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Mondeño, el torero que fue fraile

Juan García Jiménez, apodado Mondeño, gozó de simpatías y admiración entre el público barcelonés. Era capaz en el espacio inmermable entre toro y torero de crear vivas quietudes hieráticas que ni al bronce ni al mármol envidiaran.

Actualizado 23/01/2006 - 03:20:35
Fray Juan García en la soledad del convento
Fray Juan García en la soledad del convento

TEXTO: ANTONIO SANTAINÉS CIRÉS FOTO: ARCHIVO A. S. C.

Ya lo dijo Pascal que el corazón tiene razones que la razón no conoce. Y es cierto. En esta semblanza, por ejemplo, y sin que sirva de precedente, me olvido del toreo más puro y clásico del que soy adepto incondicional. El toreo puro guarda una correlación, un principio, una idea fija: la pierna adelante, la mano baja, y el terreno escaso, que no dé lugar a la duda del toro ni al hombre. Pero voy a ocuparme hoy de un torero, Juan García Jiménez, apodado Mondeño, que gozó de simpatías y admiración entre el público barcelonés. Era capaz en el espacio inmermable entre toro y torero de crear vivas quietudes hieráticas que ni al bronce ni al mármol envidiaran.

Los toros le cogieron. Con secuelas en una ocasión. El 6 de octubre de 1957 salió a torear en Zafra y un novillo le produjo herida de diez centímetros de extensión por cuatro de profundidad en el tercio medio cara externa del muslo derecho que atravesaba el paquete músculo-nervioso, produciendo otros destrozos. Grave. De resultas de este percance aparece en la novillada del 19 de marzo de 1958, en el Puerto de Santa María con un aparato ortopédico en el pie derecho protección que llevaría durante algún tiempo.

Le vi su presentación de novillero en Barcelona el 26 de junio de 1958 con Luis Parra Parrita y Emilio Redondo. Se había destinado una novillada de los Herederos del Conde de Ruiseñada pero al poco rato de salir el tercero, de nombre Sortijero, número 4, negro, y acometer dos veces al caballo, cayó tal cantidad de agua que hubo necesidad de suspender el festejo sin que Mondeño pudiera estoquear al novillo. Su intervención se redujo a un finísimo quite con el capote en la espalda en el novillo de Redondo.

Su verdadera presentación tuvo lugar el 24 de julio en Las Arenas con Diego Puerta y Limeño que estoquearon reses del Marqués de Albaserrada. Mondeño lidió los novillos «Limonero» número 23, negro, y «Bocablanca» número 27, negro listón y de éste, que había brindado al mayoral de la ganadería, cortó una oreja, hubo petición de otra y dejó constancia de sus exquisiteces.

La alternativa la tomó en Sevilla el 29 de marzo de 1959 mediante cesión que le hizo Antonio Ordóñez del toro Cañamazo, de don Raimundo Moreno, con Manolo Vázquez de testigo, y en compañía de los mismos la confirmó en Madrid el 17 de mayo de 1960, con toros de don Atanasio Fernández.

El 23 de agosto de 1959, se presentó como matador de toros en Barcelona con ganado de doña Eusebia Galache en compañía de Gregorio Sánchez y Miguelín. En 1960 toreó el 12 de junio y al año siguiente los días 22 de mayo y 17 de agosto. Esta última tarde fue premiada su labor con una oreja del toro Traficante de los Herederos de doña María Montalvo. Dos corridas más sumó en la Monumental en 1962, los días 29 de julio y 16 de agosto y, si en la primera de ellas conquistó otra oreja, en la segunda realizó una gran faena al toro Pinturero, bravo ejemplar del Marqués de Albayda que le permitió desarrollar su más perfecto estatismo. Se le premió con la oreja. Alcanzamos 1963. Mondeño torea el 19 de mayo y el 4 de agosto y aunque disminuye la intensidad de su trabajo, su personalidad está ya consolidada.

He aquí la historia de un torero con vocación de fraile. Admiré a Mondeño. Y Mondeño era el reverso del arte de torear en base a unos principios inamovibles. Pero me gustaba su manera de concebir el toreo, frío, hierático, marmóreo. De una quietud que angustiaba.

Mondeño tenía su personalidad propia y definida. Reverente, pero no farragoso, espigado, dócil. Los pitones le festoneaban los alamares y la cosa no parecía que fuera con él. Atraía a las masas.

Pero a Mondeño le resbalaba la popularidad y sintió ansias irreprimibles de soledad y deseos de santificar su alma. Piensa y decide dejar los ruedos para convertirse, allá en la paz de Caleruega, en Fray Juan García.

Quedamos en 1963 y en 1963 seguimos. En la feria del Pilar le veo torear en Zaragoza, el 16 de octubre, última vez que torea en España, y tras unas corridas que toreará en América, pasará al convento.

A la mañana siguiente de esta corrida en Zaragoza le vi en el Gran Hotel y charlamos largo rato en la compañía de Garín, Valero y mi gran amigo don Mariano Murillo.

No supe más de Mondeño. Hasta que tuve noticia de que el 30 de agosto de 1964, Juan García Jiménez (Mondeño) había tomado el hábito de la orden Dominicana en el convento-noviciado de Caleruega, cuna del fundador de la orden de Predicadores Santo Domingo de Guzmán.

El acto había tenido lugar en el patio de la torre, plazoleta situada dentro del recinto del convento, y comprendida entre el torreón de los guzmanes, casa solariega de Santo Domingo, y la edificación más vieja del convento. El torero abandonaba las miserias de la vida. Mondeño daba paso en la vida claustral a Fray Juan García.

Pero antes de cantar Misa debía cursar tres años de filosofía en el Seminario de Caldas de Besaya (Santander) y cinco de teología en el colegio de San Esteban, de Salamanca. Mucha tela para un hombre que había dedicado su vida no al estudio sino al toreo. Empezó a enflaquecer, su salud se quebrantaba y el servicio médico le aconsejó que se dejara crecer la coleta otra vez y volviera a torear.

En Barcelona reapareció el 17 de abril de 1966 con Chamaco y Diego Puerta. Hablé con Mondeño en el Hotel Manila. Le dije: Fuiste millonario y repartiendo tus bienes te quedaste con las cosas de la pobreza. ¿Qué has notado en tan acusados contrastes?

-No fui millonario. Tenía cubiertas mis necesidades. En aquel entonces la felicidad no era la riqueza. Era dedicarse por completo al servicio de Dios. Y en eso no notaba mucho ese cambio. Ya que yo quería ser tan pobre como nací.

-Los de antes, ¿siguen siendo los mismos?

-Sí. Pero en alguno me he encontrado una barrera. O tal vez estos que me han puesto la barrera no eran tan amigos como yo creí.

-Cuando seas millonario, ¿seguirás toreando?

-No, no, por Dios.

-¿Cómo ves la vida taurina ahora?

-Complicada. Tirando hacia un punto raro.

-¿Pero el toro da mucho dinero?

-No tanto como cree la gente.

-Por lo menos es el más noble de la Fiesta, ¿verdad?

-¡ES! (póngalo usted con mayúsculas).

Aquel 1966 toreó en Barcelona 6 corridas, 8 en 1967, 3 en 1968 y 2 en 1969, año en el que le vi torear por última vez el 29 de junio en Barcelona con Diego Puerta y El Marismeño que se doctoró. En quinto lugar estoqueó al toro Justiciero del Marques de Domecq. Muchos años después le pregunté si volvería a reaparecer, toreando pocas corridas a buen dinero. Me contestó por teléfono: ¿A cómo se pagan ahora?

Han transcurrido, casi, cuatro decenios porque el tiempo corre implacablemente con velocidad de vértigo. En mi mente quedó grabada la faena memorable de Mondeño el 25 de julio de 1967 al toro «Estoqueador» del Marqués de Domecq. Sobrecogido contemplé con los ojos del alma aquella inamovible creación de arte. Era la cumbre tallada en roca viva. Le cogió el toro, consiguió desasirse de las asistencias y rodó el toro de una estocada corta en el hoyo de las agujas. Mondeño dio la vuelta al ruedo cargado de trofeos -las orejas y el rabo- entre una clamorosa ovación. El doctor Olivé Millet le reconoció contusiones en regiones cervical y torácica que le impedían continuar la lidia. Las vivas quietudes de Mondeño ni al bronce, ni al mármol envidiaban.
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