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Soportar a Laporta

Si usted no vive en otro planeta, ha estado hibernando en primavera, elaborando

Actualizado 23/06/2007 - 10:01:01
Si usted no vive en otro planeta, ha estado hibernando en primavera, elaborando una teoría de la conspiración o escalando el K-2 hasta hace unas horas sabrá que el Madrid de Capello (sí, ese equipo que consiguió durante tres cuartos de temporada que el espectáculo del fútbol fuera una película de Kiarostami proyectada a cámara lenta) ha ganado la Liga. Un gol en propia puerta con el culo (que es como ha jugado el equipo blanco todo el año) de un griego llamado Vasinas fue, ya ven, la llave del título. A veces, a la gloria se llega por los más intrincados e inextricables caminos...
Da igual si fue fe férrea o potra pétrea, pura y dura; lo mejor del título, como de costumbre, ha sido la gente, la aficción, siempre firme y fiel, incluso en los periodos de aflicción galáctica o en el eterno consuelo terrenal de que no hay mal que dure cien años, si hablásemos de la atlética. El pasado domingo, una marea de seguidores blancos (y algún idiota oscuro, pero esa es otra historia) volvieron a arracimarse en Cibeles para ser animados testigos de cómo la diosa que vino de Montesclaros miraba de reojo al 7 pensando: «Anda, ya está aquí otra vez el chiquito este que nunca hace nada».
Y allí había gente de todas las regiones, comunidades, países y nacionalidades, históricas o no. Isleños, porteños, inmigrantes, indianos, exiliados, asimilados, visitantes, turistas, gatos con costra, gente de mar, tipos de pantano, almas de secano... Una familia de Soria, una peña de Mallorca, dos parejas de novios de Logroño, un grupo de amigos de Ciudad Real, un niño de Cádiz con su abuelo, un señor de Murcia sin Ninette, los «erasmus» de Estocolmo, unos italianos «maqueados», medio Quito, la novia de Dawson, que no crece... Todos unidos en un sentimiento común de alegría que a muchos les podrá resultar inexplicable, pero que es genuino y reconfortante. Por fortuna, ser del Madrid, al igual que ser de Madrid, no requiere todavía de pasaportes ni de cartillas de pureza racial y cultural. En este «limbo cargado de ansiedad», como define con mágica precisión el maestro José María Granados al laberinto subterráneo que es la capital, «nunca hay tiempo para preguntar, pero nadie se siente una nación», en todo caso, un bar de barrio en el que tomar cerveza helada. Todo el que ha pisado Madrid, incluso condicionado por el más arraigado prejuicio inicial, acaba descubriendo que aquí no importa de dónde vienes ni adonde vas, sólo que estás. Y así es mejor, dejándolo estar.
Algo debería aprender de esta lección, aunque esté impartida en castellano antiguo, Joan Laporta, ese señor que se viste por los pies y se desnuda en los aeropuertos, el individuo que llegó a declarar que le gustaría presidir el Barça en un país independiente. Y jugándose la Liga con el Nàstic y el Sabadell, claro. La mayor derrota del Barcelona no es haber dejado escapar un campeonato que era suyo por juego y calidad, ni siquiera haber consentido la «galactización» de un vestuario caprichoso, es haberse convertido en un club provinciano y chato.
Difícilmente el hincha culé de fuera de Cataluña, o el que es de allí pero pasa de las visionarias paridas identitarias, podrá respaldar a una directiva que ha hecho del catalanismo la única razón de ser de su gestión. Hasta los niños de la cantera tienen que hablar y pensar como el manual del buen nacionalista nudista exige. ¿Qué es lo próximo? ¿Quizás poner un profesor de catalán a las peñas de Lugo? ¿Aprobar un examen oral para ser socio o conseguir una entrada? ¿Dejarán de fichar a Henry si lee a Valentí Puig? ¿Prohibirán a Ivanovic cabrearse en castellano? El Barcelona siempre fue más que un club, pero nunca, como sucede ahora, fue menos que eso. Si el insoportable Laporta, ese agitador agotador, quiere un trampolín, que se compre una piscina.
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