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Maltratadas en casa y en el banquillo

Cada tipo de violencia tiene sus métodos, su jerga, sus víctimas. La humillación, los gritos, el terror, las palizas, la anulación son los métodos de la violencia de género; la jerga habla de

Actualizado 23/11/2008 - 06:30:17
Cada tipo de violencia tiene sus métodos, su jerga, sus víctimas. La humillación, los gritos, el terror, las palizas, la anulación son los métodos de la violencia de género; la jerga habla de divorcio, jueces, diligencias previas, síndrome de alienación parental, puntos de encuentro, psicólogos y también cementerios. Las víctimas tienen casi siempre rostro de mujer. Tres nos han abierto la puerta de sus historias en carne viva: Carmen, María y Susana. Son mujeres-papel, que llegan a la cita cargadas de sentencias e informes como si las pruebas fueran la única razón de su existencia. La anfitriona es Ana María Pérez del Campo, presidenta de la Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas, y su centro de recuperación integral para maltratadas, un lugar donde volver a la vida. «Mientras el juez no entienda que su función es dar cumplimiento al reproche social del maltratador, no será completa la recuperación de la víctima», concluye Ana María.Ellas la miran y se tragan las palabras.
Carmen Martín Arribas
Abogada, 37 años
«Mis hijos duermen un día con su padre (maltratador) y otro conmigo»
Yo era becaria del Colegio de Abogados de Madrid. Él era el ordenanza. Me quedé embarazada y quiso casarse. Al día siguiente de la boda me dijo que no me quería. No pasó ni una noche en el hotel en nuestra luna de miel. El primer guantazo me lo dio cuando estaba embarazada de ocho meses por supuestos celos. No le denuncié. Se me acabó el contrato de becaria y ya no me dejó trabajar.
No quería que viera a mi familia. Me dediqué a mi niña. Se iba a trabajar y me echaba la llave de casa. Yo no tenía ni tarjeta de crédito ni dinero. Él hacía la compra. Fui tres años en chándal. Siempre salíamos los tres, como una familia ejemplar. Tenía que anotar en un papel a quién llamaba por teléfono y la hora. A los seis meses me volví a quedar embarazada. No teníamos otra cosa que hacer. Le supliqué que me permitiera volver a trabajar. Hice una entrevista y me ofrecieron ser directora de una residencia de mayores. «Eres una mentirosa, no sirves ni para limpiar, quién te va a dar ese puesto». Me quitó el teléfono y ni siquiera pude responder a la oferta.
Un día estábamos en casa de sus padres. La niña tenía tres años y el pequeño uno y medio. Partió una puerta a puñetazos. Su hermano me pidió que lo perdonara. Consintió en ir al psiquiatra: trastorno obsesivo-posesivo. Me dejó trabajar, de teleoperadora. A los tres meses celebré la cena de Navidad con mis compañeros. Me llamó porque mi hijo estaba muy grave. Cuando llegué a casa no tenía nada. «Si sales por esa puerta no vuelves a ver a los niños». Me fui a comisaría. Era diciembre de 2004. Al día siguiente me concedieron una orden de protección de dos años con alejamiento a 500 metros. Un juzgado de lo Penal le condena a 10 meses de prisión sustituidos por trabajos en beneficio de la comunidad. A su ex le mandan a la Sala de Togas de los Juzgados de Familia de Madrid. Pide el divorcio y pasa un año y medio hasta que a ella le dan traslado de la causa -denunció al Consejo General del Poder Judicial que admitió retraso injustificado-.
La juez de Familia del 28 le concede la custodia de los dos niños a ella pero con un régimen de visitas amplio para el padre. Tan amplio que le prohíbe cambiarlos de colegio y Carmen, protegida en teoría por una orden de alejamiento, tiene que conducir 30 km un día sí y otro no para llevarlos al centro escolar al lado de su antigua casa. Los pequeños duermen un día con su madre y otro con su padre. La sentencia de divorcio consolida esa situación, pese a un quebrantamiento del alejamiento por su ex marido -atravesó el coche delante del suyo-. Le absolvieron pero el fiscal ha recurrido.
La juez le otorga a él la vivienda y ni siquiera le permite sacar su ropa ni sus pertenencias. La abogada recurre a la Audiencia de Madrid por considerar que le han impuesto una guarda y custodia compartida encubierta. No le dan la razón. «Ya no recurro más». Su hija tiene ahora siete años, el niño seis. Las peritaciones de parte -la juez denegó la oficial- dicen que sufren unas tasas de estrés y ansiedad muy altas. Carmen ha abierto un bufete en Segovia. «No me atrevo a vivir allí. Corro el riesgo de que me quiten la custodia».
María
Una juez de violencia de género le quitó a su hija
«Volvía como volvía y obligaba a lo que obligaba». María no se llama María. No podemos contar dónde trabaja ni dónde vive. Toda la pena del mundo parece haberse cebado en su cuerpo y en sus ojos. Tiene una hija de casi seis años a la que ve los miércoles por la tarde y fines de semana alternos. Era una reina, «la más maravillosa y la más guapa», pero nadie podía mirarla. Él la llevaba cogida de la nuca por la calle. «Como pegaba a todo el mundo (su ex practica boxeo y full contact), alguna me caía a mí». Embarazada de siete meses le cayó muy gorda. María se marchó de casa pero volvió. Antes de conocer a la bestia era camarera de noche. Ya nunca fue nada hasta mucho después: sólo la madre de su pequeña. «No me vas a dejar nunca porque si no no verás a la niña en tu vida». Casi lo ha conseguido.
«Me daba igual que me pegara, pero no quería que mi hija viera eso». Un día no pudo más. Entró en el centro de recuperación integral para maltratadas como un espíritu. «Sólo miraba al suelo y no hablaba más que con la niña», cuenta una de sus compañeras. No quería denunciarlo. A los 20 días, cuando la convencieron, se enteró en el Juzgado de que su pareja le había puesto tres denuncias por secuestro de una menor (se archivaron las tres). El juzgado número 2 de Violencia de Género de Madrid le deniega la orden de protección porque ya está en un centro. No dicta visitas para el padre de la pequeña. A los cuatro meses, un psicólogo dictamina que María ha suprimido la figura paterna y la juez le concede la custodia provisional al padre.
María se queda en el centro, machacada y sin su pequeña. Sólo la puede tener de sábado a lunes. Se abre juicio penal. La forense del Juzgado recoge en su informe que sufre el síndrome de la mujer maltratada. Una juez sustituta reconoce que está ante un maltrato consecutivo de ocho años. La tercera juez no está de acuerdo y cita a la forense, que se ratifica. El fiscal solicita cuatro años de prisión para su ex pareja. Mientras, se dictan las medidas civiles definitivas. El equipo psicosocial del juzgado admite que la situación está perjudicando a la menor pero considera que «cualquier progenitor es idóneo». Piden a la niña que dibuje a su familia y pinta un perro. «Sufre un conflicto de lealtades». Los magos de la psicología. La nena tiene cinco años. La juez no duda: lleva un año con su padre y no le ha pasado nada, así que no es necesario cambiar la situación. Le otorga la custodia al ex y a María fines de semana alternos y los miércoles (el padre la apunta a una actividad extraescolar).
El mazazo llega con el juicio penal. Los cuatro años de prisión pedidos por Fiscalía acaban en absolución por falta de pruebas. El juez no entiende por qué no denunció maltrato, por qué nunca fue a un hospital. «Me dijo que era mi palabra contra la suya». Ha recurrido a la Audiencia y el fiscal solicita de nuevo cuatro años de cárcel. «Que no me vuelvan a hablar de justicia nunca, jamás». María se endurece y su mirada se escapa. «Mi niña está resignada». Ya no está en el centro. Ahora trabaja e intenta recomponerse pero la lejanía de sus ojos no tiene vuelta atrás. «Mi hija con cinco años me dijo que fuéramos a hablar con esa señora juez para que la dejara estar conmigo. No sé si algún día podré explicárselo».
Susana
Estudiante, 20 años
«Tiene un comportamiento de mantis religiosa» (auto judicial)
«Insecto de tamaño mediano, (...) sus patas están provistas de fuertes espinas para sujetar las presas de que se alimenta. Es voraz, y común en España» (definición de mantis religiosa). Ese es el comportamiento de una chica de 20 años para una juez, según recoge en un auto muy reciente en el que declara el sobreseimiento de las actuaciones y pide que se dilucide la posible responsabilidad criminal de la denunciante como presunta autora de dos delitos de denuncia falsa.
Susana, nombre ficticio, ingresó con 18 años en el centro para mujeres maltratadas de Madrid. Dejó a su familia en Valencia y la carrera que acababa de empezar. Una psicóloga del centro le advirtió de que su vida corría serio peligro. Tras denunciar a su ex novio, con el que salía desde los 14 años, por amenazas, insultos y agresiones, el Juzgado de Violencia de género número 1 de Madrid le concedió una medida cautelar de alejamiento, ahora revocada por una juez de instrucción. Su antiguo novio fue condenado ya a un año de cárcel y dos de alejamiento por un delito de lesiones -le partió la ceja a Susana en 2004-.
La juez de instrucción considera que no están acreditados los motivos alegados por Susana en sus dos denuncias y añade juicios de valor tales como el de su comportamiento de mantis religiosa -«es llamativa su fijación con los mordiscos», dice- o «carece de los escrúpulos necesarios que deberían haberle impedido manipular la administración de Justicia para ponerla al servicio de su venganza personal».
¿Para qué te vas a apuntar al gimnasio, para ponerlos cachondos a todos? No te vayas a Irlanda a estudiar, que ya sé yo a lo que vas. Susana aguantó eso y mucho más, según las denuncias contra su novio, que la acompañaba y la recogía en el instituto, le prohibía salir con sus amigas y la amenazaba cada vez que ella amagaba con contárselo a su familia. La juez reconoce que existe una relación «tormentosa», producto de una adolescente «posesiva y dominante». Ya no es una adolescente, tampoco parece dominante ni posesiva, pero eso sólo son apreciaciones que no están en un auto judicial.
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