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Muere Fernando Fernán-Gómez, el tiempo es ya amarillo

A las seis de la tarde de ayer murió en La Paz Fernando Fernán-Gómez, un cruce de Leonardo y Cyrano con ojos de diablillo verde. 6 Goyas («El viaje a ninguna parte»: 3; «Belle epoque», «El abuelo

Actualizado 22/11/2007 - 12:47:54
A las seis de la tarde de ayer murió en La Paz Fernando Fernán-Gómez, un cruce de Leonardo y Cyrano con ojos de diablillo verde. 6 Goyas («El viaje a ninguna parte»: 3; «Belle epoque», «El abuelo», «Lázaro»), 1 Oscar («Belle epoque»), 1 Oso de Oro de Berlín. triunfador en Venecia, San Sebastián... Ayer le lloraban cómicos -él era uno de ellos- y pícaros, señoritas de pitiminí y mendigos, vates y cuentistas, castañeras y loteros, pobres de la Gran Vía y hambrientos con cartel...
-Diablo, mariposa, oso, ¿su animal preferido, don Fernando?
-El perro. Porque aprendió a convivir con los hombres.
Fernando Fernán-Gómez es el cine: la pantalla, el acomodador, el proyeccionista, y hasta el tipo que te vendía las palomitas. Soñaba con ser «un ¡¡¡señoriiiitto!!! rico», pero el día que cayó la primera bomba sobre Madrid confiesa que se «cagó». Y entonces se dio cuenta de que no sería aventurero. Cuando Madrid dejó de ser una ciudad cercada comenzó a andar, a andar, a andar y llegó hasta... Leganés. «¡Vengo del mundo, de la liberación!», dijo a las gentes de allí, y les invitó a coñac. Se veía demasiado flaco, y poco agraciado físicamente después de que una muchacha en flor le encarara: «Fernando, a ti no se te puede destruir, tú ya estás destruido». Ex-noctámbulo y ex-noctívago, en casa de Lola Flores conoció a Ava Gardner y a Frank Sinatra, a quien le pidió que cantase «Saint Louis Blues». La «Voz» le miró con cara de «huele mierdas». Después el animal más bello del mundo le susurró algo en inglés, y él pidió traducción a uno que pasaba por allí: «Que dice que si tiene usted ganas de joder ahí tiene a mi mujer, que siempre está dispuesta». Lo contó amarrado a «La silla» que le colocaron ante la cámara David Trueba y Luis Alegre, su penúltima seducción a la cámara. La última, y póstuma, será «Fuera de carta», de Nacho G. Velilla.
El traidor era su temperamento
En «La silla» confesaba que las mujeres no le atraían por cultas: «Si necesito una maestra ya buscaré a alguien que me enseñe filosofía medieval», ilustraba. Le gustaba cultivar la antipatía para liberarse, pero el traidor era su temperamento. Fue su temperamento quien mandaba «a la mieeeeerda!» al pesado de turno, y aunque las telebasuras repiqueten hoy esa imagen, bórrenla de sus ojos, y miren a Fernán-Gómez como lo que era: un genio tímido. Esa timidez le llevó a acompañar un día a Luis Lucia, que le anunció: «Tengo ganas de pegarle a alguien». Y Lucia se lió a mamporros con el vecino de barra.
Fernando Fernán-Gómez nació circunstancialmente en Lima el 28 de agosto de 1921, durante una gira teatral de su madre, la actriz Carola Fernández-Gómez. Su abuela materna lo trajo a España con sólo unos meses de vida. En 1940 Jardiel lo descubrió en «Los ladrones somos gente honrada». Seductor, conversador delicioso, lírico, irónico, surrealista, barroco, disparatado, lo que no podíamos negarle a don Fernando era un encanto, un don personal. No le gustaba distinguirse por su ternura porque no estaba de moda, pero destilaba puro ternasco. Sospechaba que su humor se le había ido amargando con los años. «De joven era feo, débil y tenía envidia de Paco Rabal y Jorge Mistral», decía. Pero, ¿cómo se veía este «Moli_re español» -José Luis Garci dixit- ante un espejo? «Muy mal, más con una ventaja: «No me he estropeado con el paso del tiempo. Ya estaba estropeado desde mi juventud», disparaba.
En «En la ciudad sin límites» Fernán-Gómez luchaba contra el «Malvado Carabel» cáncer. Llevaba un mes ingresado en la unidad de oncología de La Paz, donde ayer se extinguió una vida grande, enorme, que ha regalado 200 películas, dirigido 30, y escrito 29. F. F-G estuvo en los grandes hitos del cine, como en «Esa pareja feliz» (1953), debut en la dirección conjunta de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem.
Fernán-Gómez era un acorazado humanísimo, pintoresco, extravagante, cómico, lírico, trágico, poético. Rezumó amor hacia las vidas de aquellas gentes que viajaban en trenes de mala muerte por las ciudades de España levantando el tinglado de la antigua y moderna farsa, en muchos casos viajando a ninguna parte: «Señoras y señores, con ustedes ¡los cómicos!». Era uno de los nuestros.
-Y la vida, ¿sigue siendo una gran farsa, señor Fernán-Gómez?
-Cuestión demasiado filosófica -respondía-. ¿Cómo vamos a llamar «gran farsa» a los miles de niños muertos de hambre en cualquier lugar?
Llegó una noche, como su amigo Umbral, al Café Gijón, «educadísimo, elegantísimo y con temperamento». «Ha sido un usado golfo madriles -lo dibujaba el autor de «Mortal y rosa»-: lo cual le honra: muy usado por la vida y las mujeres».
Padeció la guerra como víctima, pero atizado por una posguerra durísima. Galdós, Víctor Hugo, Salgari fueron sus maestros literarios, y el teatro español le debe el resurgimiento de los clásicos. ¿Cómo le abonamos esa deuda? «Simplemente diciéndolo», susurraba. Cuando hablaba parecía Don Quijote. «¿Por qué? ¿Cree usted que estoy medio chalado?», espetaba. «¡Válgame Dios!, Señor de Albrit, es porque nos recuerda a los dibujos animados de Alonso Quijano a quien usted concedía rotunda y poderosa voz». «Bueno, si es así no me molesto. Prefiero tener un grado de locura como el que tenía don Quijote, y no el de Hitler o cualquier personaje de esta calaña».
Labrador de amistades
Fernán-Gómez labraba la amistad, y tenía muchísimos amigos: Manuel Alexandre, sus hermanos «Rambal», Umbral, Álvaro de Luna: «Si he conservado unos cuantos amigos es porque he tenido la fortuna de tropezar con gente inteligente y comprensiva», reconocía. De la amistad hablaba en «El tiempo amarillo», sus memorables memorias: «Por encima del amor filial, del paternal, del fraterno, sitúa Montaigne la amistad . Y de esa relación entre los hombres hace Epicuro la columna vertebral de su filosofía. Pero nos están poniendo difícil la amistad».
Trabajó mucho, tal vez demasiado. Escribía Terceras para ABC, novelas, guiones..., pero las mayores satisfacciones de su carrera como actor se las dio la convivencia con sus compañeros de rodaje y viaje. Ennobleció la escena, el cine, la literatura, el teatro, y la Academia, donde ingresó en 2000, y en la que introdujo el invento de los hermanos Lumiere. En una de sus Terceras en ABC, titulada «Divagación sobre el cine mundial», Fernán-Gómez profetizaba: «Los que nos ganamos el pan y el whisky con el cine español sabemos en qué consiste que salga el tiro por la culata. Muchas de las películas en que intervenimos resultan frustradas. No reciben el apoyo de la crítica ni la curiosidad del público. Sigue ocurriendo así».
Fernando Fernán-Gómez ha sido el personaje más profundo, original y extenso de la vida lírica, lúdica, cultural, poética, teatral y cinematográfica española desde hace 86 años. Sin sus hermanos Paco Rabal, -«Rambal» le llamaba él-, Cela, Marsillach, Umbral, la cultura española se queda huérfana de talentos. Con Rabal había química: «Por Fernando Fernán-Gómez hago lo que sea, su grandeza como actor le ha convertido en un mito», le definía el genio de Águilas. Cuando era mozo, inocente y noctívago, Fernán-Gómez le preguntaba: «¿Hermano Rambal, ¿dónde vamos esta noche?». Él le contestaba: «A Pasapoga, que está muy de moda; a Morocco, que no está mal tampoco, o a Fontonia, que es una gloria...». Umbral sostenía que, a cierta hora ya de la madrugada, emergía otro Fernán-Gómez, porque «se ponía surrealista, disparatado, complejo, vamos, de estarse con él hasta las 9 de la mañana en saludable costumbre».
En el cine F. F-G ha dirigido obras sublimes, inalcanzables -«Manicomio», «La vida por delante», «El malvado Carabel», «La vida alrededor», «El extraño viaje», «El mundo sigue», «El pícaro», «El viaje a ninguna parte»...-, y ha volcado su estratosférico talento actuando en «Esa pareja feliz», «Balarrasa», «La mies es mucha», «La lengua de las mariposas»..., y ha sido gigante en teatro, en televisión...
Sobre el (mal)trato al cine en España denunciaba: «Es imposible defenderse de la presión que el cine americano ejerce contra las cinematografías nacionales». Y subrayaba: «Si uno es un fracasado, por saberlo no se convierte en un triunfador». Más que enamorarse, se «entactaba». Y la palabra amor la entendía así: «Es una amistad exaltada a la que se unen los placeres del tacto».
Divorciado de la cantante María Dolores Pradera, con la que se casó en 1945 y tuvo dos hijos, Fernán-Gómez contrajo matrimonio civil con la actriz Enma Cohen, en 2000, en el hospital donde se recuperaba de una operación de cáncer.
A su madre, excepcional actriz, se lo debía casi todo, como una buena parte de su ternura. Y a los jóvenes actores y actrices les animaba: «Puestos a imaginar, si lo que quieren es dedicarse a ser actores o actrices de cine españoles, mi consejo es que se lo quiten de la cabeza. El público, hoy por hoy, prefiere a los americanos». Nosotros le preferimos a él.
En su dorada madurez seguía ejerciendo como escritor, actor, novelista, director de teatro y de cine, articulista y en todas esas tareas se desenvolvía de una manera inigualable. Y... ¿pícaro? «Puedo haber parecido pícaro, pero no creo haberlo sido. Cuando los demás saben que uno es actor resulta muy difícil enredarlos con picardías. Este oficio despierta mucha desconfianza».
Partidario del amor libre, recuerda que de pequeño era «católico escasamente practicante». Como escritor inteligente huía instintivamente del tópico; era como el perro de caza ante las víboras: levantaba la cabeza de golpe. ¿Se tropezó con muchas víboras en su carrera? «Si asociamos víboras a tópicos es posible que en lo que he escrito abunden». No abundaban, y con «El saloncito de mis tiempos» honró el Mariano de Cavia, en su Casa de ABC. Premio Príncipe de Asturias de las Artes, Nacional de Cine y Teatro, Medalla de Oro de la Academia de Cine, Fernando era Fernán-Gómez y su circunstancia: «Para muchos la olla podrida es un plato muy sabroso». Sostenía que la televisión se había convertido en opio para el pueblo, «aunque de esto no se desprende mi opinión sobre el opio», matizaba. Sobre las ideologías mantenía que lo que murió fue «la utilización que se ha hecho y se sigue haciendo de esas ideologías, la falsifación de algunas de ellas para convertirlas en simples materias alimenticias».
¿Cuál era el estado de su humor?: «Por los dolores reumáticos estoy de mal humor. Por todo lo demás, en pocas ocasiones me he encontrado de mejor humor», genializaba.
Cuando cumplió los ochenta años, un amigo dijo que él era el «vago que más trabajaba de España».
-¿Se dejaría clonar por el bien de España?
-Sí, ¿por qué no? Si le conviene a mi empresario...
-¿Hay demasiada «calaña» gobernando nuestras vidas?
-No sé si viene a cuento algo que escribió Jorge Luis Borges: «Quizá los hombres merezcamos algún día que no haya gobiernos», -concluía.
En «El tiempo amarillo glosaba la vejez: «No es agradable, no es placentera, no produce ningún gozo por sí misma; pero tampoco es dolorosa, si no se convierte en enfermedad».
El tiempo es ya amarillo. Fernando Fernán-Gómez tiene toda la vida por delante.
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