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Antiespectador

E. RODRÍGUEZ MARCHANTELars Von Trier es un cineasta, pero si fuera un coche no tendría frenos y sería prácticamente imposible de conducir. Como cineasta es todavía más peculiar y peligroso que un

Actualizado 21/08/2009 - 04:26:46
Lars Von Trier es un cineasta, pero si fuera un coche no tendría frenos y sería prácticamente imposible de conducir. Como cineasta es todavía más peculiar y peligroso que un coche sin frenos, y ante su cine se está tan sereno y relajado como con la propia cabeza en el hueco de una guillotina. Ha hecho películas tremendas, terribles, como «Rompiendo las olas», «Los idiotas» o «Bailar en la oscuridad», aunque ninguna de ellas se acerca a la aterradora crueldad y al espanto puro de «Anticristo», una obra que quema a la vista y que te enfrenta a abismos inexplorados del ser humano, o inhumano, a estados de ánimo, o de desánimo, atroces y extremos, una obra que invita al perplejo, escandalizado y acobardado espectador a mirar la locura, la depresión, la culpa y la penitencia mucho más allá de cualquier límite imaginado. La cuestión es si las ganas enfermizas de llegar más allá del extremo le impiden a esta película de Lars VonTrier conectar con alguien y que ese alguien comprenda (entienda) todo lo que de humano tiene tan inhumana manera de contar la historia. No es fácil ver lo esencial a través del afán provocador de este hombre.
Si sólo se escribiera esto para orientación del lector de ABC o de cualquier otro diario, el primer impulso sería ahuyentarlo de la tentación de someterse al calvario de ver «Anticristo», pues en la pantalla le esperan imágenes de un sadismo insoportable, todo tipo de torturas y sufrimientos, una historia cuya conexión con lo «normal» es nula y que probablemente le arruinará con suerte sólo una tarde. Pero, se intentará, no obstante, añadir algo más para aquellos que sucumben a las tentaciones y que pretendan llegar más allá del mero horror a ver qué encuentran.
El argumento es, a pesar de todo, sencillo: los instantes de felicidad amorosa de una pareja son el preludio de la tragedia de su bebé y la cámara de Lars Von Trier recoge esa contradicción en unos instantes de cine tan puro, tan grotescamente estético, que anuncia en cierto modo el revuelto de tripas que se avecina. El sentimiento de culpa precede a la depresión, y la depresión precede al sufrimiento, y el sufrimiento precede al perdón, y el perdón precede al Maligno... Es el retratode una caída en picado al infierno, sin moverse prácticamente de los cuerpos de esa pareja perdida. Los actores, Willem Dafoe y Charlotte Gaingsbourg, se someten a tal grado de humillación que su trabajo (visualmente deleznable) es de una exigencia brutal, y tanto sus escenas de sexo como las de puro canibalismo emocional, de crueldad y perversión provocan el mayor de los rechazos. Tal vez por ello tenga aún más valor el premio de interpretación que CharlotteGaingsbourg ganó en el último Festival de Cannes.
Pero, ¿qué hay, qué puede haber, detrás de tanto acto delictivo contra la serenidad del espectador?..., ¿qué hay que encontrar allí que merezca el esfuerzo de tanta visión desagradable, escandalosa?... Probablemente nada más que ese minucioso retrato del barranco de la locura, del elogio insano de la penitencia despiadada, o el hallazgo de que, en efecto, Lars Von Trier es el artista en estado impuro, capaz de remover su propia sangre en un caldero para ver allí la espuma de su irrefrenable y sombrío talento. Nadie había captado esa cara oculta del alma humana cuando quema sus últimas naves tras el dolor por la pérdida de un hijo; pero, ¿había que verla?
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