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«La vida perra de Juanita Narboni» y de la industria del cine español

Con el amargor cítrico del texto de Ángel Vázquez saca Mariola Fuentes auténticos ladridos a su Juanita Narboni, metáfora todo ello del runrún quejoso del cine español

Actualizado 20/09/2005 - 09:58:48
EFE  Farida Benlyazid, con Mariola Fuentes, Nabila Baraka y Salima BenMoumen
EFE Farida Benlyazid, con Mariola Fuentes, Nabila Baraka y Salima BenMoumen

E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

SAN SEBASTIÁN. La vida es un monólogo y a uno se le va poniendo ya cuerpo de oreja. Ayer era el día de reflexión del cine español, aunque el que competía por la Concha de Oro sólo lo era en parte. Juanita Narboni, el grandioso y patético personaje creado por la literatura de Ángel Vázquez, es medio española y medio inglesa, por parte gibraltareña, aunque de Tarifa y recriada en Tánger; aunque la película en la que ha caído era hispano-marroquí: «La vida perra de Juanita Narboni» la ha dirigido Farida Benlyazid, pero le pertenece en cuerpo y alma a la actriz española Mariola Fuentes, cuya voz y pensamiento no se dejan de oír ni un solo instante.

Volvemos al principio: la vida es un monólogo y ayer era el día de reflexión del cine español: el Ministerio de Cultura había organizado una mesa redonda al calor del epígrafe «Cine y Democracia». En el centro de la mesa, la ministra de Cultura, Carmen Calvo, que también hizo una vez un papelito en una película, tal y como recordó Pilar Bardem (en una esquina de la mesa); y alrededor de la ministra, pues algunos de los que han hecho el cine de estos últimos treinta años: desde Querejeta o Gutiérrez Aragón, a Gerardo Herrero o Ventura Pons... La letra fueron más o menos desgranándola todos ellos, que, salvo excepción, la llevaban escrita en un papel; en cuanto a la música, pues ya nos la conocemos todos: tenemos tan dentro el soniquete, que se puede tararear mientras suena un pasodoble. El cine español es bueno, y hay mucho talento en sus diversas capas; el Estado ha de tratarlo como si estuviera enfermito y darle merluza, pero en realidad no lo está porque hay mucho talento y refleja tanto de nosotros mismos como el espejo contra el que nos afeitamos... Eso puede ser la letra, o la música, según.

El caso es que la película española, o medio española, proyectada ayer necesitará toda la ayuda que le brinden: «La vida perra de Juanita Narboni» es una película muy especial, con un texto en «off» que hace surf sobre la imagen y una Mariola Fuentes grande y entregada que va tejiendo poco a poco su personaje amargado, recocido en vinagre, pero lúcido, gracioso y ácido como para sujetar con su exclusiva pinza toda la película. Sus descripciones, observaciones, improperios, pareceres y análisis de la época (puro franquismo), del lugar (Tánger como contraportada de Casablanca) y de las gentes son fogonazos de texto aliñado de imagen. Desde luego Mariola Fuentes, con la composición de la descomposición que hace, con su trapaceo en tres y cuatro idiomas, que para eso su personaje «tamién e inglé», tiene que estar compitiendo al final por el premio de interpretación.

Un tipo gris y una mujer luminosa

La película francesa «Yo no estoy aquí para ser amado», de Stéphane Brizé, también pretendía la misma amargura interna que la hispano-marroquí, y tenía también su personaje amargado, aunque sin gracia. La historia transcurre alrededor de un tango, el que bailan un tipo gris y una mujer luminosa a punto de matrimoniar, y de las eventualidades que les surgen y que contribuyen todavía más a su desgracia. Bueno es una de esas películas que se ven venir desde lejos: esas cábalas que se hace uno mientras transcurre la historia de la película, se van cumpliendo como si las leyera Rapel (o Rappel), y eso no ocurre porque el director y el espectador sean almas gemelas, sino porque el guionista coge avenidas en vez de caminos. De todos modos, «Yo no estoy aquí para ser amado» tiene buenos momentos, algún tango emocionante y un modo severo, pero irónico, de decir las cosas.

También se proyectaba ayer, a capón, otra película a concurso, la coreana «April snow» (o «Nieve en abril»), título que se descubre en su apasionado y muy sensible final. La historia que cuenta el director Hur Jin-ho podría estar entre Borges y Almodóvar: un hombre y una mujer se conocen cuando descubren que sus cónyuges eran amantes, han tenido un accidente y se encuentran en coma en el Hospital. No hablan con ellos, los que están en coma, sino entre ellos, la pareja «toreada», y no enseguida ni de cualquier modo (la película hubiera durado media hora menos) empiezan una relación abotonada de ternuras y compasiones. Es una película bonita y que no defrauda al espectador con presentimientos, que la ve venir de lejos.
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