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Miles de madrileños acompañaron a los Príncipes durante el cortejo

A pesar de la intensísima lluvia, miles de madrileños quisieron ser ayer testigos de primera fila del enlace entre Don Felipe y Doña Letizia. De la Plaza de Oriente a la Basílica de la Virgen de Atocha, Madrid vivió una jornada de alegría que bien se merecía

Actualizado 23/05/2004 - 02:00:52

Madrid se despertó ayer de altos vuelos, con el trinar de unos pájaros muy especiales, unos pájaros de muy buen agüero, los helicópteros de la Policía que desde primerísima hora de la mañana sobrevolaban la ciudad, una ciudad vestida de gala de los pies a la cabeza para asistir al enlace de Don Felipe y Doña Letizia. Miles de agentes (para mí que hasta los becarios) cubrían el recorrido al que sólo asistió una invitada no deseada, una convidada de piedra (y de granizo): la lluvia, desoladoramente puntual, porque al filo de las once comenzaba el diluvio.

Antes, bastante antes, desde las ocho ya había gente ilusionada esperando la hora, la gran hora del gran día. En Cibeles, el espabilado más madrugador del día hacía caja: diez euros la bandera de España grande, y cinco la banderita con los rostros grabados de los novios. Se las quitaban de las manos, aunque muchos ciudadanos las traían puestas de casa, como cuando ganaba el Madrid.

Caladitos hasta los huesos

En las calles aledañas a la Gran Vía los detectores de metales cantaban las cuarenta. Al uno le pitaba la hebilla del cinturón, al otro el zippo, al de más allá el llavero del Atleti, y a doña Adela (ochenta y ocho años, de Móstoles) toda la bisutería. En las filas que se formaron reinaba, no obstante, el buen humor: te pita la prótesis, Mariano. Estólidos bajo la lluvia, los agentes mantenían el tipo, caladitos hasta los huesos. En las cercanías del Palacio Real un par de tenderetes mostraban sus tesoros entre chaparrón y chaparrón: llaveros, dedales, estampitas, fotos enmarcadas, pastilleros y hasta gafas de sol (¡qué ironía!) conmemorativas del enlace. A tres euros la pieza.

Poco después de las diez y media adentrarse en El Corte Inglés era un lujazo, porque cada cliente (no crean, los había) tocaba a dos ó tres dependientes por cabeza. Carmen, veintiséis años, se probaba unos zapatos con toda la tranquilidad y la parsimonia del mundo. «Sí, claro que me voy a acercar a la Gran Vía, pero hay tiempo». Comercios abiertos, pero comercios vacíos. La calle del Arenal, sin coches, desconocida. Como Mayor, como la Puerta del Sol. Pero el invento del día es el chubasquero, que se cotiza a dos euros la pieza. En apenas un cuarto de hora, medio Madrid ya tiene su chubasquero, y además de colores, del rosa al amarillo. Ya nadie se acuerda de los abanicos (feos como los nubarrones que van y vienen), pero Mamen y Marijose lo tienen claro: «Hemos cogido para todas las vecinas».

En el Rodilla de Callao muchos ciudadanos toman provisiones. No es, desde luego, un menú de Adriá y Arzak, ni siquiera la consabida ternera de boda, pero un sandwich de ensaladilla no es ninguna broma. Y como en todas las historias que últimamente se cuecen en los Madriles no podían faltar los chinos, bueno, las chinas, las chinas y sus paraguas. El precio oscila entre los tres euros y los cinco, según arrecie la lluvia. La gente, empapada, sigue esperando, aunque otros, más astutos, ven la ceremonia en la tele de cualquier bar y sólo cuando ha terminado se echan a la calle.

«Eso es una boda y no la tuya» bromean los camareros con algún cliente. Los cines de la Gran Vía se han convertido en el mejor refugio para continuar a la espera. Bajo el diluvio. «La culpa es de Gallardón -comentan dos chicas- con lo que le gustan las grandes obras, tenía que haber cubierto todo el recorrido». Van a pelo, ni chubasquero, ni gorrito, ni paraguas. Crece la impaciencia, pero no hay aglomeraciones insufribles (pobres carteristas), y todos señalan con el dedo: la culpa la tiene el aguacero. Dos truenos rompen el bullicio de la ciudadanía. Pero por mucho que los madrileños miren al cielo, el cielo sigue en sus trece, agua va. Miradas impacientes al reloj, tic-tac, tic-tac, muchas miradas impacientes al reloj hasta que un murmullo, poco a poco un clamor, asciende desde la Plaza de España: ¡Ya vienen, ya vienen!. Las Harley de la Guardia Real abren paso. Y los policías, probablemente los que más se han ganado el sueldo en este sábado que para tantos es de gloria, son, curiosamente, quienes se lo pierden. No pueden dejar de mirar al gentío.

El Rolls, bajo el diluvio pasa más deprisa de lo que muchos habrían deseado, pero eso no impide el estallido de los aplausos, de los ¡Vivan los novios!, los ¡Guapos!, incluso algún ¡Viva la Leti! Pero éste es un viaje de ida y vuelta y la gente lo sabe y nadie se mueve de su sitio, en unos minutos volverán, y quién sabe si un poquito más despacio. «Lo habríamos visto mejor en casa, por la tele», comenta una señora de mediana edad. «No es igual, Pilar», le dice una amiga. «Además, yo lo he dejado grabando». Pero es cierto, a la vuelta, mientras asoman los primeros rayos de sol, todo es más pausado, más cálido, más emocionante.

Muchos deciden intentar acercarse hasta Palacio, quieren ver a Don Felipe y Doña Letizia asomarse al balcón, segúnellos ése será el momento estelar del día. Pero otros, muchos otros, muchísimos otros, ya se les han adelantado. Y llegan los novios, y se asoman al balcón y «¡Que se besen, que se besen, que se besen!». Por esas cosas de la Villa y Corte, a esa misma hora, en ese mismo minuto, la M-30 era, en dirección norte, un monumental atasco. Pero el madrileño es un pueblo al que de vez en cuando le gusta hacer historia, y ayer la hizo. Y miles y miles quisieron ser protagonistas directos, personajes principales. Y lo fueron, vaya si lo fueron, aunque desde luego no lloviera a gusto de todos, bueno, realmente, a gusto de nadie.

Ración de alegría

Ayer, sábado, 22 de mayo, Madrid se fue de boda. A pie de calle, también se pasó por la vicaría. Y como decía una pancarta: «Queremos un principito». Pero eso sí que es otra historia. La de ayer es la ración de alegría que esta ciudad se merecía desde hace tiempo, la porción de la tarta de la vida que nos tocaba saborear. Una porción algo aguada, pero igual de sabrosa. Madrid, en un sábado de mayo, paladeó la felicidad. El diluvio quiso aguarnos la fiesta, pero los corazones se mantuvieron más blancos y radiantes que nunca. Empapada, Madrid, ayer, estuvo de cine, pero, sobre todo, estuvo de cuento. Y fueron felices...
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