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EUROPA PIERDE A PERICLES

Actualizado 20/07/2004 - 02:03:29

EN días propicios al desaliento, alegra el ánimo releer la página más hermosa de la historia de las ideas políticas. Habla Pericles, el líder ateniense. Escribe (en puridad, recrea) Tucídides, el mejor historiador de todos los tiempos. Dice el párrafo nuclear: «Nuestra Constitución... se llama democracia, porque el poder no está en manos de unos pocos sino de la mayoría». La Convención incorporaba este famoso texto como pórtico del Preámbulo de la futura Constitución: gracias, amigos convencionales, por el buen gusto intelectual. En el último minuto, el Consejo de Dublín retira sin gloria la referencia cultural. No hay debate: nadie pide explicaciones y nadie las ofrece. Si jugamos a las adivinanzas, vale una justificación freudiana sobre los «actos fallidos»: ¿cabe hablar de democracia luego de tanta abstención? Es un juego demasiado sutil: creo sencillamente que Pericles importa muy poco a quienes deciden sobre asuntos tan graves como cuotas de poder y fuentes de financiación. Decía Zubiri que Europa es la suma de la filosofía griega, el derecho romano, la religión cristiana y la ciencia moderna. Veamos cómo queda el Preámbulo. Los griegos, expulsados. La jurisprudencia clásica, víctima del ordenamiento comunitario, farragoso e intervencionista. La Cristiandad, sinónimo de Europa, excluida en nombre de un laicismo mal entendido. En fin, para llegar a la ciencia habrá que rebuscar en la letra pequeña de alguna sección perdida. ¿Constitución?¿Europa? Sí, pero... Hablemos claro y que nadie pretenda eludir el debate bajo la consigna totalitaria de obligar al disidente a ser libre. Por fortuna, gozamos de una Constitución cuyo nombre es democracia...

Los enemigos de Europa son los eurócratas satisfechos y los integristas (casi todos) conversos. Los primeros, ya saben, fueron definidos por De Gaulle como un areópago tecnocrático, apátrida e irresponsable. Pero ahí siguen. Los segundos son todavía peores: se dicen europeístas, aunque proceden del nacionalismo rancio o de la vieja izquierda, enemigos todos en su día de la Europa «del capital y de las multinacionales». Unos hacían declaraciones en contra de la Europa «vaticanista» de Adenauer, De Gasperi o Schumann. Otros hablaban de vanguardias, autogestión y lucha de clases. Reciclados ante la tentación seductora del poder, comparten ahora un pensamiento único. Fuera de su cobijo, sólo hay tinieblas morales y populismo autoritario: encierran a todos los escépticos en el mismo saco, bajo amenaza más o menos expresa de criptofascismo. A los ingleses les da lo mismo. Los que vienen del paraíso semisoviético tampoco se asustan. Sin embargo, hay mucha buena gente de aquí y de allá que, entre la cobardía y el pudor, no manifiesta su opinión pero se queda en casa a la hora de votar.

Los líderes políticos y el tinglado comunitario no quieren tomarse en serio la advertencia democrática del 13-J. En la Europa de siempre, hubo acaso una yuxtaposición de elecciones internas. Entre los nuevos, la cifra de abstenciones -a veces, escandalosa- refleja una honda crisis moral, de consecuencias imprevisibles. Pero no existe propósito de enmienda; sólo ganas de superar cuanto antes el mal trago. A la semana siguiente, llega el acuerdo definitivo: ya tenemos «proyecto de tratado por el que se instituye una Constitución para Europa». ¿Versión oficial al margen de la vida real? Sí o no. Porque incluso esta Europa y esta Constitución pueden y deben suscitar la adhesión racional, ya que no consiguen el entusiasmo sentimental, de la gran mayoría de los ciudadanos. En España y en el conjunto de la Unión. ¿Por qué no lo explican bien? El asunto es muy serio: en el nuevo orden geopolítico mundial, Europa corre el riesgo (y no es catastrofismo) de convertirse de nuevo en un «continente sin nombre», como decía Herodoto de nuestra protohistoria. Veamos por qué.

Gane Bush o gane Kerry, sea en esta generación o en las dos o tres siguientes, el mapa del mundo se va a reconstruir según los planes del hegemón americano. Europa sólo puede sobrevivir como sujeto global si consigue aportar legitimidad y buen sentido a las andanzas, a veces erráticas, de la única superpotencia. Caerá en la irrelevancia si pretende competir con los Estados Unidos por razones de soberbia, envidia o ingratitud. Caminamos hacia una era imperial mientras aquí se juega a la multiplicación de pequeños Estados. Basta sin embargo con una especie de confederación en política internacional y una cooperación razonable en el plano económico para crear una apariencia suficiente. La política es retórica: con un trampantojo decoroso se mantiene un puesto en los manuales de Historia del siglo XXI. Sobra la jerga constituyente, pero el Tratado que nos aguarda apunta en buena dirección. Esto es, Europa de Estados y de ciudadanos, con fronteras cerradas para siempre: adiós al absurdo proceso de disgregación de las grandes naciones históricas. Europa que rectifica, aunque no lo suficiente, su incomprensible división de poderes y que asegura, aunque sea en segundo plano, una valiosa Carta de derechos. Europa, en fin, que ha mejorado (en el ámbito político, socioeconómico, incluso moral) a todos los Estados incorporados al proyecto común, realidad ésta que conviene transmitir, con palabras y con números, a los nuevos socios desmotivados. Todo esto y mucho más ofrece la Constitución. No nos empeñemos en exhibir las carencias: no existe el pueblo europeo; no contamos con políticos ejemplares para actuar como Padres Fundadores; los intereses particulares siempre van a prevalecer sobre la solidaridad transnacional. Vendamos lo que tenemos: una sociedad (no una comunidad) que sabe dar beneficios si se gestiona con eficacia. Callemos sobre lo que nos falta: ilusión, generosidad, grandeza histórica.

Perspectiva española. Todas las ventajas y alguna más (llave doble en el baúl de los fantasmas) son aplicables a nuestra vieja nación. Peroya no tiene sentido plantear el debate entre europeísmo y casticismo. De Unamuno, de Ortega, de Costa o de los Krausistas quedan páginas muy buenas y la gratitud debida a quienes, cada uno a su manera, quisieron lo mejor para la patria. Es un pésimo planteamiento, en cambio, identificar Europa con el progresismo y el interés nacional con la reacción. Ya nos entendemos, porque es lo mismo de siempre: se trata de expulsar al adversario desde el poder a la oposición y -ahora- desde la oposición a la caverna. La verdad es que España ha perdido una parte sustancial de la cuota de poder ganada en Niza. Ofende a la inteligencia sostener lo contrario. Habrá sin duda que contemplar el contexto: incluso Francia cede ahora en su tradicional paridad con Alemania; la nueva situación permite, si se juega con habilidad, mantener un margen notable de influencia; ningún Estado puede permitirse bloquear a las fuerzas profundas que mandan en la Unión de manera indefinida. Explíquese, porque todo es razonable, pero sin caer en mentiras ni chantajes.

Nostalgia de tiempos mejores. Encuentro en la biblioteca un libro precioso, como tantos otros de aquella época de los pioneros, cuando aquí sólo teníamos derecho a una mirada perpleja. Hablo de Tres milenios de Europa, de Denis de Rougemont, donde los nuestros ocupan, por cierto, el lugar de primer orden que merecen: Ortega, Madariaga, Díez del Corral. Nostalgia, en efecto, es la palabra clave. Por si a alguien le interesa: si alguien me lo pregunta, voy a votar «sí» a la Constitución europea, con la cabeza y (un poco) con el corazón. A los eurocrátas les vale para continuar. A los conversos, no les debe escandalizar: como es notorio, imito a su maestro Giscard («oui, mais ...») en aquellas lejanas querellas de la V República francesa.
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