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Camille Claudel y Rodin

M. FRANCISCO REINAComo en un extraño juego de espejos coinciden en estos días dos excelentes exposiciones en nuestro país que reúnen algunas de las obras más importantes de un par de los más señeros

Actualizado 23/12/2007 - 12:41:49
Como en un extraño juego de espejos coinciden en estos días dos excelentes exposiciones en nuestro país que reúnen algunas de las obras más importantes de un par de los más señeros escultores de finales del siglo XIX y principios del XX: Auguste Rodin y Camille Claudell. La contraposición de ambos resulta doblemente interesante si apreciamos que, no sólo fueron maestro y discípula, tan aventajada que algunos dicen -no sin razón- que influyó decisivamente en la última etapa de madurez de Rodin y que estaba a su altura, sino por las difíciles relaciones amorosas que se establecieron entre ellos, y que llevaron a Camille a terminar sus últimos días en un psiquiátrico hasta su muerte. Las esculturas de Rodin, a cargo de la iniciativa de la Fundación la Caixa, son, nada más y nada menos que «El pensador» y seis estudios sobre los cinco prohombres que conforman el conjunto monumental «Los burgueses de Calais» expuestos en la céntrica calle Larios de Málaga hasta el 12 de diciembre y que acaban de instalarse en Granada, donde estarán hasta finales de enero, para marchar luego a Valladolid. Por el otro lado, la exposición de Camille Claudel, en Madrid desde principios de noviembre y que podrá visitarse hasta el 13 de enero, gracias a la Fundación Mapfre en cuya sede está instalada, arroja luz sobre la grandeza y calidad de esta autora casi sepultada por el mito de ser la amante de Rodin. Asegura a este respecto el crítico Delfín Rodríguez, con agudeza hiriente por su claridad y contundencia que «su tutela sobre Camille se reveló al final como una forma de opresión real y simbólica, casi legendaria por su crueldad, sobre la mujer y sobre la escultora, sobre la mujer artista. Es decir, el amparo paternalista de Rodin sirvió además para llenar de contenido trágico, supuestamente autobiográfico, sus obras -haciéndolas obscenamente atractivas para críticos e intelectuales, por llamarlos de algún modo-, cuyas cualidades formales no fueron valoradas sino como un préstamo del maestro-amante, y sus figuraciones, como propias de un arrebato característicamente irracional, propio de una mujer -según se consideraba entonces- y de una mujer cruelmente tratada, lo que sirvió para acentuar su leyenda». Tampoco ayudó demasiado a la puesta en valor de su hermana la actitud despreciativa y desentendida del célebre hermano poeta y político de la artista, Paul Claudel, que se puso de parte del consagrado Rodin, con enormes dosis de machismo, alimentadas intelectualmente por las corrientes psicoanalíticas de Sigmund Freud, en boga en aquellos momentos, y sus menosprecios a la condición femenina con la presunta diagnosis de la «histeria» propia de las mujeres, según este médico austriaco y sus seguidores. También redunda en esto Delfín Rodríguez escribiendo que «penosamente contribuyó su propio hermano, el poeta y diplomático Paul Claudel y, con él, críticos próximos que incluso querían sinceramente admirarla y quererla, como su hermano, confundiendo su vida y su arte, apreciando éste en función de la tragedia de aquélla, lo que sigue siendo inevitable. No en balde, los artistas sin leyenda parecen estar condenados desde antiguo a no existir». Más allá de estas miserias familiares y personales, la obra de Camille dialoga con la de su maestro, sí, pero aporta singularidades propias de un talento enorme y una sensibilidad muy distinta, capaz de aunar una fragilidad casi poética y una fortaleza broncínea. Piezas bellísimas como «La Ola» congregan esa dualidad de sensibilidad vulnerable y fortaleza de espíritu que la caracterizaron. Si bien es cierto que en su producción se mezcla lo autobiográfico, como en el conjunto «La edad madura», que algunos críticos dicen que retrata el triángulo amoroso entre ella, Rodin y su esposa, con la que acaba volviendo el escultor y abandonando a Camille, esto no resta un ápice de altura y genialidad a su obra, que podemos apreciar gracias a los esfuerzos de Mapfre y sus entusiastas organizadores, con Juan Fernández-Layos, y Pablo Jiménez Burillo entre ellos. Frente a la injusticia de las habladurías, el maltrato de su imagen, y los treinta años de reclusión en un manicomio por parte de su hermano, que se negó a sacarla a pesar de que parecía que estaba sanada, su obra es un monumento a la creación, y el mejor testimonio de su capacidad y talento. Una exposición para recordar y no perderse. n
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