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La «Mukata» de Arafat, convertida en la particular «zona cero» de Ramala

Actualizado 22/09/2002 - 01:34:33
Una excavadora israelí derriba parte del edificio donde se encuentra Arafat. AP
Una excavadora israelí derriba parte del edificio donde se encuentra Arafat. AP
RAMALA (CISJORDANIA). Por el humo se sabe dónde está el fuego. Basta seguir la densa humareda para llegar a los alrededores de la prohibida y sitiada «Mukata». La azotea de los Al Husein se ha convertido en el mejor mirador de un espectáculo dantesco en el que no falta mecanismo alguno de destrucción. «Ramala ya tiene su particular zona cero», sentencia Ali, el cabeza de familia.
La enorme excavadora D-9 del todopoderoso Ejército israelí no ha dejado de comerse a mandíbula batiente los edificios del cuartel general de la ANP pero, visto lo visto, todavía tiene un hambre voraz. Ahí sigue, a sólo unos centenares de metros de distancia, tragándose sin masticar enormes trozos de hormigón.
Junto a ella, otras excavadoras menos aparentes aunque no menos hambrientas, blindados, carros de combate, vehículos militares, soldados armados hasta los dientes. A sólo diez metros del histórico líder de la causa palestina.
Arafat, aún en pie
Y escombros. Y edificios abiertos en canal. Y caravanas aplastadas. Y agujeros, muchos agujeros, en el suelo, en las paredes del único edificio, el mimo en el que se encuentra acorralado Yaser Arafat, aún en pie. Y trincheras. Y alambradas de espino que rodean la bautizada por Ali «zona cero» de Ramala.
Ni rastro del «rais». Se supone que está en el segundo piso del ala oeste de sus dependencias. La pasarela que unía el edificio con otro adyacente ha sido devorada sin contemplaciones. La escalera para bajar a la entrada desapareció por efecto de un proyectil israelí. Otro, disparado por un carro de combate aterrizó uno metros por encima de la cabeza de un Arafat que acabó bañado en polvo.
Con pistola al cinto
Se sabe que está rodeado de sus más estrechos colaboradores (también de los diecinueve hombres en busca y captura por Israel por su supuesta relación directa e indirecta con atentados), se sospecha que sigue entero, se intuye que no desespera, se conoce que anda pegado a los teléfonos móviles en contacto con dirigentes árabes e internacionales en pos de una ayuda que apenas llega a través de discursos y palabras insuficientes, se le imagina con su pistola al cinto o muy próxima.
Fuera, tres días después de lanzarse el asalto israelí, el humo sigue tocando el cielo con la yema de sus dedos; los dinamiteros se preparan para sacar a relucir todo su arte; las excavadoras no cesan su banquete; los agujeros se multiplican; los edificios se derrumban sobre sí mismos; el polvo lo cubre todo; los carros de combate y los blindados apuntan en la misma dirección; el fuego que esta vez nada calienta...
Dentro, decenas de hombres apiñados en un puñado de metros cuadrados; condiciones de vida deplorables; comida y agua suficiente pero con fecha de caducidad; escombros por doquier; incertidumbre, incluso miedo por la suerte que puedan correr; también mucho polvo, ese polvo de fuera que se ha metido dentro, que todo lo cubre, al «rais» incluido. Dentro y fuera. Lo primero se intuye. Lo segundo entra de golpe por los ojos incrédulos.
Es el espectacular y dantesco panorama que se vislumbra desde la azotea de la familia Al Husein. La recién llamada «zona cero» de Ramala. Así al menos la ha bautizado Ali, el cabeza de familia.
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