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España quiso, pero ni supo ni pudo y queda eliminada en los penaltis frente a Corea del Sur

Actualizado 22/06/2002 - 21:07:44
La selección dispuso de más ocasiones en un partido donde el arbitraje favoreció a los asiáticos
La selección dispuso de más ocasiones en un partido donde el arbitraje favoreció a los asiáticos
Los penaltis son así de veleidosos. Lo que te dan un día, te lo quitan al siguiente. España no fue capaz de ganar a Corea en los ciento veinte minutos de partido y esta vez el ángel de la guarda de Casillas estaba preocupado intentando descomponer el muelle que los dos vergonzosos jueces de línea tenían en sus respectivas manos. Joaquín, que fue el mejor del partido, falló en la tanda de lanzamientos. También suele pasar. Corea ya tiene su semifinal servida en bandeja. Lo que todos querían.
Otra vez eliminados en cuartos de final. Como en México 86, como Estados Unidos 94. Toca cada ocho años demostrar que se tiene el poso suficiente para dar el salto de calidad que representan unas semifinales. Y nunca se consigue. Por algo será. Al margen de mala puntería en los penaltis, árbitros que te quitan más que te dan, linieres incompetentes, es de ley reconocer que en estos partidos es donde hay que demostrar la madurez, el talante y la actitud de un equipo grande, que quiere ser campeón, y España ayer no lo fue. De haberlo tenido hubiera ganado a Corea. Seguro. España quiso, pero ni supo, ni pudo. Así de duro, pero tan real como el fútbol mismo.
La selección hizo un partido defensivamente correcto, pero en ataque no encontró nunca la frescura necesaria para imponer su presunta superioridad. Es evidente que existe demasiada «Raúldependencia» del centro del campo para adelante. Para entrar en la élite hay que ser más alto y más guapo. No basta con echarle casta, entregarse al máximo, romper a llorar por la derrota que se considera injusta. Para llegar arriba, hay que ser mejor que los demás y demostrarlo ahí abajo.
Es muy difícil en caliente abstraerse de la tensión vivida en este estadio hasta arriba de vociferantes coreanitos. Prefiero pensar y escribir que si España no le ganó ayer a Corea es porque no merece estar en semifinales. Era un rival a su medida, como se demostró cuando el equipo se soltó un poco, -nunca se soltó del todo- tras un primer cuarto de hora deprimente. Sigo pensando que esta selección tiene que ganar a Corea sí o sí. Hasta sin Raúl. Pero también pregunto al vacío de la indignación por qué el árbitro egipcio anuló el tanto que se mascaron entre Baraja y un defensa al principio de la segunda parte. Y también cómo puede tener un juez de línea la poca verguenza de levantar la bandera en aquel balón que Joaquín puso en la cabeza de Morientes y también acabó en la red. Por no seguir preguntándome por qué los linieres, auxiliares o como leche se llamen, levantaban la bandera cada vez que España se acercaba al área coreana o por qué el de las piramides no dejó lanzar el último saque de esquina.
Sería un error caer en lo fácil. En la pataleta reciente de los italianos, que podrían tener su parte de razón, pero en el juicio del partido hay que partir de la premisa de que España no jugó bien, nada bien. Si lo hubiera hecho medianamente correcto se hubiera merendado a una Corea que acusó el cansancio, le pudo la responsabilidad y no fue el equipo agresivo en ataque de otros días. Con decir que en la primera mitad no remataron ni una sola vez entre los tres palos, sobra comentario.
No jugó finalmente Raúl y se notó. Es inevitable que se note su ausencia. No está el fútbol español sobrado de jugadores de alto standing y de ganadores de cuna, de tipos con carácter que no se agarrotan ante la responsabilidad, como ayer les pasó a más de tres de sus compañeros. Camacho recompuso el equipo obsesionado quizás con el potencial en el juego aéreo de los coreanos en ataque. Metió a Nadal al lado de Hierro y a Helguera al lado de Baraja, como dos volantes centrales, pero ninguno de los dos ocupó el teórico puesto de medio centro clásico. Jugaron a la misma altura, uno escorado a la derecha y otro a la izquierda. Romero entró por Juanfran, nada mejoró, ni nada empeoró. Joaquín asumió con gallardía la posición de Luis Enrique y Valerón intentó hacer de Raúl, sin conseguirlo.
La salida española fue nefasta. El equipo encogido, temeroso, receloso de salir. El balón no duraba dos pases. A eso le llaman miedo al fracaso. Estaban tan cerca las semifinales que las piernas no acertaban a coordinar los pasos y la cabeza no pensaba. Tuvieron que pasar veinte minutos y quizás darse cuenta de que los coreanos no eran los de otros encuentros, para que el equipo cogiera un ligero tono, pero insuficiente para aniquilar al rival. Todo lo bueno que se vio en la primera parte lo hizo Joaquín. Tres brillantes acciones individuales...sin remate final. Es decir, el fútbol a medias. Y así no se gana.
Más de lo mismo en la segunda parte. Más dominio, menos imprecisiones, pero Joaquín, con a veces Valerón de aliado, como único protagonista. Tuvo más presencia el equipo de Camacho, pero sin ofrecer casi nada de lo que cabe tiene dentro. Incluso Casillas tuvo que meter una mano prodigiosa a un disparo de Park. Hay que exigirle mucho más a la selección, aunque en la prórroga estuviera cerca del triunfo con aquel remate de Morientes al palo. Los cambios realizados por Camacho no aportaron mucho. Luis Enrique al menos se dejó el alma, pero Mendieta fue un alma en pena. No está para jugar y me pregunto seriamente por qué Camacho sigue confiando en él. Xavi cumplió, porque al menos no se escondió.
El triunfo se marchitó en ese remate de Morientes al palo y en las jugadas anuladas por dos jueces de línea, uno de Uganda y otro de Trinidad y Tobago, que hacen pensar lo peor. En los penaltis, Corea, que había fallado dos penaltis contra Estados Unidos e Italia en el tiempo reglamentario, acertó con los cinco lanzamientos y España no pudo ni lanzar el último porque Jae Woon Lee, nuevo héroe de la nación coreana, le desvió a Joaquín el penúltimo. Habrá que seguir esperando. Nos queda toda una vida para seguir esperando, pero tan cerca y tan accesible como ayer tardará años en volver a estar.
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