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Náufragos

CONTEMPORÁNEAOperadhoyLachenmann: «La cerillera». Int.: E. Keusch, s. Laonard, Y. Sugawara, T. Hemmi, T. Kiba, H. Lachenmann, Coro y Orquesta de RTVE. Dir.: M. Hermann. Lugar: Teatro Monumental

Actualizado 22/06/2008 - 02:49:37
CONTEMPORÁNEA
Operadhoy
Lachenmann: «La cerillera». Int.: E. Keusch, s. Laonard, Y. Sugawara, T. Hemmi, T. Kiba, H. Lachenmann, Coro y Orquesta de RTVE. Dir.: M. Hermann. Lugar: Teatro Monumental. Madrid.
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
No hay duda de que la voz del compositor Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935) es potente, irreductible y radical. Impide cualquier diálogo pues sería tanto como reconocer que hay otro mundo posible. Cuando de hecho lo hay: la propia «no música» de Lachenmann sólo tiene verdadero sentido frente al aparato estético al uso, al que desdice como lo hace el hijo del padre. Es «la botella en el mar» sobre la que escribió Adorno, algo digno de admiración porque siempre lo es el náufrago superviviente, el eremita orante y el romántico idealista.
Desde hace un tiempo, en España, el eco de su alegato debe mucho al trabajo del ciclo musicadhoy, ampliado a operadhoy, responsable ahora de la programación en versión de concierto de «La cerillera», ópera que toma como base el cuento de Andersen.
En este sentido, el esfuerzo programador de su director artístico Xavier Güell está haciendo historia, al margen de «las toneladas de caspa que cubren» los teatros de ópera españoles, según expresa la boutade interesada que Tomás Marco incluye en su presentación del ciclo.
Alarde de medios
De manera que durante dos horas, el Teatro Monumental ha acogido un alarde apabullante de medios, bocina de sonidos sin articulación y voces de mensaje encriptado en el efecto. Obviamente, no caben referencias al uso ante «La cerillera» forzada a sostenerse en un estadio sonoro previo a cualquier tradición. Sí ante un patio de butacas rodeado de voces e instrumentos, ante el control preciso del director Matthias Hermann, las voces de Elisabeth Keusch y Sarah Leonard desdobladas para una «cerillera» sin palabras o frente al inserto narrado en la voz del propio Lachenmann, seco, rotundo y paradójicamente emocionante.
Se le aplaudió mucho al autor y a sus intérpretes. De pie, pero sin esa chispa que levanta al público como un resorte, sólo con el convencimiento de haber asistido a la experiencia de lo único. La desbordante realización de una imaginación portentosa, disuelta, atemporal y de admirable conciencia.
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