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Valdebernardo se quedó sin su princesa

Actualizado 23/05/2004 - 01:59:06
Dos clientes de un bar del barrio brinda por la pareja  ÁNGEL DE ANTONIO
Dos clientes de un bar del barrio brinda por la pareja ÁNGEL DE ANTONIO

MADRID. «Hoy los escasos clientes que tenemos son hombres», explicaban, quejosos, los dueños de los establecimientos comerciales del barrio de Valdebernardo, que bromeaban diciendo: «Nosotros hemos venido a trabajar porque no nos han invitado a la boda, que si no, ¡aquí íbamos a estar!». No era un día cualquiera. Ni siquiera para quienes «pasaban» del acontecimiento, como Eduardo, aficionado al ciclismo, que observaba, atónito, las calles del distrito de Vicálvaro desiertas poco antes de las once de la mañana. En las tiendas, ni un alma, y en las cafeterías, las tazas, cucharillas y azucarillos sobre el mostrador intactos. Y el ambiente, sordo de ruido y hasta de tráfico. La mayoría de los vecinos del barrio -al igual que los del resto del país- , madrugarony se atrincheraron en pijama delante de las televisiones con los ojos atentos en la «pantalla amiga».

Desde que esta popular zona se hiciera famosa por el hecho de haber sido la elegida por Doña Leticia Ortiz Rocasolano, a estas horas desposada ya con Su Alteza Real Don Felipe de Borbón y Grecia, la expectación ha ido subiendo enteros, como en la Bolsa. «¿Quién nos lo iba a decir a nosotros?», explican Paco y Toribio, empleados en la pescadería situada en el supermercado contiguo a la antigua casa de la ya Princesa de Asturias. «Yo la despaché en dos o tres ocasiones, hace ahora un año. No sabía quién era, ni siquiera que presentaba un telediario porque salgo tarde de trabajar y madrugo mucho», se lamenta. Sobre ella, poco que decir. «Pagaba siempre con tarjeta de crédito, y me fijé en ella por su nombre, escrito con la famosa «z»».

Los pisos, por las nubes

En el número 40 de la calle de la Ladera de los Almendros, una urbanización que alberga a más de 120 familias y que ocupó durante poco más de un año Doña Leticia Ortiz Rocasolano, el silencio era la tónica. El conserje, aleccionado, responde: «De la señora no puedo opinar, apenas llevo trabajando una semana aquí. ¡Ah! y no se puede pasar al interior de la finca», agrega de corrido. «¿Por qué?», preguntamos. «Son órdenes de la Comunidad de Propietarios», responde sin mirarnos.

El inconfundible edificio, de once alturas, es el más alto del lugar, y también el más caros. Ahora, tras la resaca del compromiso real y de la «preboda», su valor ha subido como la espuma. «Un piso de poco más de 40 metros cuadradoscomo el que ocupaba Letizia, cuesta ahora 60 millones», explica una señora que reside en uno de ellos. El antiguo domicilio de Doña Letizia ha estado vacío cuatro meses largos, hasta que, poco antes de Semana Santa, pasaran a ocuparlo su hermana Erika, su marido, Antonio Vigo, y su hija Carla. La esposa de Don Felipe ha frecuentado el lugar en varias ocasiones, la mayoría acompañada por su madre, Paloma Ortiz Rocasolano. «Han salido con paquetes y bolsas; objetos personales más que otra cosa; los muebles se han quedado aquí», explican quienes han sido testigos de ello. «La «peque» es ahora nuestra princesita», dice una señora. «¡Es una ricura!».

De los Almendros al Monte del Pardo

Poco podía imaginar la entonces anónima Letizia cuando adquirió esa vivienda, lo poco que iba a habitarla, debido al giro inesperado que iba a dar su vida. Ni tampoco los residentes del barrio y del inmueble de la Ladera de los Almendros con los que ha compartido vistas, paisajes y sonidos: de la ruidosa M-40, de los bulevares ajardinados y de los comercios y los rostros del barrio. La calle no hace honor al nombre: apenas hay árboles, sólo bloques y más bloques de ladrillo rojo, salvo el que ella ocupó, con un diseño muy «sui géneris». Desde hace meses, esos paisajes y rutinas antiguas de Doña Letizia son historia; forman parte de su pasado, hoy remoto. Su presente es ya «otra historia» y estará poblado de otras vistas: las que dan al Monte del Pardo, con árboles y vegetación, esta vez de verdad, y de los jardines y fuentes que circundan el Pabellón del Príncipe, entre otras novedades.

La protagonista de este particular «cuento de hadas» para muchos, ha convertido también en actores secundarios a quienes vivieron en el mismo edificio que ella -para la mayoría una perfecta desconocida, tanto, que pocas personas conocían que era la presentadora del Telediario 2 de la Primera cadena de Televisión Española-. No obstante, no faltan quienes eluden las preguntas de los periodistas, hastiados ya de tanta «sobredosis» mediática. María, una señora de mediana edad, explica que hasta este lugar han llegado periodistas de todo el mundo. «De Méjico, Venezuela Alemania... ¡Valdebernardo se ha hecho famoso!. Hemos perdido a nuestra princesa, pero a cambio la ha ganado toda España».

«Que sean felices»

Otros ejercen encantados de su papel de «extras» o «figurantes». Es el caso de Miguel Ángel Herrero,empleado del quiosco de prensa que frecuentaba la esposa de Don Felipe cuando era simplemente Letizia. «Venía los fines de semana y se llevaba coleccionables y chicles. Me fijé en ella porque es muy atractiva. ¿Cuándo vais a publicar esta noticia, es para comprar el ABC?»», cuenta feliz por su protagonismo. Apenas hacía vida de barrio. Tan sólo frecuentaba a diario, antes de ir al plató- sobre las ocho-el bar «Toledano», frente al quiosco de prensa. «Se tomaba un café y poco más», dice José, un cliente. Antonio Benito también la despachó alguna vez en la carnicería del «súper» del barrio. Dice lo mismo que Miguel Ángel: «La recuerdo porque es muy guapa, luego, cuando se armó todo el follón no me lo podía creer». En otro bar, dos hombres brindan por los novios. «Que sean felices y que coman perdices».
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