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El mapa de los anexionismos nacionalistas

Las pretensiones abertzales sobre la Comunidad de Navarra o el reciente intrusismo del BNG en la culturización gallegista de territorios asturianos o extremeños reverdecen la eterna polémica del afán

Actualizado 22/05/2006 - 06:58:31
«Sin Navarra, Euskal Herria no se sostiene en el mapa», afirman los dirigentes batasunos, mientras el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, reiteraba que la Comunidad Foral está fuera de cualquier negociación. La polémica vuelve a poner sobre el tapete los afanes «imperialistas» de los nacionalistas empeñados en delimitar los territorios que consideran propios -curiosamente, siempre al alza y en función del periodo histórico que más les conviene- independientemente del rigor histórico de su demanda. En pleno siglo XXI los nacionalistas mantienen activo el mercadillo de los mapas y las disputas territoriales de corte medieval, que, incluso enfrentan a unas comunidades con otras en esta vorágine de hechos diferenciales ylocalismos próximos a la tribu.
Lo advertía recientemente el ex vicepresidente del Gobierno en la anterior etapa socialista, Alfonso Guerra: «Lo que está pasando en España se parece a la disolución de la URSS». Otro socialista ilustre, el ex presidente Felipe González, recordaba «lo fácil que es crear una nación: se falsea la historia, se inventa una mitología y se crea un enemigo lo más próximo posible y ya tenemos una nación». Le faltó a González añadir que se les ceden las competencias en educación para que las pongan al servicio de su propaganda para las recuperaciones históricas y territoriales que les convengan y ya tenemos el «pack» completo del manual de parvulitos del buen nacionalista.
«Franquicias»
Los casos vasco y catalán son los ejemplos más significativos, pero el mapa español actual está plagado de «franquicias» nacionalistas y grupos separatistas o soberanistas de menor intensidad, prácticamente todos coincidentes con el prospecto expuesto por González para fabricarse una nación.
El origen del nacionalismo vasco está en el invento de Sabino Arana de una nación, una patria y una raza por la gracia de Dios que, en principio, se reducían al mapa de Vizcaya. Esta exaltación vizcaína de finales del siglo XIX y principios del XX pronto la hizo extensiva el PNV al resto del País Vasco y, un poco más adelante, a Navarra. Luego el mapa lo irían ampliando o disminuyendo en función de sus conveniencia y circunstancias. Por ejemplo, la Constitución vasca del exilio, tras la Guerra Civil, establecía, sin encomendarse a Dios ni al diablo, que «el territorio vasco es el integrante del histórico Reino de Navarra, dividido en las regiones de Navarra, Vizcaya, Álava, Rioja, Moncayo, Alto Ebro, Montaña y Alto Aragón». Observa Jesús Laínz en su libro «Good bye Spain» que en esta delimitación «imperialista», el PNV no se atrevió a incluir en el mapa los distintos territorios franceses que periódicamente reclama a conveniencia, porque en esa época, en torno a 1941, tanto los nacionalistas vascos como los catalanes, pretendían asegurar sus territorios y su supervivencia, convirtiéndose en protectorados de Inglaterra y de Francia, respectivamente, para cuando los aliados derrocaran a Franco. Y claro, en esas circunstancias no convenía contrariar a esas dos potencias europeas.
Expansión internacional
Pocos años después, truncadas sus aspiraciones, el considerado por los especialistas como el principal ideólogo del nacionalismo vasco de la segunda mitad del siglo XX, Federico Krutwig Sagredo, impone un nuevo mapa de la patria vasca. «El futuro Estado vasco libre -establecía Krutwig- deberá comprender al sur de los Pirineos y a su norte todos los territorios que correspondieron a la Corona de Navarra y Ducado de Vasconia». O sea: los territorios de la Montaña (Cantabria), especialmente los municipios de Castro Urdiales y Reinosa; la mitad de la provincia de Burgos; La Rioja, Navarra y Huesca enteras; grandes áreas de Soria, Zaragoza y Lérida, y el territorio francés formado por Burdeos, Toulouse y la costa francesa del Golfo de Vizcaya. Por supuesto, el fundamento histórico se basaba en el par de décadas en las que las provincias vascas dependieron del Reino de Navarra; no de los más de mil años que estuvieron unidas a la Corona de Castilla.
Naturalmente, al «imperialismo» nacionalista vasco poco le importa lo que digan los naturales legítimos de los territorios que se atribuyen, como es el caso, por ejemplo, de la Comunidad Foral de Navarra que elección tras elección y desde hace un cuarto de siglo rechaza por abrumadora mayoría su inclusión en el País Vasco y refuerza su derecho a una personalidad y fueros propios dentro de la España constitucional.
Tanto el nacionalismo catalán, como el gallego basan fundamentalmente su razón de ser, en la lengua y en una historia manipulada a conveniencia. La lengua, pues, es utilizada por ambos nacionalismos para sus afanes colonialistas, que naturalmente quedan reflejados en sus cartas geográficas. Todo ello mediante una sistemática presión cultural y política, que incluye el registro de franquicias de sus partidos nacionalistas en los territorios a «colonizar», como por ejemplo la presencia de Esquerra Republicana de Cataluña en el campo político valenciano y balear o el BNG en el Bierzo y en la franja occidental de Asturias.
La lengua por bandera
Los nacionalistas catalanes en todos sus mapas oficiales de lo que ellos denominan los «Països Catalans», incluyen el Rosellón francés,la Comunidad Valenciana, la Comunidad Balear y a toda la franja del levante aragonés, sin importarles el rechazo mayoritario sistemático de estas comunidades a ser «engullidas» por Cataluña. La utilización política de la lengua es motivo de enfrentamiento, incluso entre las instituciones autonómicas, como el consabido y ya tradicional «rifirrafe» entre los gobiernos catalán y valenciano, por el nombre de la lengua. Los nacionalistas catalanes presionan para que sea reconocida como catalán, mientras que desde Valencia defienden que en su Comunidad se hablaba valenciano mucho antes de que Cataluña existiera como tal.
El caso gallego es muy similar. La presión lingüística, cultural y política del BNG en la tierra leonesa de El Bierzo y en el occidente asturiano, también provocan movimientos de rechazo en estas zonas, incluso a nivel institucional. El Gobierno autonómico de Asturias ya mostró su malestar ante las sospechosas aspiraciones expansionistas del BNG, expresadas por esta formación nacionalista gallega nada más formar con el PSOE el gobierno de la Xunta. El último episodio de estos enfrentamientos ha sido con la Comunidad Autónoma de Extremadura, tras la pretensión del nacionalismo gallego de meter baza en la protección de la lengua que se habla en los municipios cacereños de Eljas, Valverde del Fresno y San Martín de Trevejo, que el BNG considera gallego y que los extremeños llaman «a fala», un «dialecto derivado del tronco común del galaico-portugués, con adherencias asturleonesas». El propio presidente extremeño, Rodríguez Ibarra, ha advertido al BNG que se olvide de sus «delirios imperialistas» en lo que se refiere a territorio y «fala» extremeños.
Aunque estos son los más pujantes, existe en la actualidad una desmesurada proliferación de grupos nacionalistas minoritarios, que incluso difieren entre sí en las alianzas y «reivindicaciones» territoriales. Por ejemplo, Tierra Comunera reclama la unificación en una sola «nación» -la castellana- de las cinco Comunidades autónomas que históricamente formaron parte del Reino de Castilla: Cantabria, Castilla y León, La Rioja, Madrid y Castilla-La Mancha. No cuenta, sin embargo, con que dentro del propio mapa que reivindica tiene sus propios movimientos disgregadores: un Bierzo amenazado por la expansión gallega, donde hay grupos que reclaman: «Fuera ataduras con los godos imperialistas de León», aunque la apreciación más objetiva es que sus habitantes lo que realmente se sienten es bercianos y reclaman ser provincia. También existen grupos leonesistas que reclaman una comunidad autónoma propia, o ligada al viejo reino astur-leonés, o integrada por las provincias de León, Zamora y Salamanca. La misma contradicción se da en Cantabria, donde nos encontramos un nacionalismo residual, «Conceju Nacionaliegu», autodeterminista, que no reclama territorios ajenos, pero deja abierta la posibilidad de «libre adhesión de territorios históricos cántabros a la actual Comunidad Autónoma», mientras que la «Asociación para la integración de Cantabria en Castilla y León» (AICC) esgrime encuestas en las que un 46 por ciento de los cántabros son partidarios de volver a integrarse en Castilla.
En la «realidad nacional» andaluza, su nacionalismo oficial no se mete en berenjenales territoriales, pero algún grupo radical, como «Nación Andaluza», da algún bocado a las Comunidades vecinas al reclamar «la franja de Sierra Morena del Valle de Tentudía hasta el río Ardila (en Badajoz), el Valle del Alcudía (en Ciudad Real), y la sierra de Alcaraz (en Albacete)».
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