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El día que Borís Yeltsin se subió a un tanque y remató al comunismo

RAFAEL M. MAÑUECO. CORRESPONSALMOSCÚ. Nada más levantarse, la mañana del 19 de agosto de hace quince años, los ciudadanos de la extinguida URSS comprobaron extrañados que lo único que ofrecían las

Actualizado 19/08/2006 - 07:53:38
AP  Boris Yeltsin leyó encima de un tanque, el 19 de agosto de 1991, una declaración en contra de la junta golpista
AP Boris Yeltsin leyó encima de un tanque, el 19 de agosto de 1991, una declaración en contra de la junta golpista
Nada más levantarse, la mañana del 19 de agosto de hace quince años, los ciudadanos de la extinguida URSS comprobaron extrañados que lo único que ofrecían las radios y canales de televisión era música clásica. Entre sonata y sinfonía, se intercalaban boletines informativos anunciando que el entonces presidente, Mijaíl Gorbachov, de vacaciones en aquel momento en Foros (Crimea) con su familia, había caído enfermo repentinamente, algo que resultó ser falso. Sus poderes habían sido traspasados al recién creado Comité Estatal para el Estado de Excepción, bautizado por los demócratas rusos con el nombre de junta golpista.
Poco después, centenares de tanques tomaban posiciones en el centro de la capital. El levantamiento ya había sido vaticinado por el ex ministro de Exteriores, Eduard Shevardnadze, y, tan sólo una semana antes, por Alexánder Yákovlev, el ideólogo de la «perestroika». Paradójicamente, la mayor parte de los ocho miembros del Comité, representantes de la oposición más recalcitrante dentro del Partido Comunista a las reformas iniciadas con la «perestroika», eran estrechos colaboradores de Gorbachov.
La primera medida de la junta fue implantar el estado de emergencia, suspender la actividad de todas las organizaciones políticas, salvo el partido comunista, prohibir los mítines y manifestaciones y restablecer la censura en la prensa. «Extremistas sedientos de poder a cualquier precio se proponen desmantelar el Estado y liquidar la URSS, la «perestroika» ha llegado a un callejón sin salida», decía el primer comunicado oficial del Comité del Estado de Excepción.
Las incipientes libertades democráticas conseguidas desde 1985 desaparecieron de un plumazo. Según su propio relato, Gorbachov y su familia fueron obligados a permanecer recluidos e incomunicados en la residencia presidencial de Foros. Allí se encontraban su esposa, Raisa, su hija Irina, su yerno y las dos nietas. Raisa llegó a temer por la vida de todos ellos.
Yeltsin, al frente de la resistencia
Borís Yeltsin, que nueve semanas antes se había convertido en el primer presidente de Rusia, tras unas elecciones que fueron las más democráticas que se celebraron en toda la historia del país, se puso al frente de la resistencia a la intentona golpista. Subido a uno de los blindados de la primera unidad militar soviética que se pasó al bando de los demócratas, Yeltsin llamó a la huelga general y pidió apoyo a la población y al resto del Ejército. Fue el único líder de una República soviética que tuvo el valor de enfrentarse a los sublevados. No acabó con un tiro en la frente porque el grupo de operaciones especiales «Alpha» del KGB, al que se le encomendó la misión, se negó a obedecer.
La tensión duró dos días y medio y no acabó en guerra civil porque la junta golpista se quedó sola. La intentona se desmoronó como un castillo de naipes por falta de apoyo, tanto desde la calle como desde el Ejército y el aparato del Estado. Gorbachov pudo abandonar Crimea para regresar a Moscú, pero tan debilitado que no llegó a recuperar las riendas del poder. El derrumbamiento del sistema comunista y la desintegración de la URSS, que se culminó cuatro meses después, eran ya imparables.
No es oro todo lo que reluce
La era Yeltsin comenzó con mucha euforia pero, al final, trajo más corrupción, caos y desigualdad social. Hubo graves convulsiones: el bombardeo del Parlamento, en octubre de 1993, la primera guerra en Chechenia y el colapso del sistema financiero del país, en agosto de 1998, que hundió completamente la moneda rusa. Las libertades conquistadas en los 90, tal vez el único logro tangible de Yeltsin tras vencer a los golpistas, desaparecieron durante el primer mandato del actual jefe del Kremlin, Vladímir Putin, un gran admirador del sistema soviético, cuyo himno restauró. Pero el actual presidente ruso también ha logrado poner orden, goza de una enorme popularidad y, gracias al aluvión de divisas que proporcionan al país los altos precios del petróleo, ha podido devolver a Rusia su condición de superpotencia. Motivos que le hacen acreedor de la admiración de la mayor parte de los participantes en aquel complot de agosto del 91, casi todos aun vivos y en libertad.
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