Gente

Gente&Estilo

Hemeroteca > 20/08/2002 > 

Greta Garbo: el cisne y el dragón

Actualizado 21/08/2002 - 23:52:11
Otoño en Central Park y, como en una película de Richard Gere, todo porque un día que iba buscando alguna historia que contar, encontré a Ingrid Bergman -ya con un pecho menos- corriendo bajo los altos árboles en soledad. Vivía cerca y sólo la seguía a distancia su propio resplandor. A veces me daba un garbeo por el corazón vegetal de Nueva York, cuando Nueva York era Nueva York, esto es, antes del 11 de septiembre, que hoy se llama «Están clavadas dos cruces». Por si las historias. Siempre es apetitoso, recomendable, descubrir cómo «sudan las leyendas», el mito en chándal, cuando el linimento manda sobre el Guerlain que usaba Napoleón. Y fue en Central Park, todavía no se había hecho rico el vendedor de flores -griego, naturalmente- que ofrece su mercancía a la puerta de la espantosa casa donde fusilaron a John Lenon, que un día me dijo en Almería: «A mí lo que me gustaría es ser un gato en la nueva vida, porque así viviría siete vidas...», donde descubrí a Greta, envuelta en un pijama «sport» gris, seguida a una mínima distancia, pero estableciendo la separación claramente de una crepuscular de ojos brillantes. Niebla en la mañana, el pelo recogido en un gorro de lana, zapatillas sudadas -conozco a una modelo impresionante a la que le huelen los pies-, chac, chac, chac, sobre la grava. Alta, flaca, la «Reina Cristina de Suecia», en el cine, la «divina misteriosa» -es ella, es ella, me dije-, y contuve la respiración, casi pensé «ha merecido la pena no sólo haber venido, sino haber vivido incluso», para sentir este momento y, sobre todo, para contarlo. De pronto, «aquélla» se volvió, tomó de la mano a la dama, tenía ojos de española y emitió un suspiro largo, bronco, que yo había escuchado sin embargo antes en algún otro sitio y anoté en el cuadernillo de urgencia, a mano, siempre a mano «El grito de Greta».
Y a continuación: «Ronco habla el cisne». Porque los cisnes graznan, claman, con una música que no les corresponde, parece mentira. Y recordé cómo en la noche me despertaban los cisnes de aquel parque en Finlandia, parece que fue ayer, que aullaban como dragones.
Y ahora de nuevo la historia se repetía. Fue hace veinte años, más o menos, cuando yo, como el que va de paso -un hispano sin trabajo aparentemente- sentí respirar a Greta Lovisa Gustafson, que de vivir cumpliría, en un mes tan solo, noventa y siete años de vida. Quién me lo iba a decir a mí que la iba a tener tan cerca y tan lejos al mismo tiempo en el banco de al lado, justo al lado, al pie del nogal encendido. Jadeante, las alas caídas, aquella mujer a la que se le podía ver a la primera como le «tililaba» el pulso en la vena larga del largo cuello, sobre todo, en las escenas de amor privadas con John Gilbert, que en cambio sufría de una voz de oropéndola insoportable.
Hacía muy poco, sin embargo, de aquel día en que Jacqueline Kennedy había vuelto a llamar al teléfono más privado de G.G. para pedirle, en persona, «fecha y hora para una cita». «Dígale a la señora que sólo deseo hablar con ella sobre el tema de sus memorias y que sólo la molestaré como mucho treinta minutos, y que sé que le será muy interesante mi ofrecimiento». Y Greta, envuelta en la seda de su propia piel, respondió como siempre con la voz quebrada, como la Niña de los Peines a las cuatro de la mañana:
-Que vuelva a llamar otro día, a nadie le importa mi vida, tan sólo a mí, si es que me importa.
Y no las hizo. Eso sí, Jacqueline, que era entonces editora de libros, viuda de dos dioses ya, consiguió la cita años después, porque la propia Reina de Suecia la había llamado, desde el Palacio Real de Estocolmo, para pedirle «por caridad» una fecha en la agenda vacía de la más grande. Pero no sirvió para nada, en el boca a boca.
-Todo el mundo sabe ya, señora Kennedy...
-Por Dios, llámeme Jackie, Greta. Que yo me pasé media juventud enjabonando barbas en mi barrio, como ayudante de un barbero.
Fue a los catorce años -está en los libros de cine- cuando al morir su padre tuvo Greta que ganarse el pan. Nada parecía vislumbrar lo que le esperaba. Después vendió sombreros en los almacenes Bergsmenton. Por eso le gustaban tan poco. Y luego, «Ana Cristie», «La leyenda de Gosta Berling», «La mujer divina», «La dama misteriosa», o «Romance». Fría en el estudio, ardiente en la alcoba «Ninotcka». Leopoldo Stokowsky la hizo música y viajó con él, en el foso de la orquesta; en diecinueve años de cine, veinte romances como de cine y sólo veinticinco películas. Ni un Oscar, sólo uno en prueba de los servicios prestados, siempre soñándolo y despreciándolo al mismo tiempo. Greta, tan rica y tan pobre. Veo su casa sobre el azul de Saint Moritz, tantas veces la noticia de su muerte en los periódicos, hasta que hizo la «Mujer de las dos caras» con Cukor, donde se cortó la coleta. A mí me gustaba mucho, muchísimo, en «Margarita Gautier», y me parecía traslúcida como un farol chino encendido por dentro, y que iba desnuda, dicen a cenar sola, en el restaurante más brillante de Nueva York dentro de un abrigo de marta cibelina. Su amor más grande fue el de aquella dama española, la Acosta, de la que ahora se ha sabido cuando se encontraron sus cartas. Pero ni lo escondió ni lo aventó. Se fue del cine en el mejor momento, a los treinta y seis años, y desde su cama veía encenderse las luces del atardecer de los rascacielos de Nueva York, en Manhattan. Fue más grande en el cine callado que en el cine sonoro. Nadie la retrató como Daniels. El mundo le debe a Mauritz Stiller el que le cambiara el apellido Guftason por el de Garbo, que por otra parte no le correspondía, porque si algo Greta no tenía era garbo. Tenía misterio, fascinación, pero el garbo, según la academia, es una palabra española que quiere decir «elegancia», detalle, esa brizna como de duende oculto que aflora. En «Anne Christie» se supo que era cierto, año treinta.
-¡La estatua habla!
Si se le pedía el nombre de un hombre, si es que lo decía, decía John; y si el de una mujer, nunca daba el de su madre, derramaba el misterio de un perfume secreto de sombra y de jazmín al mismo tiempo: «Mercedes».
A veces sonreía. En «Ninotcka», todo el mundo adoró la nieve de su dentadura. Iba de la pasión a la depresión, que en el fondo es lo mismo, en trineo. Estaba enferma del cáncer del alma, de la angustia vital. Se sobrevivió a sí misma y se asegura que en privado iba vestida con una estameña de monja de lino blanco, atada a la cintura con una cuerda de esparto a juego y que caminaba descalza, con su pie inmenso sobre las alfombras de su inmenso apartamento, donde se nos fue en aquel hospital, se nos murió a todos, el quince de abril del noventa. Hoy, la diva sigue viva, en pie, de perfil, sobre la roca de la leyenda, como en «Ana Karenina», por ejemplo, Eduardo Chillida, el irrepetible, la habría levantado en sus dos materias irrenunciables. En hierro y viento. O sea: lo que nunca muere.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo último...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.