Editorial

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Posiciones de partida

Actualizado 25/02/2001 - 00:01:46
Toda encuesta electoral en el País Vasco tiene unos condicionamientos especiales que obligan a un análisis muy prudente, cualquiera que sea su resultado. La ocultación o la simulación de voto como mecanismo de autoprotección, la existencia de bolsas de abstención fluctuantes, según el tipo de convocatoria electoral, entre los dos bloques políticos vascos, la imprevisibilidad de los acontecimientos, muchas veces trágicos, que pueden incidir en la decisión electoral, son elementos que impiden formar juicios plenamente fiables sobre las expectativas electorales. Al final, en el País Vasco es donde se hace más cierto que en ninguna otra Comunidad española la advertencia de que la mejor encuesta es la que sale de las urnas. La experiencia demuestra que los partidos constitucionalistas, sobre todo el Partido Popular, obtiene mucho mejores resultados que los anticipados por las encuestas, incluso por los sondeos a la salida de los colegios electorales.
Sin embargo, la consolidación y la homogeneidad de los procedimientos demoscópicos sí permiten identificar las tendencias políticas de los ciudadanos vascos, que se miden más por opciones globales que por formaciones políticas concretas. En la encuesta de Ipsos-Eco Consulting que hoy publica ABC, la tendencia perceptible es el aumento de los partidos constitucionalistas, tanto en porcentaje de votos como en escaños, frente a un bloque nacionalista que vería reducidos ambos conceptos. PNV y EA, en el mejor de los casos, obtendrían 27 escaños, que, ni con el apoyo de los 3 parlamentarios de Izquierda Unida, les facilitaría el gobierno de la Comunidad vasca, frente a una representación del bloque constitucional que oscilaría entre 34 y 37 representantes, suficientes para llevar a Ajuria Enea a un lendakari no nacionalista, si la izquierda proetarra sigue fuera del Parlamento. Por tanto, sólo el apoyo de Euskal Herritarrok permitiría a PNV y EA gobernar el País Vasco, lo que pondría a prueba la resistencia interna de ambos partidos, sobre todo del PNV, ante una vuelta a las andadas de pactos soberanistas y aventuras fundamentalistas. Mención aparte merece el calculado impacto que tendrá en el 13-M la reforma de la Ley Electoral Vasca, que rebaja el porcentaje mínimo para acceder a la Cámara del 5 al 3 por ciento por provincia. Gracias a esta reforma, Izquierda Unida obtiene un parlamentario más, hasta alcanzar 3, pese a que en ninguna provincia supera el 5 por ciento y en el conjunto del País Vasco reduce su porcentaje del 5,7 al 4,3 por ciento. Es el premio a la esquizofrénica tarea de zapa que hizo Madrazo al vender al pacto de Estella las siglas de un partido nacional y no nacionalista para comprar su medra en un escenario político del que estaba llamado a desaparecer.
El resultado de esta encuesta fija unas posiciones de partida que aún no han podido asumir la concreción de aspectos esenciales en todo proceso electoral, como la entrada en escena de algunos candidatos o la presentación de los programas electorales. No cabe esperar ningún desplazamiento masivo de votos, pero sí es posible que se movilicen votos abstencionistas o que cambien de sentido aquellos que se sitúen en el nacionalismo moderado y recelen de una apuesta electoral soberanista del PNV, tal y como ha sido anunciada por el portavoz de este partido, Joseba Egibar. Este partido tiene la obligación moral y política de no volver a ocultar sus pactos ni sus intenciones, como ya hizo en 1998, y si cabe una expectativa de que los resultados electorales hagan de los parlamentarios abertzales sumandos de un nuevo gobierno nacionalista, Ibarretxe, candidato oficioso del PNV, debe pronunciarse claramente sobre si está dispuesto o no a volver a pactar con Euskal Herritarrok.
Aún faltan dos meses y medio para las elecciones. Es la primera vez que el bloque constitucional encara una campaña electoral con la posibilidad real de que el cruce de programas, el debate político, el perfil de los líderes, en definitiva, de que la oferta no nacionalista para el futuro del País Vasco, pueda desenrocar votos afincados en la resignación o en la indiferencia o liberarlos de la disciplina tribal que marca el ideario nacionalista. Dos meses y medio en los que el País Vasco decidirá si se da una oportunidad para cambiar veinte años de fracaso nacionalista por cuatro de una opción verdaderamente democrática.
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