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Albalá: poeta de la creencia y narrador de la memoria

| FIRMAS EN ABC |GREGORIO TORRES NEBRERA ESCRITOR... Albalá fue un hombre fortalecido en su fe, responsable del compromiso ético. Albalá fue sobre todo poeta...EL escritor, periodista, hombre de fe y

Actualizado 24/06/2006 - 07:11:53
| FIRMAS EN ABC |
GREGORIO TORRES NEBRERA ESCRITOR
... Albalá fue un hombre fortalecido en su fe, responsable del compromiso ético. Albalá fue sobre todo poeta...
EL escritor, periodista, hombre de fe y trabajador incansable Alfonso Albalá Cortijo murió -demasiado pronto; fatalidad que a veces acompaña a los elegidos- hace ya más de treinta años. En su haber, toda la obra literaria que con inteligencia y entrega cabe en poco más de dos décadas: libros de poesía, novelas, relatos, entrevistas, críticas, artículos numerosos en diversas cabeceras periodísticas de sus años en activo (desde los diarios extremeños -Extremadura fue su tierra chica sentida y presente con mayúsculas en toda su obra-hasta el desaparecido e influyente «Ya»).Y hasta le cupo la satisfacción de sintetizar su fructífera labor docente con los aspirantes a periodistas en un libro de texto, pionero y básico cuando las escuelas de periodismo daban paso a las diversas «Facultades de Ciencias de la Información» que han ido surgiendo por toda España, empezando por la de la Universidad Complutense, en la que Albalá colaboró como docente en los años de inicio del centro. Y naturalmente, a ello hay que sumar no pocos inéditos que la familia conserva con el mimo y el celo de lo que quedó en el telar esperando aquella mano de nieve y de sensibilidad literaria (¡mucha tuvo siempre Albalá!) ya desgraciadamente inerte, que algún día completara lo editado, conocido y bien apreciado en su momento. Y es precisamente la recuperación de uno de esos inéditos por la Editora Regional de Extremadura lo que anima en actualidad esta semblanza que quiere contribuir al recuerdo de una figura segada en el medio del camino de la vida y de la que se podía esperar la culminación de una obra que, a la altura de 1973 -cuando lo apartó la muerte de sus ansias y labores- estaba ya a punto de granazón.
Albalá fue antes, después y en medio de todo un hombre fortalecido en su fe, leal con ella, responsable del compromiso ético a que esa fe obliga y decidido a testimoniarlo en lo que le apasionaba y sabía hacer con el acierto que esa misma fe otorga: la poesía. Alfonso Albalá fue sobre todo poeta. Lo fue en los libros que claramente se relacionan en su bibliografía bajo ese marbete clasificatorio, pero también es poeta cuando el libro que escribe aparece registrado como novela. Albalá es de los pocos que, en el ámbito de la narrativa española, pueden servir de ejemplo de autores de genuinas «novelas líricas» (a la sombra de Jarnés, de Azorín, de Pérez de Ayala, de Miró...al que Albalá le dedicó un hermoso homenaje -«comunión en el paisaje» me atrevería a llamarlo-) compartido con el escritor rumano, muy amante de las cosas nuestras, Vintila Horia, en uno de sus últimos poemarios: al fondo Polop de la Marina, el pequeño paraíso alicantino que el excelso prosista eligió para su «lugar hallado» y que Albalá poetizaba con parecida delicadeza a la habitual en la prosa del autor levantino: «Dame tu alcor de cruces/ para este sueño de ser/ que me hace manadero de hombre,/ panal de sueño en tu añoranza,/ y soledad de halcón sobre tus muros,/ conforme al agua canta y siento/ el paso de la Gracia/ por mi asombro de arcilla».
Hace unos años (1998, y de nuevo en su tierra de origen) una feliz iniciativa del ayuntamiento cauriense hizo posible reunir toda la poesía de Alfonso Albalá en un hermoso volumen que cuidaron sus tres hijas -María José, Paloma y Gracia- con un prólogo sentido y sabio de don Manuel Alvar, del que copio este breve párrafo que habla del escritor y del hombre mucho mejor que pudiera hacerlo yo: «Albalá escribía versos hondos como los que gustábamos para nuestras soledades. Queríamos saber lo que él nos anticipaba: palabras dulces y recatadas, silencios que nos anegaban y esperanza para la ternura, el dolor o los silencios».
El paisaje nutricio del alma y del recuerdo, el amor que es umbral de la armonía, el friso de todos los seres que nos han rodeado y antecedido, en el que nos acabamos situando inexorablemente, unciéndonos a la tierra de donde la fe nos levantará un día hermosos y completos, pues mientras vivimos (lo anunció con claros y sentenciosos versos nuestro Manrique del cuatrocientos) somos como mendigos con alas rotas que tenemos inmensa sed de una eternidad, siendo conscientes de que este corto vivir de tejas abajo es obligado tránsito «para del otro que es morada /sin pesar». Estos son los fundamentos de la poesía de Albalá, de su media docena de libros: Desde la lejanía, Umbral de armonía, El friso, Sonetos de la sed, Encuentro con Polop y El mendigo. Y esas mismas claves, a las que se une la memoria, son la urdimbre de sus novelas.
Tres de ellas están centradas en la Guerra Civil, o mejor en «su Guerra Civil» (Albalá fue, por edad, uno de esos «niños de la guerra», el grupo de escritores así bautizado por Carmen Martín Gaite). Cómo veían, se asombraban, sentían el freno del miedo y el acicate del riesgo y de la hombría -todavía lejana- la mirada y la conciencia de un niño en el umbral de la adolescencia. En Los días del odio y en El fuego el hombre Alfonso Albalá se asoma al hontanar de su personal pasado, de su instransferible historia, y ve al niño Alfonso Albalá en el pequeño mundo de un pueblo de la alta Extremadura -la histórica Coria con su pequeño río, la solemne fábrica de su catedral, las plazuelas de los juegos y el mísero lupanar adosado a la recia muralla, vociferante e incendiado, de cuando la República (espacio y incidente que acuñan en la prosa de Albalá el rico simbolismo del fuego)- en donde las tensiones sociales de los años republicanos y los primeros meses de la guerra inmediatamente posterior son las coordenadas vitales, cotidianas y a la vez excepcionales en las que un inocente muchachillo provinciano siente que la conciencia le pega un estirón y lo hace mayor antes de tiempo. El secuestro, la tercera novela de la serie, desplaza los recuerdos personales a la narración de una historia de conversión, de transformación, de un hombre, viaje de su descreencia a su fe, en una experiencia sentida doblemente intramuros (refugiado en un convento de clausura dentro de la ciudad amurallada) y minuciosamente narrada por la experta mano del escritor que combina en su texto los remansos líricos con reflexiones de una profundidad casi teológica.
Y de la memoria -y de la herida doblemente destructora y renovadora del fuego- participa el último texto rescatado de Alfonso Albalá: la novela Memorial del piano. Es un texto que Albalá fue escribiendo despaciosamente, a lo largo de años, y que arranca de su primera época de escritor. El cuento que sirvió de génesis a la novela que hoy tenemos felizmente recuperada del olvido se publicó en 1954, en el número sexto de la preciosa «Revista Española» que fundó y costeó una de las figuras más clarividentes de nuestras letras contemporáneas, don Antonio Rodríguez Moñino. Revista «generacional» si las hay, porque fue el primer foro para unos, por entonces, nombres nuevos y desconocidos, que velaban en aquellas páginas sus primeras cuartillas de escritores, y que se llamaban (y se llaman) Ignacio Aldecoa, Fernández Santos, Carmiña Martín Gaite, Josefina R. Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Medardo Fraile, José María de Quinto, Alfonso Sastre, Luis de Castresana y, con ellos, en tan prometedora compañía, Alfonso Albalá.
En Memorial del piano, un instrumento musical, un día salvado de un incendio, pasa por las amorosas y distintas manos de varias ejecutantes, en una simbiosis cálida y emocionada con cada una de ellas. Albalá cede su voz, profundamente lírica, a un narrador peculiar, el mismo piano, que enhebra, cual mudo y elocuente testigo de cargo, varias historias, la última de las cuales acaba enlazando con el espacio de asombrada y dolorosa violencia evocada en las novelas referidas anteriormente. Pero como es un piano quien focaliza el relato, todo él adquiere una estructura musical, una modulación de variaciones sobre un motivo central: la sensibilidad de una madera tejedora de resonancias y ayer árbol en medio del bosque siempre amenazado del peor de sus enemigos; el fuego, ese fuego que sorprendía y amedrentaba, al tiempo, a los habitantes de una localidad del norte cacereño en la que Albalá tuvo su origen, y alzó la primera espadaña de su fe: «Escuché aquí, Señor, por vez primera,/ en esta soledad amurallada,/ tu palabra sin voz, dulce llamada,/ y el alma se hizo hacia Tu mar frontera».
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