bien que digo ignoraba: en un ufano y pedante pretérito. Porque ya no. Hoy la baja Andalucía ha roto una de sus virginidades. Hoy ha tenido en sus ojos la cristalina admiración de la aldeana, a quien, por primera vez, llevan al cine sonoro. Procuremos componer un buen gesto displicente y cosmopolita para dar, al fin, la gran noticia: hoy ha nevado en París, en Berlín, en Copenhague, en Madrid... y en Cádiz.
¿Qué quieren ustedes? Andalucía es así. Como esas personas sordas, de mirada lejana y expresión ausente, que parece que no se enteran de nada y que, de pronto, resulta que se han enterado de todo. Pasa años y años, plasmada e indiferente, al margen de los grandes ruidos europeos y las grandes trepidaciones culturales, y de pronto, un buen día, con un salto felino de su gran fuerza intuitiva y su gran poder de adaptación, surge un Falla en Cádiz, o Juan Ramón en Huelva, o Picasso en Málaga, enterados, hasta el fondo, de todo el revuelo de por ahí fuera, maestros del mundo, cabos de vanguardia.
Así, en esta gris y cosmopolita mañana de febrero, ha surgido, de pronto, la nieve sobre las palmeras de Cádiz. Ha surgido, inesperada y repentina, como por una cabezonada, como por un «trágala» al mundo: como la Farsalia de Lucano, como el Observatorio de San Fernando, como el cultivo mecánico. Eran ya muchos telegramas hablándonos de esa «ola de frío» que corría por toda Europa, cobijando nombres de capitales ilustres y grandes ciudades. Parecía que sus contornos meteorológicos demarcaban toda la civilización europea y excluían al margen de ella, como en un pobre arrabal de barbarie, los demás pueblos. Parecía que más allá de la nieve empezaba el África. Parecía que con nuestros cielos enjutos estábamos suministrando un argumento más a la tesis orientalista de Keyserling. Y esto no podía ser. La baja Andalucía, «niña de los ojos de Roma», exportadora de poetas y emperadores a la metrópoli, no podía consentir esto. Y una buena mañana, con el mismo gesto de superioridad displicente con que ayer hizo circular en el caminito del Trocadero el primer tren de vapor, se ha unido a Europa por la blanca solidaridad de la nieve. Ya no nos lo contarán. Ya la hemos visto. Ya tenemos una fecha más en el almanaque de nuestras virginidades marchitas. 9 de febrero: fecha turbadora con aire de primer pecado, de primer beso, de primer cigarrillo. Fecha nupcial para la palmera y el naranjo, que desconocían a este blanco novio del Norte. Día de zapatos nuevos. Toma de hábito de Cádiz, la novicia.
Y ello no fue sin dificultad. Amaneció el día descolorido y grisoso, con cielo de pizarra y asfalto. Se mantuvo así hasta las nueve, con una creciente palidez llena de misteriosos presagios. Y a esa hora, lentamente, trabajosamente, consciente de la solemnidad de la efeméride, los cielos empezaron a parir unas leves pelusillas blancas, que bajaban contoneándose, dejándose ver, con aire de bailarina que baja, con zarandeo de tango, hacia las candilejas. No nevaba como en todas partes. Paría el cielo la nieve «adrede» como a Quevedo su madre, según el romance pícaro. Se veía que nevaba el cielo por tozudez, por compromiso, como si lo ordeñasen. Apenas logró amontonarse la nieve en algún rincón de acera, pintando, en momentánea ufanía, una postal de «christmas». Apenas algún chicuelo afortunado logró tener, por unos minutos en su mano morena, una pelotita blanca, no mayor que una ciruela. Pero, en fin, bastó para que alguna palmera tiesa y bien plantada recogiera en la punta de sus largos brazos verdes un leve penacho blanco y lo agitara por encima de tierras y frontera, como un pañuelo, hacia París, Berlín y Estocolmo, hacia la Europa de la «ola de frío» y de los telegramas de tantos bajo cero, gritándole con ufanía: «¡Camarada!».
Ha sido una mañana inolvidable e ingenua, sólo comparable con aquélla en que se leyó en la Prensa, el año sesenta y tantos, la proclamación de la libertad de cultos, o hace tres años la instauración de la República. Hemos jugado a Europa. Nos hemos vestido, por una hora, de un Spitzberg de percalina. Toda la ciudad ha vivido, durante una mañana, de esa única noticia. El panadero ha entrado en la casa diciendo «¿Han visto ustedes la nieve?», y ha enseñado sobre su hombro una burbuja blanca, que lleva con la ufanía de una charretera. El barbero ha contado a su «víctima» que a él no le ha cogido de sorpresa porque, cuando se casó, fue de viaje de novios a Guadalajara. Los niños del colegio han pedido permiso para subir a la azotea. La «criada antigua» ha aconsejado a la señorita que no salga a la calle. La esposa, acongojada, ha rogado a su marido que no vaya a la oficina, y el marido, que es hombre de negocios y pasó un año en Huesca, ha contestado con superioridad: «No seas niña y dame los chanclos». En la iglesia del convento, la beata, antes de empezar su confesión, le ha dicho al padre la noticia por la rejilla de madera. Y al terminar, entre penitente y penitente, el padre, pretextando un «quehacer de urgencia», ha salido un momento al patinillo de junto a la sacristía «para ver la nieve».
Este, en su ingenuo historial de efemérides meteorológicas, será ya para Cádiz «el año de la nieve», como aquel otro fue «el año del cometa» y aquel otro «el año del temporal en que se perdió el «Reina Regente». ¿Cronología del pueblo ingenuo y provinciano? Acaso, mejor, cronología de pueblo sabio y viejo que se pone de tarde en tarde en leve y pasajero contacto prudente con las grandes violencias europeas. No se priva de nada. Ha probado el vanguardismo, el mecanismo o la nieve en rápido buche de oro, como prueba la manzanilla. Y esto es más civilizado, en el hondo y auténtico sentido de la palabra. Que civilización no es empacharse, a grandes raciones, de europeísmo improvisado, laico y mecanicista, sino tomar a Europa en dosis pausadas, leves y discretas, como los copos de nieve de esta mañana de Cádiz.
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