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Fantasías sobre las mujeres

Título: «Contra el feminismo»Autor: Edurne UriarteEditorial: Espasa CalpeColección: Espasa HoyPáginas: 256Precio: 21,00 eurosFecha de publicación: 22 de eneroLa escritora Edurne Uriarte reflexiona en

Actualizado 20/01/2008 - 02:43:38
Edurne Uriarte  Escritora y catedrática de Ciencia Política
Edurne Uriarte Escritora y catedrática de Ciencia Política
Título: «Contra el feminismo»
Autor: Edurne Uriarte
Editorial: Espasa Calpe
Colección: Espasa Hoy
Páginas: 256
Precio: 21,00 euros
Fecha de publicación: 22 de enero
La escritora Edurne Uriarte reflexiona en «Contra el feminismo» sobre todo aquello que el feminismo no ha contado sobre la igualdad. La manipulación del techo de cristal, las fantasías sobre el estilo femenino del poder, el falso pacifismo, el nuevo biologismo, los viejos clichés sobre la sexualidad. O las tentaciones de la dependencia de las musas contemporáneas
PREPUBLICACIÓN
Vivimos la primera experiencia histórica de la educación para la independencia de la inmensa mayoría de las mujeres. De las mujeres y de toda la sociedad. Los valores dominantes indican ahora que ellas ya no dependen de ellos, que deben desarrollar su independencia en todos los campos, que la relación entre sexos está presidida por la más absoluta igualdad. Que ellas están destinadas a sobrevivir profesional, económica y vitalmente. Por sí mismas. Que sus aspiraciones deben ser las mismas que las de los hombres. Que juegan con las mismas reglas. Que el poder, en la familia, en la vida profesional o en la sociedad, está ahí para que se haga con él cualquiera, hombre o mujer.
Muy atractivo, en teoría. Porque, una vez abierta esa nueva sociedad de las oportunidades femeninas, nos hemos encontrado con el hecho de que algunas mujeres, bastantes, no tienen ninguna prisa en hacerse con ellas. Que prefieren el modelo clásico. Que ellos persigan las oportunidades, que ellas les acompañarán. Es más cómodo. Hay que limitarse a estar, no a hacer.
Ellas quieren ser musas, como en los viejos tiempos, cuando ellos creaban y ellas ponían la cara, sobre todo si la cara era bonita. A algunas esto les parece un chollo, quizá por la sencilla razón de que es realmente más cómodo y práctico que se inspiren los demás y no tener que hacerlo tú misma. Tener una idea siempre es complicado. Tumbarte en el sofá mientras él la alumbra parece más sencillo. (...)
Junto al de concubina, el concepto de musa, tal como se aplica en el español común, y no en el sentido explicado por el diccionario de la Real Academia Española, es seguramente el concepto más machista que circula por la vida diaria de nuestras palabras y de nuestras ideas. Se aplica a aquellas mujeres que inspiran la creación de los hombres. ¿Cómo? Pues he ahí el segundo problema de la palabreja, que la inspiración se produce habitualmente por medio de los encantos físicos de la fémina, no por su sugerente conversación intelectual sobre la obra del artista.
Como esto aún les parece muy estimulante a los liberados e igualitarios hombres, y mujeres, de los países desarrollados, muchos insisten en la fascinación por la figura. Por ejemplo, con una reciente película llamada «Factory Girl», basada en una gloriosa vida que ya hizo merecedora a su protagonista de una biografía antes de esta película. La gloriosa vida de una musa. Se llamaba Edie Sedgwick y brilló en los años sesenta en Nueva York. ¿Su aportación a la historia? Acabo de contarlo, fue nada más y nada menos que una musa. (...) Sus méritos consistieron en fascinar a Andy Warhol y en enamorar a Bob Dylan, o quizá algo menos profundo que enamorar, pero lo suficiente para que Dylan le dedicara una canción. La musa inspiró la siguiente impresionante frase de dicha canción: «Hace el amor como una mujer pero se rompe como una niña».
Ambos logros, la fascinación de Warhol y el interés de Dylan, se produjeron, a la vista de los datos de la biografía de Sedgwick, por sus méritos físicos, dado que no es posible encontrar algún rasgo significativo más en esa biografía que su belleza. A no ser que consideremos méritos su falta de calidad como actriz, que ni su condición de musa pudo ocultar, o el haber sido hija de una rica familia cuyo dinero rápidamente dilapidó en juergas en Nueva York, o, sobre todo, su principal aportación, el consumo desenfrenado de drogas; eso sí, siempre con un aspecto muy chic, embutida en la ropa más cara de Nueva York y con el fondo decorativo de la Factory de Andy Warhol.
Murió de una sobredosis en 1971, a los 28 años. Así acabó la vida de una musa que ingresó unos años antes en el olimpo de los dioses a través de un sistema ciertamente muy tradicional en lo que a relación de géneros se refiere. En una de sus juergas nocturnas, su única ocupación conocida, fue descubierta por Andy Warhol, que cayó rendido a sus pies. No porque estuviera recitando su última creación poética, o cantando con una maravillosa voz, o tocando una pieza al piano, o haciendo un fascinante análisis de la situación bursátil. No, Sedgwick bailaba subida a una plataforma. Los biógrafos no especifican el número de copas que tenía en ese momento en su cuerpo. Da lo mismo. Inspiró a Warhol. (...)
El sesentón y su musa
Una de las más gloriosas aportaciones a la supervivencia de las musas la hacía «El País Semanal» a fines de enero de 2007, con motivo de la entrega de los Goya. La portada era impresionante. Bajo el título «Parejas de hecho. Siete directores de las películas que compiten hoy en los Goya con sus actrices fetiche», el director Bigas Luna, sesentón, ¿quizá setentón? vestido hasta las orejas, con jersey de cuello alto, sostenía en su regazo a una jovencita con aspecto de ser su nieta, a no ser por el detalle de que la supuesta nieta miraba provocativamente a la cámara, cual estrella de cine porno, ligera de ropa, quizá para compensar el cuello alto de Bigas Luna, y con las piernas bien abiertas. Como es costumbre en estas parejas de creador y musa, el hombre, o sea, el creador, miraba pensativamente a la cámara, en actitud de «tengo una idea, aunque no lo parezca por esta ridícula fotografía, y no paro de pensar aunque tenga que hacerlo en esta pose de viejo verde». Ella, la actriz fetiche, la musa, miraba con la boca ligeramente entreabierta, como también es de rigor en las musas, en actitud de «estoy aquí para provocar los deseos sexuales de los hombres y no para pensar, que eso lo dejo al creador éste del cuello alto que me sostiene».
El reportaje consiguiente no tenía desperdicio. Otras seis parejas, todas, por supuesto, con director siempre bien tapado y con la boca cerrada, pues ellos no están para provocar las fantasías sexuales de las lectoras, sino para aportar grandes obras de arte a la humanidad, y de actriz en el papel de objeto de inspiración. Ellas, las musas, preferentemente con boca entreabierta y mucha teta, o, en su defecto, mucha pierna, hombro o similar, excepto, hay que aclarar, en una fotografía, la de Antonio Banderas y Victoria Abril, con estética del XXI.(...)
El papelón de Woody Allen
Ellos no tienen ningún problema en hacer de viejos verdes con sus musas. Hasta Woody Allen, un director cuyo extraordinario talento parecería suficiente para evitar esa clase de papelones, protagonizó otro glorioso reportaje, esta vez de «XLSemanal». Bajo el título «Woody y sus musas. El mago de Mannhatan confiesa sus dos pasiones: Scarlett Johansson y Penélope Cruz», otra portada muy semejante a la comentada más arriba mostraba a un setentón, Allen, sin jersey de cuello alto, pero cubierto hasta las orejas,en actitud pensativa y trascendente, con una Scarlett Johansson vestida, mejor dicho, ligeramente vestida, de chica Pin-Up. Y con la boca abierta, por supuesto, como corresponde a las musas. En el reportaje interior, otra fotografía aún más ridícula que la de la portada, con Johansson tumbada delante del creador y un Allen que parecía pensar lo mismo que en una de sus películas anteriores, «Match Point». Que se resigna a las supuestas reglas del mercado y sacrifica la vocación intelectual y sofisticada de sus películas clásicas por chicas Pin-Up que resultan grotescamente ridículas al lado del anciano director.
No les importa, por supuesto. Ellas quieren ser musas. Es un negocio muy gratificante y sencillo. Basta con ser bella y llevarse bien con las cámaras. Del resto se ocupa él, el creador. Hay mujeres que prefieren seguir de musas, sentándose en los regazos de los setentones, fungiendo de adorno más o menos vistoso y colorista de las ideas de los demás, de los hombres. Es otra de las caras de la revolución igualitaria del siglo XXI.
Y las creadoras miran a otro lado
En la primavera de 2007, varias mujeres profesionales del cine español, directoras, productoras, críticas, organizadoras de festivales, investigadoras de cine, crearon la Asociación Cineastas y Medios Audiovisuales (Cima) con el objetivo de promover la igualdad en el cine, de impulsar la participación de más mujeres. La presidenta de la asociación, Inés Paris, codirectora de «A mi madre le gustan las mujeres», afirmaba que «Nos preocupa que las imágenes tienen que ver con quien las crea, y aquí son sólo los hombres. Estamos apartadas de construir y contar la realidad». Y también que «El problema fundamental es que no se tiene acceso a los puestos de responsabilidad. En los rodajes hay muchas mujeres cortando el tráfico o en otras labores, pero no dialogando con el director o jugándose el tipo económicamente».
El problema de las profesionales de esta asociación es que no se preguntan por las razones profundas de esa desigualdad, aunque las tengan al alcance de la mano. Bastaría con que preguntaran a los chicos y chicas que aspiran a dedicarse al cine y calcularan después el porcentaje de ellos y de ellas que sueña con ser director, o guionista, o productor, o con ser actor. O musa y muso. Esta misma asociación ha constatado que, de las 134 películas estrenadas en España en 2006, tan sólo 7 fueron dirigidas por mujeres, y otras cuatro, documentales, codirigidas. Tan sólo 4 de las 41 óperas primas estaban firmadas por mujeres y sólo un 15% de los guionistas o de los productores eran mujeres. (...)
El cine no es la realidad, dicen, pero refleja todos los sueños de la gente de la realidad. Según la filósofa Anna Mercadé, autora del libro «Dirigir en femenino», cada vez hay más chicas jóvenes que no quieren trabajar, que no quieren saber nada de la independencia económica y que lo que quieren es buscar un marido que las mantenga. Piensa que hay una involución, que vamos hacia atrás. No creo que el proceso sea tan dramático, sin embargo. Las cifras globales no lo indican. Muestran que, en términos generales, las mujeres jóvenes del siglo XXI son completamente diferentes a las de hace un siglo. Entre otras cosas, porque ahora la mayoría quiere ser independiente. La dependencia es una tentación del pasado, un miedo a la evolución, a la libertad, a la responsabilidad, aquella que existe fuera del hogar, un vestigio del pasado y no una tendencia de futuro.
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