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Rabat vincula la solución del conflicto a su reclamación sobre Ceuta y Melilla

Actualizado 24/09/2002 - 00:25:30
Benaissa ha reiterado la prioridad marroquí de recuperar Ceuta y Melilla. AP
Benaissa ha reiterado la prioridad marroquí de recuperar Ceuta y Melilla. AP
RABAT. Si sólo es una hipótesis que el conflicto del islote Perejil pudo tener como objetivo, por parte de Marruecos, poner en el mapa su reivindicación territorial de Ceuta y Melilla, es evidente que la solución a la crisis siempre ha sido vinculada por el reino alauí a su reclamaciones sobre las dos ciudades españolas.
El acuerdo alcanzado en julio pasado en Rabat por los ministros de Asuntos Exteriores de España y Marruecos, Ana Palacio y Mohamed Benaissa, respectivamente, imponía un nuevo encuentro para septiembre (el «partido de vuelta», según dijo la ministra española) en Madrid; el que, a última hora, fue suspendido unilateralmente por Marruecos en la noche del pasado domingo.
El pacto, sobrevenido tras la participación del secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, imponía «abrir un diálogo franco y sincero con objeto de reforzar las relaciones bilaterales», sin prefijar ningún tipo de agenda.
Justificación ante EE.UU.
Medios diplomáticos españoles en Rabat, a quienes la noticia no dejó de coger desprevenidos, daban ayer por buenas las explicaciones del Gobierno de José María Aznary abundaban en que las protestas de Marruecos no son sino una excusa para no cumplir con los compromisos contraidos. La razón no es justificar esa actitud ante España, sino «ante la tercera persona implicada en el acuerdo alcanzado el pasado mes de julio», en alusión a Colin Powell y a la Administración de Estados Unidos.
Dichas fuentes diplomáticas españolas justifican esta valoración en que Marruecos, «cuando España ha realizado maniobras en el Estrecho anteriormente, ha protestado por lo cauces previstos, a través de notas verbales o reclamando las explicaciones de nuestra embajada». «Esta vez, en cambio, Rabat ha tomado una determinación sin realizar ningún tipo de consulta previa», señalaron las fuentes consultadas por ABC
Días después de que el islote de Perejil regresase al «statu quo» anterior, Mohamed VI reclamaba en el discurso del Trono la «descolonización» de los enclaves españoles en el norte de África. Desde entonces, Marruecos ha designado este asunto como punto fundamental de las discusiones. España no acepta ni siquiera hablar de la cuestión, y prima los problemas de la inmigración irregular y el tráfico de drogas.
Mohamed Benaissa ha repetido a quien ha querido escucharle idéntica cantinela (sus declaraciones de los últimos dos meses pueden calificarse de cualquier manera, menos de conciliadoras) y así insistiría ante la Asamblea General de Naciones Unidas, subrayando que la recuperación de los «presidios ocupados» era un «objetivo prioritario para el Rey y el pueblo de Marruecos.»
De idéntico modo ha abordado el tema la Prensa marroquí, donde el debate o la divergencia no surgen ni por equivocación. En vísperas de la fracasada reunión de ayer, el diario «Le Matin», portavoz oficioso del Palacio Real, abundaba en ello: «Sabiendo que el problema pesquero ya está cerrado y que Marruecos despliega esfuerzos loables para luchar contra la emigración clandestina, la cuestión es: ¿De qué hablar...?»
Elecciones legislativas
En cualquier caso, no parece probable que la actitud marroquí, según se piensa aquí, esté vinculada a las elecciones legislativas del próximo viernes, como se ha apuntado en algunos medios políticos españoles. En principio, porque las relaciones diplomáticas dependen directamente de Mohamed VI, al tratarse el de Exteriores de un ministerio de soberanía, cuyo titular nombra personalmente el monarca. Ni siquiera el hecho de que las horas de Benaissa al frente de su ministerio pueden estar contadas es un argumento de peso, pues adjudicarle capacidad de iniciativa al ministro marroquí de Asuntos Exteriores, sea quien sea, resulta una absoluta ingenuidad.
Después, porque el conflicto hispano-marroquí no ha ocupado de manera notable la campaña electoral e, incluso, el discurso de los políticos ha suavizado la taxativa postura oficial. De hecho, los líderes de las dos principales formaciones, Abderramán Yussufi y Abbas el Fassi, le quitaban hierro al asunto apenas cuarenta y ocho horas antes de estos nuevos desencuentros.
Yusufi indicaba tan sólo que si España y Gran Bretaña habían empezado a hablar de Gibraltar hace tiempo, aunque no llegaran a un resultado concreto, al menos mantenían el diálogo, razón por la que no entendía por qué España no hacia lo mismo con Marruecos. Por su parte, Abass el Fassi decía que bastaba con que España abriera la negociación y la dejara abierta para dentro de treinta o cuarenta años.
Así las cosas, y en un país como Marruecos, donde las decisiones se adoptan sin que nadie pida explicaciones, siempre queda el recurso de adjudicarle al conflicto del Sahara Occidental las razones de cualquier medida que se tome sin que nadie lo desmienta. Hay que recordar que a partir de 2003, España formará parte, muy probablemente, del Consejo de Seguridad de la ONU, en una fase decisiva para el futuro de la ex colonia.
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