Espectáculos

null

Hemeroteca > 20/01/2001 > 

La timba del mal

Actualizado 20/01/2001 - 00:17:22
«Nada como la oscuridad para que los diamantes brillen con su más preciosa luz». Vittoria Corombona no se amilana ante el tribunal de leguleyos y prelados que la juzgan por asesinato y adulterio. Alrededor de ella gira la trama de «El diablo blanco», que en su primera edición londinense de 1612, añadía: «O la tragedia de Paulo Giordano Ursini, duque de Brachiano, con la vida y la muerte de Vittoria Corombona, la famosa cortesana veneciana». La obra escrita por John Webster, nacido en 1578 o 1579, unos quince años después de William Shakespeare, alaba el gusto del teatro isabelino y jacobino por la sangre, el sexo y el escándalo que el gran Will llevó a su cima en «Tito Andrónico». Pero Webster, más conocido por su «Duquesa de Amalfi», no consiguió zafarse nunca de la sombra de Shakespeare y su fortuna como dramaturgo fue bastante más escasa que su éxito como vendedor de carruajes, a pesar de devotos como el exquisito poeta T. S. Eliot, que incluso en su poema «Murmullos de inmortalidad» le concedió al dramaturgo un salvoconducto para regresar de la oscuridad: «Webster estaba obsesionado por la muerte / y veía la calavera debajo de la piel». La corte donde el mal halla confortable acomodo la sitúa Webster en la Italia de 1585: el duque de Bracciano concibe una pasión por Vittoria Accaramboni, que sólo sucumbe a sus requiebros después de que el duque se encargue de la muerte primero de su propia esposa y después del marido de Vittoria. Esos descabellos sirven de arranque a una trama de corrupción, crueldad y depravación que bien podría servirnos, con la condición de escrutar a fondo las sombras que nos rodean, para volver a ver lo que no vemos. Cuesta sin embargo reconocer a este «diablo blanco», aunque acaso señale al que se oculta tras la pedrería de la lujuria y la codicia del poder, una hipocresía mucho más difícil dedesenmascarar que el tradicional disfraz del diablo negro, que no puede ocultar ni el hedor a azufre de su lengua ni sus atributos. Lo peor del mal contemporáneo es que a menudo no lo parece, y sus repartidores visten trajes impecables. Cuando estallan los estragos son los toscos y zafios websters de nuestros días quienes no aciertan a quien culpar, aunque a veces señalen a los pobres por empeñarse en serlo.
La Brooklyn Academy of Music, uno de los teatros más inquietos del panorama neoyorquino, se atreve con producciones que en Broadway tendrían precaria por no decir imposible existencia. Lástima que este celebrado montaje de la Compañía de Teatro de Sydney, estrenado con motivo de los pasados Juegos Olímpicos, se quede en un ambicioso juego de buenas intenciones sobre el gran tapiz del mal, aquí apenas una timba pese al tono operístico que le da su directora, Gale Edwards. Hay una perversión moral en buena parte del teatro de nuestro tiempo cuando conjuga grandes producciones, montajes espectaculares y, como en esta ocasión, el reclamo de un gran texto clásico en el que la sola evocación de la tríada sexo-poder-crimen parece conjurar el fervor de las minorías ilustradas que, como en la Inglaterra isabelina, aman estos juegos morales sobre la cuerda floja del teatro y el mal. De esa perversión no se ha librado esta copiosa compañía australiana que intenta recrear la fascinación que el mal sigue ejerciendo sobre los humanos. Uno de los comentaristas que más ha celebrado este «Diablo blanco», Bryce Hallett, crítico teatral de «The Sydney Morning Herald», cae en una burda trampa que él mismo se tiende cuando para dar idea de la magnificencia del montaje cita primero al «Padrino» para explicar la fascinación de los súbditos de Jacobo I en la Inglaterra delXVII por la relación entre la sexualidad, la violencia y la política, y cómo la obra de John Webster, al igual que la trilogía de Coppola, se pregunta por la naturaleza del poder, la riqueza y la moral, para describir la sangrienta catarsis final como un «puro Scorsese». Triste teatro que se busca en el cine. Para ello no ahorra la directora ni efectos horrísonos de sonido y luz, y aprieta los senos desnudos de su bella protagonista (la actriz Angie Milliken) con un corpiño que exacerba hasta la saciedad lo que este tipo de teatro promete y no da.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo último...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.