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Lo aguantamos todo

VALENTÍPUIGES tanta la espesura del pasado y tan dinámica la reconversión del

Actualizado 19/04/2007 - 07:49:27
ES tanta la espesura del pasado y tan dinámica la reconversión del presente que a cualquiera que no padezca alguna patología política no puede dejar de sorprenderle en uno u otro sentido el escenario actual de la política española. La política de la «memoria histórica» ciega los recursos morales de la sociedad civil, pervierte la naturaleza de los cambios vividos y oscurece el futuro. En 1978 los redactores de la Constitución se reunieron en el parador de Gredos para consensuar aspectos primordiales de la Carta Magna. Repitieron el encuentro en octubre de 2003, en el mismo lugar, para reflexionar sobre el tiempo transcurrido y sobre el cuaderno de bitácora de la Constitución, que habían redactado con afán máximo de concordia. Aquella fue la Declaración de Gredos, en la que se pedía el respeto a los valores de la Constitución, a sus principios, a sus reglas de juego y procedimientos como garantía imprescindible de futuro.
Uno de sus puntos sustanciales insistía en que las eventuales reformas del texto constitucional que el futuro pudiera aconsejar debían acomodarse a las reglas del juego que la propia Constitución establece; y abordarse con idéntico o mayor consenso al que presidió su elaboración. No en vano, la muy noble y sabia Declaración de Gredos constataba la permanencia incólume del espíritu de reconciliación nacional, el deseo de cancelar las tragedias históricas de nuestro pasado, la voluntad de concordia, el propósito de transacción entre las posiciones encontradas y la búsqueda de espacios de encuentro.
Algo ha cambiado desde aquel 2003 a esta primavera de 2007. En no poca medida, lo que ha cambiado tiene por causa la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero después del 11-M, gracias a unos apoyos parlamentarios que han conllevado variaciones del modelo territorial y políticas sociales que, en rigor, un Gobierno no hubiese emprendido sin un mandato electoral mucho más definitivo o merced a una plataforma programática preelectoral patente y expresa. En iniciativas como el nuevo estatuto de autonomía para Cataluña o la apertura de un llamado proceso de paz con ETA, la magnitud de la Declaración de Gredos ha quedado lesionada o, por lo menos, obsoleta. Aparece desfondado el consenso antiterrorista, y las aproximaciones del Gobierno socialista a un entendimiento con la ilegal Herri Batasuna -con episodios como el trato penitenciario a De Juana Chaos o la exculpación de Otegui- incidieron a la vez en la estrategia de aislar el PP. Quedaría por ver si esa estrategia de aislamiento es o no legítima cuando lo que está en cuestión son normas de juego básicas y áreas principales de la seguridad nacional. En principio, cada uno aísla a quien puede, pero hay que valorar también el cómo y el cuándo. En estas circunstancias, la colisión partidista va descarrilando convoyes y las locomotoras parecen estar bajo la conducción de los pilotos automáticos. Entraríamos en fase de pre-política quebradiza, bronca y semitribal.
En décadas recientes, vimos el impulso de una reinterpretación de la Restauración canovista en positivo. Vinieron las conmemoraciones del 98 y su revisión histórica. Quizás el 98 pecó de exceso pesimista, porque la vivencia de la realidad política y económica no fue tan desesperanzada y trágica. En «España 1700-1900: el mito del fracaso», el profesor David R. Ringrose indica que ahora el problema ya es no explicar el fracaso de España, sino más bien el éxito.
A principios del siglo XX, Azorín cruza la sierra de Gredos y ve un paisaje noble, silencioso y melancólico. Pasa por alguna ciudad, «apagada, sin vida, muerta». ¿Qué tiene que ver este Gredos de hoy con aquel Gredos que Azorín transitó con el mito del fracaso a cuestas? Lo que tiene que ver son los vínculos de la continuidad histórica y lo novedoso es todavía la Declaración de Gredos, la armazón ética de un consenso que viene de una voluntad general de hacer bien las cosas, de recuperar el tiempo perdido en la desavenencia, de articular prosperidad y cohesión. Cuentan que Fernando Abril Martorell, en los días más conflictivos de la transición, decía con emoción y asombro: «¡Este país lo aguanta todo! Y un país que lo aguanta todo, lo puede conseguir todo».
vpuig@abc.es
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