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EL RÓDANO QUE NO HABLA ESPAÑOL

Actualizado 23/04/2005 - 02:11:31

JORDI Pujol quiso traer el agua del Ródano a Cataluña. Era una forma de retomar unas míticas relaciones medievales con el sur de Francia, con el tronco provenzal, y, al tiempo, demostrar la independencia respecto a España a través de la metáfora del agua. Una vuelta a unas lejanísimas fuentes... para escapar a las reales.

Copión de Pujol, émulo si se quiere, Pasqual Maragall pretende hacer una jugada semejante al querer integrarse en áreas regionales mediterráneas y francesas. Una vez comprobada la imposibilidad de conquistar la Comunidad valenciana y de este modo llevar a cabo el sueño de los Países Catalanes, Pasqual Maragall intenta escapar de su pequeñez territorial y cultural aunque sea sumergiéndose en una realidad extraña. En la francofonía concretamente. El caso es escapar de España.

¿Hasta dónde pueden llegar los sentimientos de frustración de las minorías políticas y culturales catalanas, hasta dónde el resentimiento, para tener que humillarse ante una lengua en decadencia como el francés y ante una cultura, digna como las de todos los pueblos europeos, pero absolutamente extraña a la historia y a la sensibilidad de Cataluña?

Pero en esta andadura tan subalterna, tan ancilarmente patética de la Cataluña oficial ante Francia, se puede advertir un error de fondo que consistiría en una idealización de Francia en el sentido de atribuirle a ésta una naturaleza progresista que contrastaría con una imagen de España como sociedad naturalmente reaccionaria desde la inquisición hasta el nacional/catolicismo. Ante esta dualidad, los catalanes se situarían como «afrancesados».

¡QUÉ ignorancia! Para no remontarnos en el tiempo excesivamente bastaría con asomarnos a los dos últimos siglos para comprobar la falsedad de estas tesis. Como han demostrado historiadores de las ideas como Herrero, el origen del pensamiento reaccionario español del XIX estuvo en Francia. Fue media Francia la que se iba a comprometer con Dreyfus y en Francia surge un antisemitismo que terminaría dando unos frutos muy amargos en el siglo XX. La traición de los «clérigos», de los intelectuales, denunciada por Julien Benda, fue la que inspiró el fascismo español de Acción Española, el magisterio de Maurras sobre Víctor Pradera, Ramiro de Maeztu, Pedro Sainz Rodríguez... Y, en Barcelona, Acció Catalana.

HA habido dos Francias, pero la más influyente en Cataluña no ha sido precisamente la que a Maragall le gustaría. ¿Por qué se niega éste a reconocer que el XIX catalán es el de Balmes y Milá y Fontanals? ¿Por qué no reconoce el tradicionalismo como el venero en el que se alimenta la Cataluña modernista y concretamente el poeta Maragall?

Resulta patética esta pretensión de encontrar en la Francia ilustrada los orígenes de una ilustración catalana inexistente. Por decirlo de una forma muy plástica y muy brutal, Cataluña no tuvo un Valera, cosmopolita e ilustrado, del que ahora se cumple el centenario de su muerte. ¿Cabría sospechar que una cierta Cataluña cultural y política se han intentado alejar de España a causa de los sentimientos de frustración por la ausencia de figuras como la de este novelista y ensayista (o la de otros como Clarín, Galdós, Pardo Bazán, Azcárate, Giner... y después del 98, etcétera)? ¿Se trataría de un alejamiento de la realidad hermana para entregarse a la del otro?

En una palabra, para los nacionalistas catalanes (incluido obviamente Maragall) resultaría preferible el agua del Ródano, que nunca llegará, a la del Ebro, que viene de Fontibre y contamina de españolismo.
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