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Cuidado con los espías

Actualizado 20/02/2001 - 00:18:25
Estamos seguros, en cuanto ciudadanos, de desear para el Estado unos Servicios de Inteligencia? ¿Con qué prerrogativas los revestimos de modo que puedan ser útiles a todos sin ofender los principios de nadie? No es este un asunto sencillo y menos aún si, en crisis de conceptos patrióticos, se quiere observar la Ley al tiempo que se pronuncian, marcando bien la jota, las palabras espionaje y contraespionaje. Ya damos por supuesto que, naciendo un nuevo siglo, nos repugna una idea como la del peliculero James Bond, con licencia para matar; pero, más acá, ¿les damos licencia a nuestros agentes para saltar semáforos en rojo o nos instalamos en la ortodoxia celestial?
La mayor ventaja de las democracias viejas es que este tipo de engorrosos asuntos ya los tienen debatidos, asumidos y en funcionamiento. Aquí, donde tenemos aún por descubrir los límites entre el poder y la oposición, entidades como el CESID, en olvido de sus antecesoras, parecen hechas sobre un dibujo de Ibáñez —los planos de la TIA— y ejecutadas por los propios Mortadelo y Filemón. Es una máquina defectuosa en la que parecen encajar mejor las chapuzas que las irregularidades, los pícaros que los astutos y en la que se instala la contumacia.
Aparte de buscarle al nuevo CESID un nombre distinto, labor piadosa, y de dotarle de medios suficientes y personal que no repugne a la idea de la inteligencia, hay dos notas sin las que difícilmente un servicio de esa naturaleza podrá resultar útil al Estado y provechoso a la Sociedad: un régimen jurídico adecuado, que es lo que estudian los sabios de Defensa y deberá aprobar y perfeccionar el Parlamento, y un sistema de captación, formación y desarrollo de personal muy distinto a los que se han venido utilizando con evidente escaso aprovechamiento.
Muy posiblemente, aun tratándose de un servicio civil, sean los militares quienes por formación, vocación, actitud y aptitud —salvo especialidades muy concretas— mejor pueden nutrir esos fijos de servicio. Sea, pero con un límite. El camino no debiera tener retorno. Buena parte de las disfunciones y corrupciones de nuestra vida pública arrancan del funcionario de ida y vuelta, del que es para dejar de serlo y poderlo volver a ser. Ya que entendemos como necesaria la figura del funcionario vitalicio, que no pueda ser también polivalente. No se puede servir a dos señores, ni sirviendo a uno solo tener en la cabeza la hipótesis de otro. Si un oficial, o jefe, del Ejército entra en la Inteligencia civil, como si lo hace un juez, o un inspector de Hacienda, habría de ser con la pérdida definitiva de su condición anterior.
Todo lo demás, lo técnico y lo organizativo, se puede imitar, no lo sé, de la CIA o del MI6; pero esa nota peculiar de la idiosincrasia del funcionario español hay que tenerla en cuenta, con el máximo rigor, si no queremos seguir con un Servicio que, en el mejor de los casos, no se enteró del 23-F y, desde entonces, se ha enterado más de lo que no debe que de lo que debiera. Y todo, ya digo, después de contestar la pregunta de más arriba: ¿queremos y/o necesitamos Servicios de Inteligencia? ¿No nos bastan los militares y el de la Guardia Civil?
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