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Muere Eloy de la Iglesia, el cineasta que retrató las malas calles

Director de «El pico», «La estanquera de Vallecas» y «Los novios búlgaros», falleció a causa de un cáncer

Actualizado 24/03/2006 - 08:54:58
SARA SANTOS  El cineasta, en una imagen de archivo
SARA SANTOS El cineasta, en una imagen de archivo
Tras haber realizado lo mejor de su trabajo durante la Transición y los años 80, el reconocimiento le llegó de forma un tanto tardía al realizador guipuzcoano Eloy de la Iglesia, con el homenaje y la retrospectiva que programa el Festival de San Sebastián en 1996 y, sobre todo, con una serie de balances históricos de estudiosos que aquilatan la poco lucida posición que ocupaba en un canon regido por el ideal del cine de autor. No fue ése el terreno en el que trabajó De la Iglesia, afiliado al PCE desde principios de los años 70 y que persiguió una noción de cine popular muy distinta a la que profesaban sus colegas y a la que defendía la crítica contemporánea.

Tras encontrar las previsibles trabas con la censura con «Algo amargo en la boca» (1968), da un primer indicio de por dónde tirará luego con «El techo de cristal» (1970), un «thriller» de carga erótica que se convierte en su primer éxito de taquilla. Hasta el final del franquismo prosigue por este camino de «thrillers» efectistas con títulos como «La semana del asesino» (1971), «Una gota de sangre para seguir amando» (1973) o «Juego de amor prohibido» (1975), para embarcarse luego en tema de costumbrismo sexual en «La otra alcoba» (1976), tratando de conciliar la onda del destape con su personal talante de provocador en un juego que da su primer fruto notable en «Los placeres ocultos» (1976), en donde aborda el tema de la homosexualidad, o «Miedo a salir de noche» (1979), en donde se enfrenta a los rumores sobre la creciente inseguridad ciudadana. Viene luego la fase culminante de su carrera cuando aborda con toda crudeza la cuestión de la marginalidad juvenil en la serie con la que se le identifica mayoritariamente: «Navajeros» (1980), «Colegas» (1982) y la supertaquillera «El pico», de 1983, que merece -cosa entonces insólita en nuestro cine- una secuela al año siguiente.

En los diversos géneros mencionados, De la Iglesia se aleja de la pulcritud y la escritura elíptica que el cine español ha heredado de la época de la censura y la disidencia y trabaja con materiales menos nobles, sin rehuir ni mucho menos lo escabroso y privilegiando el naturalismo, lo melodramático y lo declaradamente didáctico: el suyo es un cine de tesis con formas amarillistas que le valió el desapego de cierta crítica y acusaciones de torpeza narrativa. La percepción de su obra cambió después cuando se le recuperó arguyendo que había sabido crearse un terreno propio inyectando las formaciones de los géneros populares con una ideología izquierdista. Pero ya entonces De la Iglesia había abandonado su proyecto con la relativamente académica adaptación de «Otra vuelta de tuerca» (1985). Su último trabajo fue «Los novios búlgaros», en 2002.
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