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El inesperado éxito de Emilio Ybarra y Churruca

Actualizado 19/12/2001 - 08:23:54
Emilio de Ybarra ha ocupado la presidencia del Banco durante los últimos once ejercicios. ABC
Emilio de Ybarra ha ocupado la presidencia del Banco durante los últimos once ejercicios. ABC
Marzo de 1998. En el auditorio del rascacielos del BBV en el Paseo de la Castellana de Madrid, unos centenares de personas asisten a la presentación de «El valor de los valores», de la periodista bilbaína Covadonga O´Shea. Además de anfitrión, Emilio de Ybarra, presidente del BBV, ejerce como presentador. Amigo de antiguo de la autora, Ybarra evoca los buenos viejos tiempos en que coincidían «en pandillas, en guateques, en divertidísimas reuniones (...) en los viajes al Pirineo en época de esquí y en tantos ratos alegres y divertidos en nuestro pueblo de Las Arenas». Durante la copa que sigue a la presentación formal, Emilio de Ybarra se hace una foto con muchas de las amigas de aquellas pandillas de Las Arenas. En medio de las risas, y mientras esperan que el fotógrafo dispare su cámara, una de ellas dice en voz alta «¡Qué tontas fuimos al no casarnos contigo, Rubio! ¡Nunca imaginamos que llegarías tan arriba!».
Enero de 1990. El Banco de España acaba de dictar el laudo que pone fin al conflicto interno del BBV; Emilio de Ybarra es el nuevo presidente y vuelve a Las Arenas para descansar junto a su familia y a sus amigos de la extenuante batalla que se desató el 12 de diciembre de 1989, tras la repentina muerte de Pedro Toledo, y enfrentó irreconciliablemente a los consejeros procedentes del Banco de Bilbao con los del Banco de Vizcaya. La decisión del Banco de España es inapelable, pero la opinión de todo el mundo financiero, empezando por el relacionado con Las Arenas, es unánime: profesionalmente, Emilio de Ybarra es un hombre limitado, además padece diabetes, será un presidente interino, sin alcanzar siquiera el nivel de presidente de transición.
Mayo 1976. José Angel Sánchez Asiaín, presidente del Banco de Bilbao, le ofrece a Emilio de Ybarra ser consejero delegado. La banca vive tiempos de una transformación profunda y Sánchez Asiaín, debido a la enfermedad de Rafael Acosta España, busca una mano derecha que se ocupe del día a día.
Emilio de Ybarra le parece el hombre adecuado: se incorporó al banco como subdirector de la oficina principal de Bilbao en 1964, luego pasó a servicios centrales y llegó a jefe de personal. En 1971 sucedió a su abuelo Alfonso Churruca en el consejo de administración del BB y desde allí dirigió la Corporación Industrial. Pero Ybarra rechaza el ofrecimiento de Sánchez Asiaín. Argumenta que no vale para el puesto «porque no tengo imaginación». Después de seis meses de forcejeo, Emilio de Ybarra acepta un cargo y una responsabilidad para la que, en el fondo, no se siente preparado.
Tres momentos aislados, separados en el tiempo, pero que resumen gráficamente el hecho de que nunca nadie creyó en la capacidad profesional de Emilio de Ybarra y Churruca: ni él mismo, ni sus mejores amigos de la juventud, ni sus colegas del mundo financiero. Pues bien, aquel hombre que nunca destacó en la pandilla de Las Arenas, el mismo que no se sentía capacitado para ser consejero delegado del BB, el mismo por el que nadie daba un duro como presidente del BBV, se convirtió durante la década de los 90 en uno de los protagonistas indiscutibles del sistema bancario español y de Iberoamérica.
Durante los once ejercicios (1990-2001) de presidencia de Emilio de Ybarra, el BBV experimentó una formidable metamorfosis y aquel banco que en enero de 1990 se encontraba profundamente dividido, tanto en el consejo de administración como en la organización profesional, se convirtió a la vuelta de cuatro años en un grupo financiero ganador. Y todo ello en un contexto económico general, y bancario en particular, de máxima dificultad.
Durante ese periodo, en la constelación financiera nacional dejaron de emitir luz y energía bancos que al cierre del ejercicio 1989 parecían más sólidos que las Pirámides de Egipto: Central, Hispano Americano, Banesto.Se puede decir, con razón, que en conjunto, aquellos bancos resultaban excesivamente grandes para un mercado tan reducido como el español pero, por separado, no alcanzaban tamaño suficiente para competir en el mercado global.
El consenso entre analistas y expertos era unánime: en el medio plazo, solo sobrevivirían tres o cuatro de los siete grandes banco españoles. En ese escenario ferozmente darwiniano, la supervivencia del BBV pasaba por minimizar la debilidad de contar con una organización política, humana y técnicamente divida, y maximizar la fortaleza de ser el banco español más grande.
En ese tiempo de incertidumbre, cuando parecía más necesario que nunca un liderazgo fuerte, que se hiciera notar hacia dentro y hacia fuera de la organización, transmitiendo seguridad y determinación estratégica, el presidente del BBV, Emilio de Ybarra, parecía caminar sobre la sutil línea que separa al líder tranquilo y prudente del directivo mediocre y anodino. Internamente nunca dio un puñetazo en la mesa, ni pegó un grito a nadie, y en las raras ocasiones en que lo hizo no dudó en pedir perdón al gritado. Externamente tampoco sorprendió con presentaciones brillantes o ideas innovadoras, más bien al contrario: la sucesiva pérdida de las subastas de Banesto y primera licencia de telefonía móvil (1994), el retraso en lanzar las supercuentas estuvieron a punto de convertirle, para la consideración del equipo humano del BBV y de los mercados, en un perdedor recalcitrante.
Con el paso de los años, cuando en diciembre de 2001 Emilio de Ybarra decide abandonar la copresidencia y el consejo de administración del BBVA, solo un insensato le atribuiría la condición de perdedor. Como suele decirse, números cantan y los del BBVA son brillantes por cualquier lado que se les mire. Y, por tanto, la pregunta es inmediata ¿Cómo es posible que un hombre tan anodino, por lo menos en apariencia, cumpliera con tanta brillantez la difícil misión que le cayó encima en enero de 1990? ¿Qué fórmulas aplicó para sortear, uno tras otro, los escollos de la complicada travesía hacia el éxito? En definitiva ¿Cuál ha sido el secreto de Emilio de Ybarra y Churruca?.
La respuesta resulta necesariamente poliédrica y sólo puede ser formulada a título de hipótesis. El éxito profesional de Emilio de Ybarra y Churruca se condimenta en una receta con tres ingredientes principales: suerte, sentido común y sentido del deber. La suerte hizo que por sendas casualidades fuera nombrado consejero delegado del Banco de Bilbao (1976) y presidente del BBV (1990); el sentido común, que suele ser el menos común de los sentidos, incluso en la gestión empresarial, le ha llevado siempre a pensar dos veces las decisiones y al convencimiento de que la banca es un negocio de personas; el genérico sentido del deber, en el caso de Emilio Ybarra ha tenido dos aplicaciones concretas: trabajar sin descanso y anteponer siempre los intereses del BBV, luego del BBVA, a cualquier otro, por legítimo que fuera.
Estas tres características, habilidades o, si se prefiere, virtudes aplicadas simultánea o separadamente, explican las grandes decisiones de Emilio Ybarra. En cuanto pudo -es decir, cuando el Banco de España le comunicó que ya no estaba obligado por el laudo de 1990- nombró en 1994 a Pedro Luis Uriarte, un especialista en personas, consejero delegado del BBV. Ybarra y Uriarte superaron cualquier diferencia de sensibilidad personal o sentimiento político. Emilio aguas arriba -el consejo- Pedro Luis aguas abajo -la dirección- consiguieron transmitir que al BBV le iría bien si a los empleados -Ybarra todavía utiliza el arcaísmo funcionario- les iba bien. En estos días se ha publicado que el tándem mágico y sus 140.000 funcionarios consiguieron el impresionante récord de mejorar los beneficios un 24 por ciento anual. Menos conocido es el dato complementario: al día de la fecha, el 85-90 por ciento de la plantilla del BBV es propietaria del 7,5 por ciento del capital del banco.
La expansión en Iberoamérica, singularmente México, se encuentra claramente en la línea de pensar y repensar las decisiones. Nacida de una ruinosa inversión inicial en la casa de bolsa Probursa, es posible que a Emilio de Ybarra -que no se siente capaz, ni interesado, en inventar una estrategia diferente cada día- le doliera perder el dinero invertido y  desaprovechar el conocimiento adquirido. Sucesivas decisiones y un sprint final en el que Emilio de Ybarra dio lo mejor de sí mismo para defender de coimas, amagüestos y corruptelas, la OPA del BBVA sobre Bancomer, dieron como resultado que hoy son más numerosos los empleados del BBVA en México que en España.

Tercera y última gran decisión de Ybarra: fusión con Argentaria. Desde el punto de vista económico la justificación es débil: es verdad que falló la fusión europea con Unicredito. Quizás el error fue intentar la operación, pues nunca nadie ajeno a la república transalpina había conseguido una operación significativa con una gran empresa italiana: ni los americanos de Ford, ni los alemanes de Deutsche Telekom. En todo caso, Argentaria, el banco público recién privatizado, no aportaba balance suficiente para cubrir el riesgo iberoamericano.

Seguramente cuando decidió de fusionarse con Argentaria, en Emilio de Ybarra pesó más el sentido del deber que cualquier otra consideración. Dejar la presidencia del BBVA a Francisco González (FG) -un gallego que junto con Gervasio Collar y Luis será el único presidente del BB, del BV o del BBV no natural del País Vasco- suponía evidentemente decepcionar a todos aquellos que, desde las familias del consejo de administración o desde los profesionales de la dirección, aspiraban a sucederle a la cabeza de esa organización vasca, nacional e internacional.
Pero también suponía que el presidente del BBVA -y primer accionista particular, con el 0,1 por ciento del capital- alejaba a la institución de los demonios familiares que, desde hace siglo y medio atormentan a la Ría del Nervión. En sentido social, González no representa a la margen derecha -como Ybarra o el vicepresidente José Domingo «Pepé» Ampuero- ni a la margen izquierda como Sánchez Asiaín, Toledo o el propio Uriarte. En sentido político, FG es un «broker» de Bolsa que vendió su empresa a los norteamericanos de Merrill Lynch, que carece de experiencia en la dirección de banca comercial, pero tampoco se siente condicionado por las querencias y desavenencias de la saga Ybarra que, iniciada en 1801 por José Antonio Ybarra de los Santo, fue protagonista principal del esplendor y la caída económico-financiera del Señorío de Vizcaya.
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