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Mucho oficial y poco caballero nutre el antiamericanismo en Irak

Diferencias culturales, incomprensión, brutalidad y negligencias como que un soldado cachee a las mujeres alimentan la hostilidad contra las fuerzas de ocupación. La población dice no querer el enfrentamiento, pero liga todas esas circunstancias a la resistencia contra los norteamericanos

Actualizado 20/06/2003 - 07:55:16
En la imagen, la modelo Lean Tweeden a su llegada a Bagdad para entretener a las tropas. AFP
En la imagen, la modelo Lean Tweeden a su llegada a Bagdad para entretener a las tropas. AFP
BALAD (IRAK). En la mediana de la autopista del Norte de Bagdad un soldado norteamericano se dedica a encañonar de frente a los vehículos que circulan a su vera, cuyos conductores se llevan un susto de muerte al paso por tan singular puesto de vigilancia; a veces, el sujeto a cargo de la ametralladora que custodia los convoyes militares, en un arrebato de celo, apunta a los vehículos civiles iraquíes que intentan adelantar y que de inmediato cambian de idea. Es evidente la tensión en la que viven las fuerzas de ocupación que patrullan esta zona, considerada el núcleo duro de la resistencia antiamericana. Responsables estadounidenses aseguran que los ataques lanzados aquí son obra de los últimos nostálgicos de Sadam, que intentan establecer su base de operaciones en esta región de la que procedía buena parte de la Administración del viejo régimen... Y sin embargo, la población de estas ciudades no siente la menor nostalgia por el viejo dictador.
«Sadam y toda su gente eran muy ricos, y a nosotros sólo nos trajeron daños y pobreza. Yo estoy en contra de las fuerzas de ocupación, pero me alegro cuando se llevan a uno de esos», nos asegura Ibrahim, dependiente de una humilde bollería de la ciudad de Balad, donde las tropas norteamericanas iniciaron la operación «Escorpión del Desierto» con una espectacular caza de insurgentes emboscados en las afueras de esta ciudad. Aquí, y en la mayoría de las localidades del Norte, las tribus han designado a un alcalde y a un equipo de ediles que representan a cada uno de los clanes. En Balad, el regidor es un antiguo coronel de la Policía; en Samarra, un general del disuelto Ejército iraquí. Un pedigrí que nunca falla en la zona. Todos se deshacen en explicaciones sociológicas, históricas y políticas de por qué su ciudad nunca fue simpática a Sadam. Si buscamos nostálgicos de Sadam, nos hemos equivocado de sitio, insisten.
Humillación
No profesan en público ninguna simpatía a las fuerzas de ocupación, pero siempre subrayan que no buscan el enfrentamiento. Y sin embargo... al mismo tiempo sugieren una sutil relación entre los «rudos» hábitos de las tropas y el creciente antiamericanismo. Fawzi al Baldawi, recién designado regidor de Balad, insiste una y otra vez en la humillación que, en esta ciudad ultrarreligiosa, supone que un soldado cachee a una de esas mujeres cubiertas con un manto en el que sólo se abre una rendija para los ojos. Es una queja que se escucha a menudo. Y en efecto, responsables norteamericanos admiten que, en algún caso en el que no había mujeres entre las fuerzas encargadas del control, un soldado ha debido cachear a las mujeres con el dorso de la mano. Una acción que, en las localidades más ancestrales de este país, es casi el equivalente a una violación. El abismo cultural que separa a ciertas zonas de este país de EE.UU. y Europa puede causar muchos problemas y ser uno de los principales detonantes de la hostilidad hacia las fuerzas de ocupación.
Otro motivo de queja constantemente repetido es que las tropas se llevan el oro, el dinero y las joyas que encuentran en los hogares que registran. Responsables de las fuerzas de ocupación afirman que se ha requisado el dinero encontrado en las casas de responsables del viejo régimen y otros sospechosos. «A uno le dijeron que era dinero robado al pueblo y que había que devolvérselo al pueblo», nos cuenta un vecino que atribuye así unas insólitas intenciones socializantes a las fuerzas de ocupación. Sin embargo, en el relato popular queda más bien la impresión de que las tropas han llevado a cabo una detención con hurto adicional.
Soldados sin paga
Preocupación también repetida por los ediles de estas localidades es la «peligrosa» decisión de dejar sin paga a los 400.000 oficiales del antiguo Ejército iraquí, abandonados al pairo pero muy bien armados. Y agravio omnipresente es la rudeza -por decirlo suavemente- con que se llevan a cabo los registros y detención de sospechosos. Si ya impone verlos encañonando a los conductores, puede imaginarse lo que serán esas visitas en mitad de la noche con patada en la puerta... a veces, sólo en busca de las armas guardadas en cada hogar iraquí. Hayan sido o no objeto de uno de esos registros, es espectacular la indignación que se apodera de algunos hogares iraquíes cuando contemplan por la televisión las imágenes difundidas por Al Yasira de alguno de sus compatriotas cacheado, tirado sobre el suelo, con la rodilla del soldado extranjero sobre su espalda. La noticia del cotidiano atentado contra las fuerzas de ocupación no les afecta gran cosa, pero les conmociona hasta lo más hondo la imagen del iraquí cacheado sobre el polvo.
Y sin embargo, otra constante de estas ciudades es que ni los atentados ni las detenciones parecen ir con ellos. En Samarra se había lanzado un ataque contra un centro de coordinación de ayuda humanitaria en la noche anterior a nuestra llegada. Pero la población insistía en que no había pasado nada. Si acaso, alguno refunfuñaba que fue obra de «gente de fuera». La misma reticencia encontramos en Balad a que nos expliquen qué ocurrió en la famosa caza de resistentes que se llevó a cabo en el lugar. «Altos funcionarios del antiguo régimen, pero no gente de Balad», insisten. Nos tememos que aquí el iraquí esté poniendo de nuevo en práctica sus ancestral habilidad de supervivencia en tiempos de regímenes inciertos.
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