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Dos obsesiones peligrosas

ALFONSO Guerra, jibarizado por el PSOE a la condición de presidente de la

Actualizado 20/10/2006 - 07:32:54
ALFONSO Guerra, jibarizado por el PSOE a la condición de presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, ha hecho -en una sobremesa del Club Siglo XXI- un diagnóstico inteligente de la penosa situación que vivimos. Después de reconocer la menor estatura intelectual, política y humana de los líderes vigentes en comparación con los artífices de la Transición, el veterano socialista señaló los dos puntos germinales del conflicto -artificial- que nos tiene a todos tensos y que, de hecho, crispa y angustia la convivencia cotidiana. Está, de un lado y según Guerra, la obsesión del PP -creciente desde 1993- de denigrar al PSOE como única arma eficaz en la confrontación bipartidista; y está, del otro y según la misma fuente, la equivocada obsesión del PSOE por aislar al PP y trasladar al «otro» gran partido nacional al extrarradio de la realidad y el juego político.
Esas dos obsesiones que señala Guerra y que, sin necesidad de muchos matices, resumen con lucidez, al margen de la tensión centrífuga de los nacionalismos, el momento que atravesamos con evidente dolor cívico, parecen muy peligrosas. Son una bomba de tiempo colocada bajo el texto constitucional y conectada, mejor que a un reloj, al giro de una ruleta. Todo lo catastrófico es posible a partir de ese momento y bueno sería, para neutralizar la situación y su incómoda percepción, «recuperar el espíritu constitucional». Esa es la fórmula que, como colofón de sus divagaciones de café y copa -el escenario en que opera, cuando quiere hacerlo, la inteligencia española- cerró el análisis del sevillano.
Es un hecho cierto que el PP, especialmente en la segunda legislatura aznarí, provocó demasiadas tensiones, generó enemigos innecesarios, marginó cualquier muestra de talento y reclutó y promovió en sus filas demasiados nombres menores para un proyecto nacional de mediana envergadura. Estamos, con la circunstancia añadida del 11-M, en la inacabable resaca de aquella melopea; pero, como también dijo Guerra tras un almuerzo de imposible indigestión, corresponde al PSOE la responsabilidad de revertir la situación.
Fueron, precisamente, los acuerdos de botillería entre Alfonso Guerra y Fernando Abril Martorell los que más -y antes que el de los siete padres de la Constitución- hicieron posible el consenso en el texto que, desde 1978, rige nuestras vidas ciudadanas. Muchos de ellos han caducado en su valor y algunos, como los referentes al Título VIII, han agotado su buen sentido. De ahí que la vuelta al «espíritu constitucional» que Guerra solicita resulte imprescindible. Será difícil reconstruir el ambiente propicio cuando la saña es común en el enfrentamiento de los dos grandes partidos. Sólo un ataque de responsabilidad en quien ocupa el turno de poder y grandes consumos de tila en las filas populares pueden neutralizar esas inquietantes obsesiones.
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