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Miquel Barceló: «Sólo me comparo a Velázquez cuando estoy muy borracho»

Pinta encima del lienzo o tumbado boca arriba, con la tela sobre él. Moldea la arcilla como si fuera un acto sexual. La terracota es, para él, una piel sutilísima que recoge desde la caricia más tierna hasta el gesto más violento. ¿Ángel o demonio? Parece hallarse más a gusto en el infierno, pero siempre al borde del paraíso. Miquel Barceló expone en Roma y presenta mañana una monografía de su obra «El taller de esculturas»

Actualizado 23/09/2002 - 03:35:55
-Exposiciones en una iglesia en Palermo y en Silos, su proyecto para la catedral de Mallorca... ¿No se estará volviendo místico a sus años?

-Ya pinté una iglesia en París a principios de los 80. Me caen del cielo las iglesias.

-Pilar del Castillo ha confesado su debilidad por usted.

-Bueno, por mi obra.

-Ya, claro, por su obra y por usted como artista. ¿Cómo se lleva eso de que el poder coquetee con uno?

-Pues se agradece muchísimo. Es estupendo, faltaría más.

-Ha cortado con un cúter algunas falsificaciones de su obra que requisó la Policía. ¿Cortó con ganas?

-Sí. Me sorprendió el placer que tuve al destruirlas. Eran horrorosas. Espero destruir pronto el resto.

-¿Es fácil copiar a Barceló?

-No, en este caso era una falsificación muy burda. Pero parecía fácil encontrar clientes.

-¿Sube el ego o es humillante que le falsifiquen a uno?

-No sube el ego, sobre todo cuando veo lo malas que eran las obras. Era casi humillante.

-¿El Reina Sofía le sigue cabreando?

-¿Yo dije eso?

-Sí y está publicado.

-Mañana presentamos en el Reina un libro sobre «El taller de esculturas».

-Ya, pero ha eludido mi pregunta. ¿Cómo es su relación hoy con el museo?

-Muy buena. La relación con los museos cambia, como todo.

-Sí, pero antes de su exposición no pensaba igual.

-Durante años no tuve muchas relaciones con ese museo; rehuía cualquier contacto conmigo. Ahora ha cambiado. Por suerte. Espero que mutua.

-De pequeño leía a Franz Kafka, Edgard Allan Poe... Ya apuntaba maneras de maldito.

-De maldito no sé. Eran mis grandes amores y aún lo son. Nadie tiene vocación de maldito. Fuimos «underground» porque estábamos bajo tierra, no por propia decisión.

-¿Es consciente de que los esnobs se pirran por colgar de sus salones sus cuadros?

-Habrá coleccionistas que no me caigan bien, pero tampoco puedo pretender hacerles pasar un test como el que me está haciendo pasar a mí.

-¿Fetichista? ¿Mitómano?

-Ambas cosas. Llevo siempre encima un amuleto africano desde hace 16 años. Pintar siempre tiene algo de fetichista.

-Y sus mitos...

-Son cambiantes: los pescadores de mi pueblo, los grandes cartógrafos y descubridores...

-¿Qué o quién desentierra su lado más salvaje y peleón?

-La situación de África, por ejemplo. Es aberrante.

-¿Algún crítico de arte despierta sus peores instintos?

-No leo mucha crítica de arte. No es por vanidad ni desprecio, pero tengo otras lecturas.

-¿Ha perdonado a José María Cano que vendiera obras suyas para hacer una ópera?

-Él sabrá. Eran suyas y tenía derecho a venderlas, supongo.

-Pero aquello no le hizo ni pizca de gracia...

-Es que pasó poco tiempo entre que las compró y las vendió.

-¿Le halaga o le molesta que le comparen con Picasso?

-Me resulta desagradable. Él pintó durante casi cien años grandes obras maestras y yo tengo aún todo por demostrar.

-¿Qué hay de aquel hombre de las cavernas que aprendía a ser Velázquez?

-Siempre se aprende de Velázquez, y de las cavernas también. Vivo entre ambos. Yo sólo me comparo a Velázquez cuando estoy muy borracho.

-Usted se queda con mucha obra suya. ¿No será para subir la cotización?

-No se me había ocurrido. No estoy seguro de que sea así. Para que suba hace falta que haya buenos cuadros en el mercado.

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